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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 164

~MAKSIM~

Sentía como si mi cabeza estuviera a punto de estallar por causa de lo que estaba enfrentando y me encontraba en estado de shock, sin poder hablar o siquiera reaccionar. De hecho creo que hasta se me había olvidado cómo respirar.

Mila estaba embarazada.

Mi pequeña hermanita estaba esperando un bebé, a un heredero de la Bratva Volkov... pero... ¿quién carajos era el maldito padre? ¿Cuál de los dos hermanos había sido el hijo de puta que le había hecho el ''milagrito"?

No sabía si realmente estaba molesto o no, pero lo que sí sabía era que esos dos pendejos y yo teníamos que ajustar cuentas.

—Ustedes dos —dije cuando finalmente pude reaccionar y la voz me salió mucho más enfadada de lo que realmente quería—, vengan ahora mismo conmigo.

Inmediatamente, los cinco pares de ojos se clavaron en mí. La que más angustiada parecía era Mila, pero fue Alessia la primera en reaccionar.

—Maksim, no...

Levanté la mano frente a su cara y la silencié de inmediato.

—No —mascullé—. No me digas nada. Esta será tu casa, estos serán tus hombres y este será tu territorio, pero Mila es mi hermana y en este asunto no te vas a entrometer. Nicolo, Paolo y yo, tenemos cuentas que ajustar y nada ni nadie lo va a impedir.

Volví a clavar mi mirada enfada en los Ravelli y endurecí mucho más la voz.

—Así que si ustedes dos tienen las pelotas bien puestas y han dicho la verdad hace unos segundos y no solamente han abierto la boca para quedar bien, van a venir conmigo a hablar de frente.

No esperé una respuesta de parte de nadie. Giré sobre mis talones y salí de la habitación avanzando a zancadas furibundas para dirigirme al despacho de la mansión Cardinale. Mientras lo hacía no me giré a ver si los Ravelli me habían seguido o no. Si no lo hacían solo me iban a confirmar que eran unos maricas de m****a y sin huevos para hacerse responsables de sus cagadas.

Llegué al despacho, abrí la puerta con brusquedad y entré, pero una vez que crucé el umbral no avancé más, sino que me quedé a un lado sosteniendo la puerta y esperando.

No tuve que esperar ni cinco segundos. Los Ravelli aparecieron y cruzaron la puerta en uno detrás del otro, con paso firme.

¿Estaba satisfecho por su valentía o no? No lo sabía y tampoco me importaba exactamente. Pero lo que sí me importaba era lo que ambos tenían para decirme.

Cerré la puerta con un portazo estridente y caminé hacia la silla detrás del gran escritorio de caoba en el que un día Bruno Cardinale se había sentado a dirigir a la Camorra con mano firme.

Me senté en la silla y me crucé de brazos, clavando mi dura mirada en ellos.

—¿Y bien? —pregunté.

Los Ravelli cruzaron una mirada furtiva.

—¿Qué tienen para decirme? —agregué.

Mi mirada se endureció más mientras esperaba una respuesta de su respuesta.

Paolo le hizo un gesto con la cabeza a su hermano, dándole la palabra, así que Nicolo dio un paso adelante y tomó aire.

—Signore Pakhan —empezó—, nosotros sabemos que para usted hemos hecho las cosas mal desde un principio.

—Muy mal —concordé.

Nicolo tragó profundo y asintió.

—Lo sabemos, pero queremos afirmar nuestras palabras de que nos haremos cargo de la señorita Volkova y de nuestro hijo.

Enarqué una ceja, irónico.

—¿Nuestro hijo? —murmuré.

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