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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 162

~MILA~

En tanto Alessia apretó los labios para contener una sonrisita divertida, mi hermano carraspeó y frunció el ceño. No parecía molesto por la escena que sus ojos estaban viendo, pero tampoco parecía cómodo. Sabía que aunque hubiera dado su aprobación para que mi relación con los Ravelli siguiera adelante, todavía le iba a costar un poco adaptarse a ella y verlo como lo más normal del mundo.

Los hermanos se apresuraron a separarse de mí y a levantarse de la cama, entre nerviosos y asustados. Estaba segura de que todavía les costaba asimilar que mi hermano había aceptado que estuvieran conmigo.

Inclinaron la cabeza con respeto y saludaron.

—Signora... Señor Volkov.

Mi hermano estrechó más la mirada, pero también inclinó la cabeza, aunque no dijo nada. Fue Alessia la que habló, con toda la naturalidad del mundo.

—Qué bueno que los dos están aquí —dijo—. La doctora Amato ya está aquí y ha traído los resultados de Mila.

Ella y mi hermano se apartaron, para darle paso a la doctora Amato que estaba parada unos pasos detrás de ellos.

Con una sonrisa amable, aunque tenía un dejo de preocupación, la doctora Amato entró a la habitación y saludó. Primero a los Ravelli con una ligera inclinación de cabeza que ellos correspondieron y luego a mí.

—Hola, Mila. ¿Cómo te sientes hoy?

Sonreí y le devolví el saludo.

—Hola, doctora. Mucho mejor. ¿Y usted qué tal?

—Bien —respondió y de repente su expresión cambió, tornándose completamente seria.

Fruncí ligeramente el ceño, pensando que no traía buenas noticias. Algo debía de estar mal en mí. Seguramente alguna de las paradas que los hombres de Gio Marchetti me habían dado me habían fracturado las costillas y me habían perforado un pulmón o qué sé yo. Mi mente trabajó a la velocidad de la luz e maginé cualquier tragedia.

—Ya tengo los resultados de tus análisis y me gustaría que hablemos en privado para revelártelos.

Fruncí más el ceño, embargada por la preocupación. Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, mi hermano se adelantó a hablar.

—¿Por qué? —preguntó, casi gruñendo molesto—. Lo que sea que esté pasando con Mila nosotros tenemos el derecho a saberlo.

La doctora lo miró, luciendo más preocupada aún.

—No estoy diciendo que no sea así —replicó—. Pero pienso que antes de todo, Mila tiene derecho a tener un poco de privacidad para que hablemos.

Mi hermano volvió a abrir la boca para rebatir, pero la cerró porque esta vez yo hablé, tratando de sonar tranquila, aunque por dentro la angustia empezaba a sofocarme.

—No se preocupe, doctora. Lo que sea que tenga que decirme todos los que están aquí, dentro de esta habitación, tienen todo el derecho del mundo de saberlo.

La doctora me miró vacilante.

—¿Estás completamente segura, Mila? ¿No te gustaría que primero hablemos en privado y luego decides si le cuentas a los demás o no?

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