Era de noche en la Ciudad de México y, mientras Marina se iba a la cama tras una agradable, pero un tanto sorpresiva visita, muchas vidas cambiaban al mismo tiempo.
Una de ellas era la de Florencia Lovato, quien ahora vivía en una casa de seguridad que le había pagado Efraín para que se sintiera más tranquila.
—Buenas noches, señora Lovato.
—Eh… Sí, dígame…
—Soy la licenciada Navarrete.
—Hola, licenciada, perdone, no reconocí su voz.
—No se preocupe… Le llamaba para avisarle que el señor Montemayor no dio respuesta a su convenio.
—¿Eso qué significa? —preguntó preocupada.
—Significa que debemos proceder como usted indique.
—Como verá, señorita Navarrete, ya no quiero volver de donde vengo, no tengo nada que perder, no tengo nada, no tengo familia directa, mis hijos ya son grandes y cada uno tiene su vida, así que los problemas entre mi marido y yo ya no les van a afectar.
Sí, en el pasado me quedé; era por ellos y porque mi familia siempre estaba sobre mí. Ahora tengo 50 años, quiero una nueva vida, una en donde no deba pedir permiso para hacer algo tan sencillo como salir a comprar pan, porque de no hacerlo, me puede costar una paliza.
—Lamento mucho escuchar aquello, señora, usted dígame cómo quiere proceder y créame, lo haremos. Jamás. En mi corta vida como litigante he perdido un caso en lo familiar y esta, esta no va a ser la primera vez.
—¡Quiero el divorcio! ¡Quiero que él me dé una compensación por los años que tuve que aguantar todos sus maltratos! No peleo mucho, solo un poco, un poco para vivir lo que me resta de vida de manera tranquila y lejos de él.
—Así será, señora, mañana mismo presentaré la demanda de divorcio incausado y solicitaré una orden de protección de manera urgente, ¿le parece?
—Este… sí, sí estoy de acuerdo.
—Bien, señora, mañana mismo la iré a ver a su domicilio. ¿Cómo se ha sentido ahí?
—Bien, mi sobrino no ha escatimado en nada y el lugar está vigilado por varios escoltas.
—Sí, Efraín es una muy buena persona. Mientras esté bajo su cuidado, créame, nada malo le puede ocurrir.
—¡Gracias, señorita Navarrete! Créame, si esto se hace posible, me estaría devolviendo la libertad que pedí a los 16 años… —confesó Florencia recordando una época de su pasado que quisiera no haber vivido.
—Le voy a ser completamente honesta, señora Lovato, no va a ser fácil; el camino va a estar lleno de varios obstáculos, pero no será nada que no podamos sacar del camino. Le pido que confíe en mí y que me diga toda la verdad.
—¡Eso hare! ¡Quiero ser libre! ¡Quiero irme lejos! ¡Quiero salir del país! ¡Quiero conocer la tierra natal de mi familia!
—¿De dónde es su familia?
—Aquí en México venimos de Chipilo, pero mi familia proviene de Padua, una provincia de Italia.
—¿De verdad? ¿Es usted italiana?
—Sí, mi familia es italiana, pero hace muchos años que venimos a México; yo no conozco Italia, nací en México y toda mi vida la he vivido aquí, pero, señorita Navarrete, cuando todo esto termine, tal vez me despida del único hijo que tengo en México y tome el primer avión hacia Italia.


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