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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 163

~MILA~

«Embarazada», repetí en mi mente sin poder creerlo.

Un torrente de emociones me agrietó el pecho, dejándome casi sin aliento. Me incorporé, llevándome la mano al estómago, y cerré los ojos con fuerza, conteniendo las ganas de llorar que me embargaron en ese momento.

Dios mío.

¿Cómo podía estar embarazada?

O sea, sí sabía exactamente cómo, pero no lo podía creer. No lo quería creer.

Busqué con la mirada a los hermanos y noté que ambos habían palidecido y estaban tan estupefactos como yo, mirando algo con terror. Llevé mi vista a lo que ellos veían y me encontré con mi hermano.

Joder.

Maksim parecía a punto de matar a alguien, o, mejor dicho, a dos personas en particular.

Había fuego en sus ojos y su semblante se había oscurecido y desfigurado. Verlo me provocó que un escalofrío me recorriera la columna y todos los vellos de mi cuerpo se erizaran.

«Oh, no. No los mates, por favor», supliqué en mi mente porque no podía proferir palabra alguna.

—Doctora, ¿está segura de lo que ha dicho? —cuestionó Alessia, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado en la habitación—. ¿No se estará equivocando?

Todavía con la expresión angustiada, imagino que por el caos que su noticia había causado, la doctora Amato negó moviendo la cabeza.

—No es ninguna equivocacion —aclaró—. Aquí están los resultados.

Le extendió a Alessia los exámenes y ella los tomó. Empezó a leerlos con la mirada, haciendo que aquel silencio sepulcral volviera a instalarse en la habitación... sobre nosotros.

Yo sentía que estaba siendo aplastada por una gran losa. Estaba a punto de ponerme a temblar; por miedo, por nervios, por todo.

Quizá Maksim había podido aceptar mi relación con los Ravelli, pero esto... estaba segura de que no lo iba a aceptar, o, al menos, le iba a costar e iba a provocar que todo volviera a transformarse en una m****a. Si no era que mataba a los hermanos antes.

—Oh, Dios... —escuché a Alessia gemir y sentí cómo si mi corazón se hubiera hundido en lo más profundo de mi estómago.

Como si mis preguntas hubieran salido de mi cabeza y hubiesen sido dichas en voz alta y escuchadas por los Ravelli, ambos cruzaron una mirada y dieron un paso al frente al mismo tiempo. Levantaron la cabeza e hincharon el pecho con un movimiento parecido al orgullo.

—Nosostros somos los padres de ese bebé —dijo Paolo.

—Y nos hacemos responsables de él y de nuestra principessa Mila Volkova —agregó Nicolo.

Mi corazón dio un triple salto mortal y mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas mientras un nudo bien apretado se formaba en mi garganta, pero esta vez no se trataba de tristeza, de dolor, de angustia, de miedo o de nervios, sino todo lo contrario: felicidad pura e intensa.

Si eso no era una muestra contundente de lo mucho que me querían y de lo importante que yo era para ellos, no sabía qué más podía serlo.

Me llevé la mano a la boca para contener el llanto de felicidad, pero no pude evitar que mi cuerpo se sacudiera intensamente.

Los hermanos se apresuraron a venir a mí, seguramente para abrazarme y mostrarme con acciones que estaban conmigo, pero antes de que me pudieran alcanzar Maksim los detuvo con su tono de voz autoritario y pesado.

—Ustedes dos —dijo—, vengan ahora mismo conmigo.

M****a. Definitivamente estaba enfadado.

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