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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 782

Roxana aceptó el gesto de buena voluntad del anciano.

—Roxana, de verdad te agradezco que hayas conseguido este lugar para Dulce. Si no fuera así, no podría estar tranquilo —dijo Darío Soler. Sabía perfectamente que el centro de investigación de Don Abelardo no admitía pacientes externos. Si no fuera por la influencia de su hermana, jamás habrían superado los máximos protocolos de seguridad del lugar.

—Somos familia, Darío, no tienes que agradecerme nada. —Roxana se acercó a la cama y le tomó el pulso a Dulce. Al confirmar que sus signos vitales se mantenían estables, soltó un suspiro de alivio—. Si notas cualquier cambio en su estado durante los próximos tres días, avísale a Don Abelardo. Si él no puede estabilizarla, llámame de inmediato.

—De acuerdo. —Darío asintió con firmeza y luego sacó de su billetera una Tarjeta de Oro Negro—. Toma esto. Úsala para lo que necesites. Sé que vas a viajar hasta Estados Unidos para buscar la medicina de Dulce, y no es justo que, como tu hermano mayor, te deje cargar con todo el trabajo y los gastos. Si ves algo en la subasta que te guste, cómpralo sin pensarlo. Tómalo como un regalo mío.

Roxana no rechazó la tarjeta. Después de todo, el argumento de Darío era bastante lógico.

—Está bien. Gracias, Darío.

—Roxana, ya casi es hora. ¿Terminaste todo por aquí?

Valeriano Sandoval, que había decidido acompañarla a última hora, acababa de despachar una junta directiva exprés de diez minutos para delegar todo su trabajo de la próxima semana.

—Todo listo. Vámonos.

—Los acompaño a la salida.

—No hace falta, Darío. Quédate y no bajes la guardia. El envenenamiento de nuestra prima fue intencional, lo que significa que alguien tiene a las familias Montes y Soler en la mira. Mantente alerta, especialmente con nuestros padres.

Darío tomó muy en serio la advertencia.

—Lo haré. Y sobre esa chica del pelo corto... ya puse a mi gente a buscarla. Si sigue en Veridia, la encontraré.

En ese momento, Mateo Soler se acercó a paso rápido desde el otro extremo del pasillo. Su semblante era serio.

Trinidad notó la ligera incomodidad de la joven, lo que solo hizo que su sonrisa se volviera más dulce. Ojalá hubiera tenido un hijo varón en lugar de solo una hija. Al pensar en su propia hija, su sonrisa decayó un poco. Se giró hacia ella con frialdad.

—Gisela, ¿por qué estás callada? ¿Se te olvidó lo que me prometiste en casa?

Al ver a Roxana de nuevo, Gisela sintió un nudo en el estómago. Estaba tan nerviosa que ni siquiera prestó atención a su prometido, Mateo. Ante el regaño de su madre, se puso de pie lentamente y, frente a toda la Familia Soler, se inclinó ante Roxana.

—Roxana... quiero agradecerte por salvarme la vida. Si no fuera por ti, yo no estaría aquí hoy. Sé que en el pasado fui muy grosera y te provoqué muchas veces por culpa de los chismes de Yara. Fue mi error, y espero de todo corazón que me perdones.

Roxana no respondió de inmediato. Si Gisela fuera cualquier otra persona, tal vez lo habría dejado pasar por respeto a sus padres. Pero Gisela estaba a un paso de convertirse en su futura cuñada. No iba a dejarle las cosas tan fáciles.

Al ver que Roxana guardaba silencio, Trinidad fulminó a su hija con la mirada.

—¿Crees que con unas cuantas palabritas ya mereces su perdón? ¿Para esto te eduqué todos estos años? ¡Qué vergüenza me das!

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