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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 10

Capítulo 10: Ella no puede morir...

La situación de Marina era complicada, según los estudios realizados, tenía tres costillas fracturadas, una contusión pulmonar y una conmoción cerebral fuerte.

Al final, de todo aquello, el médico había decidido intubarla, puesto que evidentemente le estaba costando respirar.

Todo el procedimiento iba como debía, al menos hasta que el monitor cardíaco pasó de emitir un pitido constante a un pitido largo, ahí, el médico miró que la línea verde que dibujaba picos irregulares se había vuelto línea recta.

—¡Está entrando en paro! —anunció el médico preocupado.

Marina yacía inmóvil en la camilla, mientras el equipo de médicos se movía con rapidez.

—¡No tiene pulso!

—¡Inicien procedimiento de RCP!

Uno de los médicos entrelazo las manos sobre el pecho de Marina y comenzó a presionar con fuerza y ritmo. Aquellas compresiones torácicas provocaban que el cuerpo de aquella joven mujer F luot Elareр se elevara ligeramente ante cada presión.

Una enfermera retiro el tubo y ajusto la mascarilla de oxígeno sobre el lastimado rostro de Marina.

—¡No reacciona!

—¡Traigan el desfibrilador!

 —¡Lore! ¡Lore! Pis, pis, pissss... —dijo Karina tratando de llamar discretamente a su vecina.

—¿Qué sucede, Karina?

—No vayas a escoger a Marina, ya sabes que siempre perdemos cuando ella juega con nosotros, mejor escoge a Lina, ella corre rápido.

—¡Jamás escogería a esa piojosa! —dijo Lorena frunciendo el ceño. —Elijo a Lina. Ven, Lina, juega con nuestro equipo.

Lorena era la chica más bonita de la calle, cada niño en la calle o en la escuela, quería llamar su atención. Esta jovencita era bonita, inteligente y muy amable con todos, todos con una sola excepción... Marina Salas, quien por alguna razón solía desagradarle.

—¡Chicos! ¡Chicos! —dijo Paulina, Ilamando la atención de todos. —Él es Esteban Montemayor, es nuestro nuevo vecino y lo invité a jugar. ¡Denle la bienvenida!

—¡Hola! ¡Hola! ¡Hola, Esteban! —se podía escuchar en la calle repleta de niños que habían salido a jugar aquella noche de verano.

—¡Hola, chicos! ¡Me da mucho gusto conocerlos! — dijo aquel encantador joven. —Espero que nos podamos llevar bien.

—¿De dónde eres? —preguntó Karina con mucha atención.

—Vivía en la Ciudad de México, pero mis padres me enviaron a vivir aquí, con mi abuela Sofía Montemayor.

—¡Wow!

—Bueno, bueno, ¿jugamos o qué? —dijo Lorena acercándose a invitarlo.

—No sé qué están jugando...

—Íbamos a jugar a las escondidas...—respondió Karina muy atenta al joven encantador. —Tú, como eres nuevo, podrías estar en mi equipo.

—Lo siento, Lore, le había dicho a Esteban que hoy podría estar en mi equipo, solo vine a presentarlo, la abuela Sofí me lo encargó, pero yo tengo que ir con mamá al súper.

—Hmm... Bueno, entonces que él termine de escoger a los que faltan en tu equipo. —dijo Lorena, restándole importancia a aquello. — Bien, todos los que no han sido escogidos den un paso al frente.

Esteban miró a todos los niños y se percató de que no sería una tarea fácil, pero, abierto a conocer a sus nuevos vecinos, sonrió y dijo:

—Bien, veamos, no conozco a nadie, así que los señalaré y me dicen cómo se llaman, ¿sí?

—¡Sí! —se escuchó a unísono a todos los chiquillos que lo miraban con atención.

Marina tenía apenas 7 años y, desde el preciso momento en que había visto a aquel joven llegar con su hermana mayor, no había podido apartar la mirada, algo en esos ojos oscuros y esa bella sonrisa, le había llamado la atención.

—¡Ey! ¡Marina! ¡Pon atención! —se escuchó el regaño a lo lejos por parte de Lorena.

—¿Mande? ¿Mande? —dijo la niña nerviosa.

—¿Así que tu nombre es Marina?

La pequeña solo movió la cabeza en afirmación.

—¡Mucho gusto, Marina! ¡Soy Esteban!

—Esteban Montemayor, ¿verdad? —preguntó la infante un poco nerviosa.

—Esperen... —dijo el doctor Velez con preocupación.

Todo el personal médico que estaba en aquella sala se quedó en silencio y unos segundos después...

Bip... bip... bip...

—El ritmo cardiaco ha regresado, ¡tenemos pulso!

¡Es débil, pero está ahí! ¡Avisen a la familia que debemos llevarla a terapia intensiva! —dijo el médico que había estado en aquella sala.

Minutos más tarde, el doctor Velez salió de urgencias y fue a ver al esposo de Marina Salas, al hacerlo, se percató de que ya había más familiares de aquella joven mujer.

—¡Doctor! ¿Cómo está? —preguntó Esteban con evidente preocupación.

—¡Sí, doctor! ¿Cómo está mi hija? —replicó Rigoberto Salas, el padre de Marina.

—Señores, señoras, el pronóstico de la paciente es reservado, las próximas horas son cruciales, acaba de tener un paro cardiaco...

Eugenia Toledo, madre de Marina se llevó las manos al rostro ante aquella devastadora noticia.

—No les voy a mentir, hemos tenido que intubarla debido a que tiene una contusión pulmonar y no es operable. Debemos esperar a que la inflamación del pulmón ceda, tiene 3 costillas rotas y una fuerte conmoción cerebral. Por todo lo mencionado, la paciente será trasladada a terapia intensiva, ahí vigilaremos su evolución.

Esteban, al escuchar aquello, no sabía qué sentir.

Hace tan solo unas cuantas horas, Marina estaba frente a él, se mostraba llena de odio y rencor.

¿Cómo demonios podía ser que su pronóstico de vida fuese reservado? ¿Qué iba a hacer si ella moría? ¿Cómo les iba a explicar aquello a sus hijas?

Toda la seguridad que había reunido hace meses para abandonarla, parecía que se estaba esfumando.

—Doctor Velez, ¿qué necesita para que ella se recupere? Solo pídamelo y lo traeré del extranjerо de ser necesario. —dijo Esteban en un momento de desesperación.

—Señor Montemayor, hemos hecho todo lo que se puede, ya solo depende de cómo reaccione ella al tratamiento.

—Ella no puede morir... Ella no puede, ella tiene dos hijas que son su vida... —pensó el hombre en voz alta.

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