—¡¿Qué?! —chilló Lidia al escuchar las palabras de Roxana, incapaz de controlar el tono de su voz, que salió aguda y estridente.
No solo ella, incluso Yara y Caleb la miraron con total incredulidad.
Que una novata desconocida pudiera entrar a la Academia de Élite ya había dejado a muchos con la boca abierta, ¿pero además había sido asignada a la Clase Élite 1, donde se reunían los talentos más excepcionales?
—Je... ¡Roxana, eres increíble! —exclamó León. Aunque estaba sorprendido, no dudó de ella ni por un segundo.
Su primo Julián ya era reconocido por toda su familia como el más brillante, pero incluso él era solo el asistente de esta chica. Era evidente que Roxana ocultaba mucho más de lo que dejaba ver.
«Vaya, este chico sí que sabe adular», pensó Roxana.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Es cualquier cosa.
Su actitud relajada y despreocupada fue un golpe duro para León y los otros tres.
Incluso los estudiantes que habían estado observando desde adentro del salón se asomaron por la puerta. Todos querían ver de cerca si esta nueva estudiante tenía tres cabezas o seis brazos para haber logrado que la universidad hiciera una excepción tan grande y la metiera en la Clase Élite 1.
Yara notó que cada vez más personas le prestaban atención a Roxana, así que se obligó a no perder los estribos como lo había hecho Lidia.
—Roxana...
Diciendo eso, extendió la mano para agarrarla y llevarla a un lado para interrogarla.
Pero Roxana no quería ser tocada por ella, así que esquivó el agarre con un movimiento brusco.
Yara se quedó con la mano en el aire. Una fugaz sombra de oscuridad cruzó por su rostro dulce y delicado, pero rápidamente la ocultó bajo una expresión de bondad mezclada con impotencia.
—Roxana, no hay necesidad de que mientas solo para pelear con la profesora Lidia. Yo misma te recomendé para el curso propedéutico regular. Abandonaste tus estudios técnicos y ni siquiera has asistido a clases últimamente. Aunque entraras a la Clase Élite 1, lo más probable es que no podrías seguir el ritmo.
Hizo una pausa y continuó:
Lidia, furiosa por las repetidas faltas de respeto, apretó los dientes y gritó a todo pulmón:
—¡Seguridad! ¡Llévense a esta impostora a rastras! ¡Averigüen en qué grupo está y expúlsenla! ¡Quiero que la expulsen de inmediato!
Sin embargo, los guardias nunca aparecieron. Por el contrario, la burla en el rostro de Roxana se hizo más evidente.
A Lidia se le subió la sangre a la cabeza. Decidió agarrarla ella misma, abalanzándose para arrastrarla fuera del edificio.
—¡Cuidado, Roxana! —gritó León al ver que la situación se salía de control, y se interpuso para protegerla.
Pero Roxana lo apartó de un empujón, fastidiada de que se interpusiera.
—... —León se quedó callado, sintiéndose ofendido, pero sin atreverse a decir nada.
Roxana esquivó ágilmente el agarre de Lidia y, al mismo tiempo, sus largos y finos dedos presionaron el antebrazo de la profesora dos veces con un movimiento tan rápido que apenas fue perceptible.

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