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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 760

Pero ante un abismo insalvable como este, ni aunque dedicara el resto de su vida podría alcanzarla.

En ese momento comprendió por qué su padre elogiaba tanto a Roxana.

Por otro lado, aquellos que habían dudado del talento de la joven ahora no podían articular palabra.

Aunque Agustina Méndez intentaba incitarlos a hablar en las sombras, nadie se atrevía a decir nada.

Ante una interpretación tan perfecta, cualquier intento de denigrarla solo los convertiría en el blanco de las burlas y el desprecio de todos.

—¡Bajo de inútiles! —Agustina rechinó los dientes al ver que sus provocadores se habían quedado mudos, como si los hubieran envenenado.

Patricio Solís también salió de su ensimismamiento.

Volvió a mirar a la chica en el escenario, y sus ojos se oscurecieron como un abismo insondable.

Ella era, en efecto, un tesoro incalculable.

Cuanto más la miraba, más fascinación le despertaba.

Justo cuando se disponía a acercarse, el celular en su bolsillo vibró.

Echó un vistazo y vio que era su hermana, Francisca Solís.

Frunció el ceño. Al mirar de nuevo hacia el escenario, vio que Roxana bajaba mientras era rodeada por don Abelardo y don Fausto.

Tras dudar un momento, dio media vuelta y abandonó el auditorio.

—¡Muchacha, tocaste de maravilla! Con razón Ezequiel se la pasa presumiendo de ti. Si pudiera escucharte tocar todos los días, ¡creo que viviría unos años más! —insinuó don Fausto con una sonrisa, esperando convencerla de unirse a la Universidad de Veridia.

Don Abelardo captó sus intenciones de inmediato y contraatacó:

—Niña, la Universidad de Veridia no es una buena opción. Con tus habilidades, ir a clases sería una pérdida de tiempo. Mejor acompáñame a hacer experimentos. Ya logré avanzar con el proyecto que me diste la última vez, ¿qué tal si luego vamos al instituto a revisarlo?

Roxana se sorprendió de que don Abelardo hubiera avanzado tan rápido. Su interés se encendió.

—Me parece perfecto. Pero hoy en la noche estoy ocupada, ¿podemos vernos mañana?

Don Abelardo estaba tan seguro de que aceptaría que no se esperaba un rechazo. Su rostro decayó visiblemente.

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