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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 100

Efraín se armó de valor y, alejando la idea de si era o no correcto abrazarla, rodeó el cuerpo de aquella mujer con uno de sus brazos; al no ver renuencia, con su mano libre, tomó su mentón y la hizo verlo a los ojos. Sin prisa se fue acercando a ella y muy cerquita de sus labios le susurró:

—Jamás volverás a estar sola, eso debe quedarte claro.

Luego de aquellas palabras, la besó; ella, increíblemente, olvidando donde se encontraban, correspondió a aquel beso y, tal como sucedía cada que estaban juntos, todo parecía ser tan fácil: sus labios se amoldaban de una manera perfecta a los suyos y su cuerpo reaccionaba a las múltiples sensaciones que él le regalaba.

Él, por su lado, la besaba con un hambre y una sed que solo ella podía apagar, aunque, tras unos cuantos segundos, Efraín tuvo que parar, pues algo más estaba reaccionando y, desafortunadamente, no se encontraban en el lugar adecuado para otro tipo de emociones.

—Espera, espera… Recuerda dónde estamos… Si quieres, ahora mismo te secuestro y te llevo a mi casa. —dijo él apenas separando sus labios de ella.

Ella salió del encanto, cayendo en la cuenta de la locura que estaba cometiendo.

—¡Dios! ¡Mira nada más la locura que me haces hacer! —admitió avergonzada.

—¿Yo? Sí, yo fui quien te hice reaccionar, porque de haber querido, te arrancaba ese delgado y sugerente camisón y te hacía mía en este preciso lugar.

—¡Efraín! —lo reprendió ante aquella insinuación y descaro.

—¿Qué? ¿Quién me instó a pensar en cosas que no debía?

—¡Ya! ¡Para! ¡Ya no digas más cosas! Ya me entregaste la libreta; ahora ve a casa, seguro debes estar igual de molido que yo, ve y descansa.

—¡Oye! ¡Oye, antes de irme! Tengo otra cosa que quiero revisar contigo…

—¿Otra cosa? —preguntó intrigada.

—¿Recuerdas que me dijiste que odiabas este lugar? —dijo mirando los alrededores de la sala de estar.

—Bue… Bueno, tanto como odiarlo… —mencionó un tanto nerviosa.

—Di la verdad, lo odias por lo que representa. Lejos de los buenos recuerdos, odias el lugar por el significado de estos muros, de su decoración y de cada mueble comprado, así que hoy me di a la tarea de buscarte algo…

—¿Qué? ¿Qué me buscaste?

—Estuve pensando en que la mejor cosa que puedes hacer es venderla…

—¿QUÉEE? ¡NO! ¡Tú sí que necesitas dormir! ¿Cómo crees que voy a vender mi casa? ¿A dónde crees que voy a irme si vendo esta casa? ¡Es lo único que tengo! —expuso ella un tanto sorprendida por aquella idea loca de Efraín.

—Bueno, para eso estoy yo…

—¿Qué quieres decir con eso?

—Puedes vender esta casa y comprarte una más bonita en otro lugar…

—¡Aja! ¿Y con qué dinero? ¿Acaso no te ha quedado claro que dependo económicamente de mi exmarido?

—Y yo te acabo de decir que para eso estoy yo…

—Y yo te digo que ya no quiero seguir atenida a lo que me den. ¿Por qué no me dices lo que tienes en la cabeza? —dijo Marina sintiéndose un tanto incómoda.

—Sabía que dirías eso, así que se me ocurrió que bien podría hacerte un préstamo…

—¿Cómo?

—Sí, podemos valuar esta casa; yo le calculo que debe valer como unos veinte o mínimo quince millones. No está mal ubicada, está mona, tiene todos los servicios y, bueno, seguro que compradores no faltarán… Vendes esta casa; con el dinero que consigas por vender esta propiedad, buscas una casa a tu gusto.

—Es que todo suena demasiado fácil y pareciera como si fuese un sueño.

—No, no se trata de un sueño, es la realidad; te puedo ayudar y lo haré. No quieres dinero regalado y estoy de acuerdo, así que no te lo voy a regalar, te lo voy a prestar.

—¿Me dejarías pensarlo bien? —dijo ella tratando de acomodar las múltiples ideas y emociones que rondaban su cabeza en ese momento.

—¡Claro! Platícalo con la almohada; ya debo irme, porque es evidente que estás que mueres de sueño. —dijo Efraín acercándose peligrosamente al oído de Marina. —Me encantaría escabullirme contigo a tu habitación, pero no es correcto, así que mejor me despido aquí, me voy a mi casa y me enfoco en dormir soñando contigo.

Marina vio la sonrisa pícara de aquel hombre y solo pudo sentir cómo sus mejillas se tiñeron de rosa.

—¡Ey! —¡Deja de imaginarte cosas! —reclamó ella al recordar lo que había estado sucediendo entre ellos.

—No tengo por qué imaginármelas, si puedo recordarlas. ¡Anda! Deja ya de ponerte nerviosa, tienes mucho que pensar… Revisa lo que te dejo; si alguna te gusta, dime, y si alguna se sale del presupuesto, no te preocupes, podemos ver qué hacemos con ello.

—Prometo que lo revisaré, ¿ok? —comentó sabiendo que aquello implicaba varios cambios.

—¡Ok, esa voz me agrada! Ahora, mañana si puedo en la hora de la comida, te vengo a ver para hacer tu lista de pendientes, claro, si tú puedes, o ¿quieres que venga a esta misma hora?

—¿Tú no tienes remedio? ¿Verdad?

—No, así que tú decides…

—A esta hora está bien… —dijo Marina sabiendo que no se iría sin una respuesta afirmativa.

—Ok, a esta hora te veo. —dijo el hombre tomando su portafolio y acercándose a ella para despedirse con un cálido beso. —Me voy… ¡Sueña conmigo!

Luego de aquel beso, Marina solo vio cómo aquel hombre salió de su casa, subió a su deportivo y se marchó, dejándola con muchas cosas en la cabeza.

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