Tras una larga tarde, Lina se fue a casa con la panza llena y el corazón más tranquilo, pues luego de ver a su hermana, entendió que bien podría estar comenzando una relación con quien desde un inicio debió estar.
Marina, por su parte, ya más tranquila luego de ver a su hermana, subió a ver a su hija Diana, verificó que ya hubiese hecho la tarea, la arropó y se dirigió hacia su habitación.
Aquella joven mujer estaba por meterse a la cama luego de darse un cálido y reconfortante baño cuando Ofelia llamó a la puerta.
—Señora…
—¿Qué sucede, Ofe?
—Tiene una visita… —dijo la mujer con un poco de duda.
—¿A estas horas? ¿Quién me busca? —expresó la mujer tomando su móvil y viendo que eran casi las diez de la noche.
—Se trata del señor Forcelledo.
Marina, al escuchar aquel apellido, abrió los ojos de sorpresa y se levantó inmediatamente de la cama.
—¿Qué le digo?
—Bajo en un momento… —comentó al momento en que se colocaba una delicada bata para cubrir su delgado camisón.
—Bien, prepararé café… —Comentó la mujer, viendo cómo su jefa se alistaba para salir.
—Ofelia, no, no te preocupes, no creo que tarde y, si demora, yo lo atiendo; ve a descansar. —dijo pensando en que no quería que ella los viera en alguna situación que aún no estaba lista para comentar con alguien más.
—Bien, señora, solo bajaré a decirle que va en un momento, ¿le parece?
—Sí, por favor. ¿Oye? ¿Ofe?
—Dígame…
—¿Puedes pasar a ver si mi niña está dormida? Si se ha destapado, ¿puedes arroparla?
Ofelia sonrió y se percató del nerviosismo de su jefa.
—¡Claro, señora! Pierda cuidado.
Tras avisarle a Marina que Efraín estaba en casa, Ofelia bajó y se dirigió hacia el atractivo hombre que ya esperaba en la sala; lo miró bien, pues debía ser honesta, no siempre se podía echar taco de ojo con alguien tan atractivo como aquel hombre.
—Señor Forcelledo, la señora bajará en un momento.
—¡Gracias! ¿Ya estaba durmiendo? —preguntó Efraín educadamente.
—¡Estaba por irse a la cama!
—¡Vaya! ¡Parece que la vine a levantar!
—Hoy tuvo un día agitado.
—Supongo que sí… —Sonrió el hombre de una manera que Ofelia no supo cómo interpretar.
—¿Efraín? —se escuchó la voz de Marina entrando a la sala.
—¡Hola, criatura! ¿Ya estabas lista para ir a dormir?
—Ho… ¡Hola! Bueno, digamos que ya. Honestamente, tengo un poco de sueño.
—¿Por qué será? —preguntó el hombre con descaro.
Marina lo miró y abrió los ojos de sobremanera; sus mejillas se tiñeron de rosa, cosa que no pasó desapercibida por Ofelia, quien se había percatado de que la señora había llegado de madrugada a casa.
—Señora, si no me necesita más, me retiro, que tengan buena noche.
—¡Gracias, señora Ofelia! —dijo él mirando cómo la mujer inclinaba la cabeza con una sonrisa y se marchaba.
Luego de ello, el hombre sacó de su portafolio un bonito cuaderno color rosa y caminó hacia donde estaba Marina.
—Toma, ayer y hoy, con todo el ajetreo, ya no pude dártelo. No puedo seguir trayéndolo en mi portafolio.
—¿Qué es esto?
—Es para tu lista de pendientes…
—¡Wow! ¡Es muy bonito!
—¿Sí? ¿Te gusta? No sabía si aún te seguía gustando el color rosa, pero no quise arriesgarme con otro color; era eso o negro.
—Aún me gusta, ¡gracias! —dijo ella con una gran sonrisa dibujada en el rostro.
Él se agachó y, sin previo aviso, la besó.
—De nada, con esa sonrisa y este beso, me doy por bien servido.
Marina sintió una fuerte punzada en el estómago y ni qué decir en otro lugar.
—No, no hagas esto, por favor… —Mencionó ella nerviosa.
—¿Hacer qué? —preguntó Efraín besándola nuevamente.
—¿Esto?
—¿Sí…?
—Por favor, no lo hagas… Nos pueden ver… —Marina miraba nerviosamente hacia las escaleras.
—¿Y?
—¿Cuál? -preguntó por curiosidad.
—Nadie, absolutamente nadie, y hablo de todos los que laboran ahí.
—¿Aja?
—Nadie tiene el derecho de tener una relación con alguien que labora ahí; es decir, que nadie puede tener su pareja sentimental trabajando con ellos.
—¡Dios! —dijo Marina recordando que Lorena trabajaba ahí.
—¿Qué dijo Esteban? —preguntó como primera reacción.
—¿Esteban?
—Sí… La última vez que fui a verlo a su oficina, Lorena Huesca trabajaba con él en la oficina… —dijo Marina en un tono que mostraba que aún le dolía esa parte de su vida.
Efraín lo notó e inmediatamente, tratando de aparentar calma, cambió de tema.
—Bueno, tú sabes que la relación con mi padre es un tema un tanto escabroso; mi padre tenía trabajando a su mujer como su asistente y ni se diga de mi tío, el cual, desde lo sucedido con mi tía, el hombre inmediatamente despidió a su amante.
Marina salió del trance que significó recordar aquel doloroso recuerdo y posó sus ojos sorprendidos en el hombre que estaba sentado a su lado.
—¿De verdad hiciste aquello? -preguntó sorprendida imaginándose la reacción de todos en aquel lugar.
—Sí, ¿por qué lo dudas?
—Eso quiere decir que… -ella se quedo sin poder asimilar lo que había sucedido.
—No, para la suerte de él, Lorena renunció días antes de que yo llegara Esa fue una de mis peticiones: no trabajaría en un lugar donde esa mujer estuviera.
—¿Por qué pediste algo así? -preguntó Marina desconcertada ante lo que aquel hombre acababa de mencionar.
—Marina, ¿acaso no lo entiendes? ¿Cómo podría permitir que una mujer como ella trabajara ahí cuando sé perfecto que te ha lastimado? ¿Acaso no es ese un motivo suficiente para solicitar su cabeza?
—Efraín… —Solo pudo pronunciar aquello, Marina, pues jamás imaginó que él pudiera hacer eso. Esteban había sido el que, luego de separarse, la había llevado ahí; eso había resultado humillante y degradante como esposa, pues, honestamente, jamás se había sentido a la altura de su marido y, si se comparaba con ella, se sentía un cero a la izquierda.
—¿Qué sucede? -preguntó Efraín intrigado.
Los ojos de Marina se llenaron de lágrimas; no sabía qué pensar, no sabía qué decir. Hace poco más de medio año su corazón estaba hecho trizas y ahora, en este preciso momento, solo pensaba en abalanzarse a los brazos de un hombre que sentía que la veía más allá de lo que estaba presente.
Efraín no sabía hasta qué punto podía acercarse ahí, por lo que simplemente tomó su mano y la apretó.
—¡Tranquila! Sé que las cosas no han sido nada fáciles para ti, pero no tienes por qué pasar por todo esto sola, ¿entiendes? Yo voy a estar contigo, no vas a volver a estar sola, yo voy a estar aquí, como amigo o como lo que tú decidas que esté, aquí voy a estar… -dijo el hombre con total sinceridad.
Marina lo miró a los ojos y no pudo más; mordía su labio inferior para no soltarse a llorar, pues esto era lo que quería escuchar desde hace tiempo. Ella quería vivir esto de parte de alguien cercano, quería escuchar esto precisamente, desde hace seis meses, cuando se cayó en el aeropuerto tras ir a perseguir a su marido.
Sí, Lina había estado ahí, pero al final, se sentía como si fuesen dos chiquillas perdidas en búsqueda de alguien que no iba a llegar. Ahora, medio año después, aquellos ojos claros, aquella grande y fuerte mano que la sostenía, acababa de hacer y decir las cosas que ni su madre o padre habían podido decirle.

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