Veridia, Mansión Valente.
Una figura se funde con la oscuridad de la noche, salta el muro perimetral y llega directamente a un balcón del segundo piso.
En el balcón, Patricio Solís descansa perezosamente sobre una silla reclinable, vestido con una bata de seda negra.
Sus facciones perfectas, bañadas por la luz de la luna, le dan un aire aún más seductor.
Parece una deidad oscura alimentándose de la energía nocturna.
—¡Jefe!
Patricio mira la luna creciente sobre él y pregunta con voz helada:
—¿Lo tienes?
—¡Sí! —La persona levanta de inmediato la bolsa en sus manos, arrodillándose para entregarla.
Patricio la toma, se endereza y la abre con lentitud.
Sin embargo, al ver el contenido, la pereza en su rostro desaparece de golpe.
¡Levanta la mano y le estrella el objeto directamente en la cabeza!
—¡Inútil! ¡Te engañaron!
La subordinada ni siquiera se atreve a justificarse. Aprieta el rostro contra el suelo suplicando perdón.
—Jefe, le juro que no sabía que era falso. Lo saqué de la caja fuerte de Don Abelardo. ¡Lo vi guardarlo con mis propios ojos, nadie más lo tocó en el proceso y por eso lo robé! Jefe, le estoy diciendo la verdad. ¡Aunque tuviera mil vidas, no me atrevería a traerle algo falso!
El pecho de Patricio, que subía y bajaba con furia, se estabiliza un poco. En el fondo, sabe que sus subordinados jamás se atreverían a traicionarlo.
Por lo tanto, el problema venía de Roxana Soler.
Al pensar en esto, deja escapar una leve risa.
—Pequeña, eres realmente astuta. ¡No se puede bajar la guardia contigo ni un segundo!
La figura postrada en el suelo traga saliva.
«¿Este es realmente nuestro jefe, el mismo hombre sanguinario e impredecible de siempre? ¿Por qué no está furioso? ¿Por qué se ríe? ¿Qué se supone que debo decir ahora?».
Su mente es un caos, por lo que no se da cuenta de que el hombre que sonreía hace un segundo, ahora la mira con una frialdad sepulcral.
—Si ya ni siquiera eres capaz de hacer bien un encargo tan simple, dime, ¿para qué te mantengo con vida?
—Jefe, yo... ¡Ah!
Antes de que termine la frase, siente como si le hubieran triturado la espalda. El dolor la obliga a quedarse pegada al suelo, incapaz de moverse.

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