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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 771

Roxana se sorprendió un poco.

—¿Qué pasa? ¿Por qué dices que algo no está bien?

Valeriano tomó su mano con delicadeza y le respondió con voz suave:

—No estoy seguro, no quiso dar detalles. Solo nos pidió que viniéramos lo antes posible.

—Entonces vamos de inmediato.

Al poco tiempo, el auto se detuvo frente a la residencia de la familia Montes.

Sabiendo que estaban en camino, Marcelo Montes le había pedido al mayordomo que los esperara en la entrada.

Aunque el mayordomo nunca había visto a Roxana en persona, reconoció a Valeriano de inmediato. Al ver que realmente había vuelto a caminar y había recuperado la imponente presencia y salud de la que tanto hablaban los rumores, se sintió profundamente aliviado y feliz.

—Joven Valeriano.

Tras bajar del auto, Valeriano le devolvió el saludo con una sonrisa y un leve asentimiento. Luego, se dio la vuelta y extendió la mano para ayudar a su acompañante a salir.

Sus movimientos fueron sumamente cuidadosos, acompañados de una mirada cargada de ternura.

Pronto, una mano de piel de porcelana se posó sobre la palma grande y cálida de Valeriano.

Segundos después, una figura esbelta y elegante descendió del vehículo.

Era una joven de facciones exquisitas y un aura serena e inalcanzable.

Con solo un vistazo, el mayordomo supo que ella era la señorita de la que su patrón hablaba con tanto orgullo.

—Usted... ¡Usted es la hija de la señora Marina, la señorita Roxana! Qué alegría inmensa. Jamás imaginé que viviría para ver el día de su regreso. Y se ve tan bien... Dios es grande, las oraciones de los abuelos por fin han sido escuchadas.

Desde su regreso, Roxana había recibido innumerables muestras de cariño por parte de su familia, por lo que, al ver los ojos llorosos del anciano, su expresión se suavizó de forma instintiva.

Valeriano tomó la iniciativa de presentarla.

—Él es Don Anselmo, el mayordomo principal. Ha estado con la familia Montes durante treinta años. Vio crecer al tío Marcelo y a doña Marina. Es un hombre de absoluta confianza y un pilar en esta casa.

Roxana le dedicó una sonrisa cálida y le habló con tono suave:

—Don Anselmo, es un verdadero placer conocerlo.

Mónica era una chica muy vanidosa y, al ser estudiante de medicina, cuidaba su salud de manera estricta. Jamás comía hasta llenarse por completo.

Pero ese día, desde que abrió los ojos, no había parado de comer. Llevaba dos horas devorando alimentos sin la menor intención de detenerse.

¡Y ahora estaba exigiendo pizza, pasteles y comida chatarra de altísimas calorías!

¡Hilda sentía que iba a volverse loca!

Si esto seguía así, ¿qué iba a ser de su hija?

Marcelo intervino, con la voz cargada de frustración:

—Ya le tomé el pulso, pero no encontré ninguna anomalía. Quería llevarla al hospital para hacerle estudios exhaustivos, pero se puso histérica y se negó a ir. No tuve el corazón para obligarla por la fuerza, así que...

El hombre suspiró con impotencia. ¿Cómo era posible que su hija, una joven brillante, hubiera terminado en ese estado?

Roxana asimiló toda la información rápidamente y preguntó con tono profesional:

—¿Cómo fue que la encontraron?

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