Al escucharla mencionar ese incidente, un destello asesino brilló en los ojos de Agustina.
¡Esa maldita mocosa había investigado demasiado!
¡Su cuartada estaba a punto de desmoronarse!
«No, tengo que mantener la calma».
—Señorita Roxana, aquella vez lo logré únicamente por el instinto de supervivencia. Ahora sería imposible.
—¡Exacto! —Yara estaba convencida de que Roxana intentaba difamar a Agustina solo para avergonzarla a ella, así que contraatacó de inmediato—: Roxana, tú y el tío Marcelo son médicos. A la edad de Doña Agustina, la gente tiene la piel pegada a los huesos. ¡Es imposible que tuviera la fuerza para colgarse de un balcón por horas esperando a los bomberos!
¡Aunque quisieras hacerla quedar mal, deberías inventar una mentira más creíble!
Yara estaba segura de que sus argumentos eran sólidos y de que sus abuelos la apoyarían.
Pero pasaron los segundos y nadie la respaldó.
Se quedó pasmada. Ya era bastante malo que sus padres fueran unos hipócritas, ¡pero ahora sus abuelos también guardaban silencio!
Desesperada, buscó la confirmación de Marcelo.
—Tío Marcelo, ¿tú crees que lo que dice Roxana es verdad?
El rostro de Marcelo se relajó levemente.
—No sé si sea verdad o no, pero Doña Agustina tiene setenta años, es muy poco probable. E incluso si lo hubiera logrado, sus brazos habrían sufrido daños severos e irreversibles.
Como si hubiera encontrado un salvavidas, Agustina se aferró a esas palabras.
—El joven Marcelo tiene razón. Después de que me rescataron, no podía ni levantar los brazos. Si no me hubieran llevado al hospital a tiempo, los habría perdido.
—¡Ja!
Antes de que Marcelo pudiera responder, Roxana soltó una carcajada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA