Roxana notó la inquietud de la anciana, lo que confirmó su teoría.
Había algo muy oscuro en ella.
Quien también se dio cuenta de que algo andaba mal fue Marina.
Ella era quien más tiempo había convivido con Agustina y la conocía mejor que nadie.
Le bastó una mirada para darse cuenta de que esa mujer no era la misma.
Aunque tenía el mismo rostro, sus gestos, su postura y su forma de hablar eran completamente distintos a los de la Agustina de siempre.
—Agustina, tienes una deficiencia severa de energía y circulación. Además, hay múltiples focos de sangre estancada en tu cuerpo. Esto es bastante serio. Haré que te preparen un caldo de hierbas para desinflamar. Asegúrate de tomarlo después de las comidas —le indicó Marcelo, con un tono serio tras tomarle el pulso.
Agustina ya estaba lista para atacar, pero al escuchar el diagnóstico médico, se relajó de inmediato y asintió repetidas veces.
—Se lo agradezco mucho, joven Marcelo.
Sin embargo, el pavor que sentía hacia Roxana aumentó considerablemente.
Desde el incidente en Puerto Esperanza sabía que Roxana era una amenaza terrible.
Pero no solo era hábil en combate; también tenía una mente brillante.
El comentario que hizo hace un momento no fue casualidad.
Giro los ojos sutilmente para observarla, pero se topó directo con la mirada calculadora de la joven.
Sintió que el corazón se le caía a los pies. ¡La sensación de ser descubierta la invadió por completo!
«Roxana Soler... tiene que morir».
En el estudio.
Con la excusa de consultarle sobre una antigua técnica de acupuntura, Marcelo llevó a Roxana a solas.
—Roxana, dime la verdad, ¿Agustina oculta algo?
Roxana no esperaba que su tío fuera tan directo, sin andarse con rodeos.
—Así es. ¿Lo descubriste al tomarle el pulso?
Marcelo negó con la cabeza.

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