La caída fue tan rápida y brutal como su ascenso había sido meteórico.
A la mañana siguiente, todos los portales de noticias financieras y de sociales abrieron con el mismo titular.
EL CONSORCIO ALCÁZAR PRESENTA CARGOS POR FRAUDE Y ESPIONAJE INDUSTRIAL.
La noticia cayó como una bomba sobre la ciudad.
El comunicado oficial era breve y despiadado. Nombraba a Adrián Leyva como el principal instigador del robo de propiedad intelectual.
Y luego, el golpe de gracia.
El comunicado nombraba a Valeria Campos como su cómplice y la principal beneficiaria del fraude, acusándola de conspiración y engaño deliberado.
Las cámaras de televisión acamparon frente a la mansión de la familia Campos.
Cuando Valeria salió, escoltada por un equipo de abogados de rostro sombrío, fue recibida por un muro de flashes y micrófonos.
Las imágenes que se transmitieron esa noche mostraban a una mujer irreconocible.
No era la estrella radiante del simposio. No era la piloto glamurosa de las revistas.
La mujer en la pantalla estaba pálida, demacrada, sus ojos muy abiertos por el pánico. Llevaba unas gafas de sol enormes, pero no podían ocultar las ojeras ni el miedo.
Su padre, Luis Campos, intentaba protegerla, abriéndose paso entre la multitud de periodistas que le gritaban preguntas.
—¡Señorita Campos! ¿Es cierto que engañó a Alejandro Alcázar?
—¿Cuánto pagó por el código robado?
—¿Se enfrenta a la cárcel?
Su estatus social, el castillo de naipes que había construido con la riqueza y el poder de Alejandro, se había derrumbado en un solo día.
Las mismas revistas que habían publicado fotos de ella en galas y yates ahora publicaban artículos de análisis mordaces, diseccionando su ascenso y caída, pintándola como una moderna Ifigenia, una ambiciosa trepadora que había volado demasiado cerca del sol.
En la tranquilidad de su apartamento, Camila vio las noticias.
Observó las imágenes de una Valeria acosada, de un Luis Campos derrotado.
No sintió triunfo. No sintió placer.
No sintió nada.
Apagó la televisión.

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