La atmósfera en el comedor de la mansión Campos era tan pesada como el brocado de las cortinas.
El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana era el único sonido que rompía el tenso silencio.
Valeria movía la comida en su plato, sin apetito. Sentía las miradas de sus padres sobre ella, cargadas de decepción.
La humillación en la fiesta de la abuela de Camila había sido un golpe devastador.
Y la posterior revelación del genio de Camila, un jaque mate.
Luis Campos dejó su copa de vino con un golpe seco. El sonido hizo que Valeria se sobresaltara.
—No entiendo tu pasividad —dijo su padre, su voz era un gruñido bajo—. Te estás dejando ganar.
—No me estoy dejando ganar, papá. Alejandro me apoya.
—¡El apoyo de Alejandro no es suficiente! —replicó Ángela Solís, su madre—. ¿No te das cuenta? El mundo ha cambiado.
—Antes, eras la artista exótica, la piloto intrépida. Ahora... ahora eres solo la otra —dijo Ángela, las palabras eran crueles.
—Y ella es la genio anónima que ha salido a la luz.
Valeria apretó la mandíbula, el orgullo herido ardiendo en su pecho.
—Estoy manejando la situación.
Luis Campos soltó una risa seca, sin humor.
—¿Manejándola? ¿Cómo? ¿Dejando que te humillen en público? ¿Permitiendo que te cierre todas las puertas importantes?
Se inclinó sobre la mesa, sus ojos fijos en los de su hija.
—Escúchame bien, Valeria. Alejandro te apoya, sí. Pero el mundo de los negocios respeta los resultados, no las caras bonitas.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara.
—Esa mujer, Camila, te está haciendo quedar en ridículo. Necesitas una victoria propia.
—Algo que demuestre que eres más que su amante.
La palabra "amante" golpeó a Valeria con la fuerza de una bofetada.
Se levantó de la mesa abruptamente.


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