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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 102

Lina llega a casa con el corazón más tranquilo y el estómago lleno de pay de queso. Aquella joven mujer se sentía más tranquila, pues imaginaba que su hermana se estaba encaminando a retomar su vida al lado de quien siempre debió estar.

Aquella hermana se sentía contenta, pues sabe que Efraín siempre estuvo enamorado de ella, como ella siempre lo había pensado: “Solo una ciega no lo podría haber visto”, una ciega como su hermana.

—Señorita Salas… ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches a ti, Miguel!

—¡Oiga! ¡Tengo algo que llegó para usted!

—¿Para mí?

—¡Sí! Permítame…

Un tanto intrigada, Lina se acercó hacia donde está el pequeño espacio donde se encuentra el portero y se queda sin palabras al ver lo que el anciano está por entregarle.

—Hoy por la tarde, el hombre que la vino a ver ayer le trajo esto.

Lina observa la delicada caja con rosas color lila que Miguel llevaba en las manos, lista para dársela. Es inevitable que ella sienta una punzada en el estómago y pecho, pues jamás en toda su vida había recibido un detalle como ese.

—Miguel, ¿dices que el hombre de ayer las dejó? —preguntó sorprendida.

—Sí, señora, tenga. ¡Están preciosas! Se ve que el señor está muy interesado en usted.

Ella sonrió como tonta, estuvo a punto de aceptarlo, pero casi de inmediato cambió de opinión, pues debía ser muy mensa para saber que esto solo era algo por lo que había sucedido en la mañana.

—¿Sabe qué, Miguel? ¡Quédeselas! Yo, no puedo, yo… Hmm… No me gustan y, si vuelve a traer otra cosa, no me la entregue. Ese hombre y yo hemos terminado, así que nada de que le permita entrar al edificio o que me deje cosas, por favor.

—Pero… Señorita, ¡están bien bonitas! ¡Mírelas! ¡Lléveselas! ¡No las deje!

—¡Lo sé! Por eso no le pido que las tire, quédeselas, llévelas a casa, regáleselas a su esposa o póngalas en su mesita; yo no las voy a aceptar.

—¡Está bien, señorita!

—¡Bien, Miguel! ¡Nos vemos mañana! ¡Buena noche!

—¡Buenas noches!

Lina, un tanto desconcertada, subió hacia su apartamento; no podía creer que Alessandro tuviera el descaro de enviarle un ramo de flores. ¿Qué estaba pensando ¿No acaso sus últimas palabras fueron que no quería niñerías? ¡Dios! ¿Por qué debía ser él quien enviara un detalle cómo ese?

En toda su vida, al menos desde el momento en que comenzó a ver cómo sus compañeritas del colegio o sus hermanas comenzaban a recibir detalles de enamorados, ella deseó lo mismo, pero no fue posible; jamás había podido experimentar esa sensación de ver llegar a un chico con un ramo de flores y ahora que lo recibía, debía rechazarlo.

Al llegar a su apartamento, dejó su bolso en la mesa y descubrió que Alessandro le había dejado una nota; la verdad era que, por la mañana, con la corredera de no llegar tarde, no se había percatado de esta. La tomó y, sin muchos aminos, la leyó:

—Sé que no crees en nada de lo que te dije, pero es verdad. Adelina, me gustas y este lado tuyo me gusta más. Eres una mujer de carácter fuerte; se ve que una vez que has tomado una decisión, difícilmente cambias de opinión, pero trabajaré para cambiar el concepto que tienes de mí”.

Adelina sintió una punzada en la panza; no supo cómo explicarla, pero fue algo que le hizo dudar si de verdad estaba haciendo lo correcto. Por un momento dudó, por un momento se dejó llevar por esa nota, por las flores, por la manera en la que Alessandro besaba, por la forma en la que la había tomado en todas las ocasiones en las que había tenido oportunidad.

Un extraño cosquilleo invadió su cuerpo, el cual aumentó cuando un mensaje apareció en su móvil.

—Espero te hayan gustado las flores. No sabía qué color te agradaría; compré uno de los que he visto que usas más”.

Lina estuvo a punto de contestar; sus dedos temblaban. De verdad quería contestar, pues no podía negar que aquello había robado una sonrisa. ¿Cómo no podría hacerlo? Le estaba diciendo palabras bonitas, le estaba dando unas flores preciosas, le estaba mostrando que no era invisible y que no solo se trataba de sexo; si había tiempo de comprar aquello, eso quería decir que sí había tiempo para algo más.

—No se preocupe, Miguel, ella y yo tuvimos un pequeño desencuentro, pero ya lo solucionaré.

—Está bien, señor.

—¡Gracias, Miguel! ¡Hasta mañana!

—¡Hasta mañana, señor Vélez!

Tras esa breve charla con el portero, Alessandro Vélez cerró los ojos y se llevó las manos al rostro ante el resultado negativo de aquel intento por contentar a aquella mujer que en un principio parecía ser una mujer dócil.

Él debía reconocer que no era un hombre que hiciera esas cosas, menos estando comprometido, pero Adelina Salas tenía algo, ¿qué? No lo sabía, pero algo en ella le atraía y, si bien el compromiso no se podía romper, pues era cuestión de unos cuantos meses para casarse, no podía negar que aquella mujer se le había metido en la cabeza y no se la podía sacar.

Adelina Salas para nada encajaba en los estándares de su familia y era más que obvio que jamás encajaría. Si bien se sabía que la hermana de Adelina era esposa de uno de los Montemayor, eso no le daba estatus suficiente a Adelina Salas.

Aquella mujer, tanto para él como para su familia, bien podía ser nadie y, aun así, había logrado captar su atención. ¿Cómo lo había logrado? Prácticamente por su charla, sus historias, su manera despreocupada y libre de ver la vida.

Para alguien como Alessandro Vélez le resultaba refrescante escuchar cómo una jovencita con limitada economía había tenido más aventuras por el mundo que incluso él, quien solo se la vivía encerrado en aquel hospital que representaba un legado familiar.

Ahora que ella había decidido alejarlo y hacerse a un lado, sin gritos, sin discusiones, sin lágrimas ni dramas, él no quería dejarla ir. Él suponía que no era capricho o tal vez sí, tal vez sí quería por eso, porque tal vez él vivía a través de ella, o tal vez era porque era tan narcisista que no podía ser ella quien decidiera terminar y no él.

O tal vez, simplemente quería la atención que ella le daba. En casa, todos en la familia, incluso su futura esposa, eran una eminencia en lo que hacían, por lo que el solo hecho de que alguien le pusiera atención en sus logros le había atraído.

Adelina no lo sabía y no tenía por qué saberlo, pero ella le había dado la atención y reconocimiento que no tenía ni con su prometida. En sus pláticas, ella se mostraba atenta a todo lo que le contaba, se sorprendía de cada detalle, de cada cosa que para él eran parte de su día a día.

Él no podía, no quería y no estaba dispuesto a perder eso, al menos no hasta que fuese inevitable, así que, por esa razón, él haría lo que fuese necesario para retener a aquella mujer.

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