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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 772

—La trajo el chofer —explicó Marcelo—. Según él, mientras intentaban estacionarse, rasparon otro auto por accidente. El chofer se bajó para revisar el daño y, de repente, sintió un golpe en el cuello y perdió el conocimiento. Cuando despertó, ya estaba dentro del auto, y Mónica seguía en el asiento trasero. Asustado, la trajo directo a casa.

Aunque a simple vista parecía un accidente menor, el instinto de Roxana le decía que había algo mucho más oscuro detrás de todo eso.

Sin embargo, no era el momento de sacar conclusiones precipitadas. Primero necesitaba examinar a Mónica.

—Tío Marcelo, tía Hilda, no se preocupen. Voy a revisarla ahora mismo.

Hilda no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Recordó cómo había menospreciado a Roxana en el pasado, y ahora, al enterarse de que Mónica estaba enferma, la joven había corrido a ayudarlos sin el menor rencor.

Se sintió profundamente avergonzada.

—Marcelo... ¿qué crees que le está pasando a nuestra niña?

Marcelo Montes era conocido en todo Veridia como el "Santo de la Medicina", pero en ese momento, se sentía inútil frente a la condición de su propia hija. La culpa y la frustración lo carcomían por dentro.

Al escuchar la pregunta de su esposa, no supo qué responder. Solo pudo acariciarle los hombros suavemente y suspirar.

Al ver la profunda preocupación de los padres, Valeriano habló con un tono reconfortante:

—Tío Marcelo, tía Hilda, traten de mantener la calma. Roxana tiene un talento médico excepcional. Estoy seguro de que encontrará la raíz del problema.

Las palabras de Valeriano lograron aliviar un poco la tensión de Marcelo.

—Tienes razón. Aunque Roxana es joven, ha visto casos mucho más complejos que yo. Seguro sabrá por qué Mónica cambió de personalidad tan drásticamente.

Las empleadas que estaban recogiendo los platos de la habitación de Mónica notaron la llegada de Roxana. Aceleraron el paso y se retiraron en silencio para no estorbar.

Roxana echó un vistazo rápido a lo que llevaban. En las canastas había no menos de treinta platos vacíos, cinco tazones de fruta, siete cajas de sushi y un montón de envolturas de galletas y comida chatarra.

Incluso para una persona con mucho apetito, esa cantidad era alarmante.

Mientras tanto, Mónica estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, mirándola con abierta desconfianza.

A simple vista, no parecía tener nada grave.

Pero a medida que Roxana daba un paso hacia ella, Mónica comenzó a mostrar signos de pánico.

De un salto, se arrojó sobre el sofá y cubrió con su cuerpo los bocadillos que las empleadas no habían logrado llevarse.

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