Capítulo 11: Culpa...
—¡Dios, por favor! ¡Cuida a mi hija! —se escuchó la súplica de Eugenia.
—¡ESTO ES POR TU MALDITA CULPA! —exclamó Rigoberto apuntando con el dedo a Esteban mientras era retenido por Lina.
—¡Papå, por favor!
—¿Qué demonios dice? ¿Acaso yo iba con ella?
¿Acaso yo fui quien îba conduciendo ¡Cuidé sus palabras! Porque, siendo honestos, ni siquiera debería estar aquí... —replicó Esteban molesto e incómodo ante aquella acusación.
—¡Sí! Ahora te muestras muy valiente, pero ¿qué tal hace años? Cuando regresaste al pueblo con la cola entre las patas. Todos los aquí presentes sabemos lo que de verdad ocurrió; mi ciega hija ni siquiera lo pudo ver. —dijo Rigoberto sintiendo cómo la sangre se le calentaba de pensar en la dolorosa verdad.
—Mire, yo he cumplido en todo mi matrimonio, incluso ahora. ¿Acaso la he dejado desamparada?
Ella no se debe preocupar por nada, no tiene necesidad de hacerlo; yo no la he pasado a dejar sin nada... —replicó Esteban molesto ante las palabras cargadas de muchas verdadesa medias.
—¡Basta! ¡Basta! ¡Estamos aquí por ella! ¿Acaso no se dan cuenta de que pelear por lo que sucedió hace años no tiene caso? —expresó Eugenia con lágrimas en los ojos.
—¡Perdona, Genia! ¡Perdona, mi vida! Pero es inevitable que me sienta así... ¡Jamás en mi puta vida debí permitir que Marina cometiera la reverenda locura de casarse con este!
—Beto, mi vida, no tiene caso hablar del pasado; ahora lo más importante es que nuestra hija salga de esta terrible situación. Mi hija, mi pobre niña ha estado pasando por todo esto sola, no sé qué llevaba en la mente, pero después de esto, no podemos dejarla sola; ella se debe ir al pueblo con nosotros... —dijo Eugenia llena de culpa.
Ella no lo decía abiertamente, pero reconocía que, por muchos años, Marina, al ser la hija de en medio, la habían dejado sola; sus prioridades eran:
Paulina por ser la hija mayor y Adelina por ser la hija menor. Ellos veían a una Marina inteligente, fuerte y soñadora; creían que con lo que le daban era suficiente; ahora se topaban con una realidad muy diferente.
La mujer, internamente, se culpaba por toda esta situación, pues creía que el hecho de que su hija decidiera casarse tan joven con alguien mucho mayor que ella había sido producto de la necesidad del cariño que no habia recibido de su parte.
Por otro lado, las palabras que Rigoberto había dicho hicieron que Esteban no pudiera permanecer ahí sentado, por lo que decidió salir un momento a tomar un poco de aire y fumar un cigarro.
La ansiedad, la culpa y la preocupación le estaban carcomiendo hasta lo más profundo. Él no podía negar nada de lo dicho por su suegro, incluso sabía que la verdad era mucho más dolorosa de lo que ellos creían.
———11 años atrás ——— —Efraín, ¡por Dios! Deja de fumar esa maldita cosa; a mí solo me provoca sueño...
—¡Dios! —dijo Efraín estirándose como gato. — ¡Cómo necesitaba algo de esto! He tenido una semana terrible...
—¿Qué? ¿Problemas en la uni?
—¡Na! ¡No es eso, se trata de Cinthya...! ¿Puedes creer que dice que quiere que formalicemos?
—¡Era lógico, primo! ¿Cuándo piensas sentar cabeza? Llevan ya tiempo saliendo, ya no eres tan joven... Cinthya es una buena chica...
—¿Buena? ¿Qué tiene de buena aparte de estar buena?
—¡Efraín Forcelledo!
—¿Qué? ¡Es la verdad! Si no estuviera así de buena, no me la andaría tirando, ¿o digo mentiras?
—Tú definitivamente no tienes remedio... ¿Cuándo piensas sentar cabeza? Ve, tu estilo de vida libertino te ha restado puntos para la presidencia del grupo; prácticamente se ve que no quieres darme batalla.
—¿Por qué haría eso? Tu eres bueno lidiando con cosas de la empresa, yo soy bueno con los números y me preparo para eso, mi hit es hacer dinero, no me gusta rodearme de gente, ese es más tu estilo; además, "la cláusula" de ser un "hombre de familia" eso si que no te lo vengo manejando.
—¡Efraín! ¿Acaso nunca te has enamorado? ¡Presta!
—dijo Esteban arrebatándole el cigarro.
—Hmm... Tanto como enamorado, no, pero sí hay alguien que me interesaba hace muchos años, aunque definitivamente ya lo he descartado.
—¿Ah? ¿Sí? ¿Acaso hay alguien que se haya podido robar el corazón de Efraín Forcelledo?
—Aunque no lo creas, ¡sí! Pero, siendo honesto, hace muchos años ya lo descarté.
—¿Por?
—Ella solo tenía ojos para ti... —dijo Efraín con mucha seguridad.
—¿Quéé? ¡Ahora resulta que yo soy el tercero en discordia! ¡Vaya! ¡Eso yo no me lo sabía! ¡Cuenta!
¡Cuenta! ¿De quién se trata?
Efraín se volvió a estirar mientras tomaba un respiro, se levantó del sofá y caminó hacia el bar de la sala.
—Es una chica del pueblo...


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)