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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 105

Marina, al llegar a casa, llevaba los ojos rojos de tanto llorar, pues no podía asimilar que su hija, su pequeña niña... Aquella bebé que cargó en su vientre, que cargó en sus brazos, ahora prefiere la compañía de aquella mujer que, en su niñez, tantas veces la ignoró e hizo pasar varios malos momentos.

Ofelia, al ver a su jefa en ese estado, se acercó a ella y la llevó a la sala. Su jefa, hasta antes de salir al colegio, se notaba feliz; parecía que la visita de anoche más el preparar el desayuno para sus hijas la había puesto de muy buen humor. No entendía qué había sucedido.

—Señora, ¿está todo bien?

—No, Ofe, no, nada está bien. Mírame, dime una cosa, ¿qué ves?

—¿Cómo? —preguntó desconcertada.

—Sí, Ofe, dime, ¿qué ves? ¿Qué soy? —preguntó lastimosamente la mujer, dudando de su existencia.

—Señora, lo que veo es a una mujer hermosa que merece ser feliz, veo a una hermosa mujer que merece comenzar cada día con una buena sonrisa, tal como hoy lo hizo.

—Ofelia, dime una cosa, ¿qué soy aparte de una ama de casa?

—Bueno… ¿Cómo le explicó?

—¡Exacto! Es difícil de explicar, ¿verdad? No hay nada, no soy nada, no soy más que una simple ama de casa, no soy profesionista, no genero dinero. Solo cuido de esta casa que ni me gusta, solo cuido de mis hijas y ni lo hago bien, tanto que una prefirió irse a vivir con su padre y su amante antes de seguir conmigo.

Ofelia escuchó aquellas palabras con atención y sintió que eso le disgustó. Ella jamás había visto de esa manera a su jefa; es más, admiraba a aquella joven mujer, pues, muy independientemente de que era joven, había aprendido a llevar las riendas del hogar de una manera admirable.

—¡Perdóneme, señora! Pero creo que está un tanto equivocada… El término “ama de casa” suelen tomarlo tan a la ligera, creen que solo significa 3 palabras y ya, pero, seamos honestas, señora… Ser ama de casa es asumir con inteligencia silenciosa y entrega constante la responsabilidad de sostener el equilibrio cotidiano de un hogar.

Es una labor que se combina entre ser organizada, saber cómo ayudar emocionalmente a los hijos o a quien lo necesite. Incluso, es ayudar en la toma de decisiones, desde qué calcetines usar hasta qué trato firmar, y no diga que no, porque así ha sucedido.

Señora, no olvide que usted sabe administrar los recursos de esta casa, sabe cuidar de cada uno de nosotros; no importa si son sus hijas o somos el personal de servicio, usted nos conoce, sabe cuándo estamos bien o cuándo nos duele la panza. Usted nos conoce, sabe cuando algo nos sucede, ya sea enfermedad o preocupación, y eso, eso no lo hace cualquiera.

Si bien todos los que nos ven por fuera piensan que solo nos enfocamos en las tareas domésticas, ser ama de casa implica ejercer un rol fundamental en la construcción de un entorno seguro, armonioso y, sobre todo, funcional.

Usted, señora, usted, yo la he visto coordinar tiempos, anticipar las necesidades de sus hijas y de su marido, bueno, ahora exmarido. La he visto resolver imprevistos y, muchas veces, brindar apoyo afectivo no solo a sus hijas, todo ello sin horarios específicos, ni salarios establecidos.

Señora, ser ama de casa es un acto de amor continuo, cuidado y compromiso del que no se deshace uno. El ser ama de casa significa transformar lo cotidiano en sustento, lo simple en significativo y lo invisible en indispensable.

Solo piense que la forma discreta en que lleva las riendas de esta casa es la forma en que usted aporta en gran medida a este hogar; no es que no esté haciendo nada, claro que está haciendo, y hace mucho, mucho más que sentarse detrás de un escritorio.

Marina escuchó con atención todas y cada una de las palabras que la mujer había dicho. Ella no podía procesar todo el discurso, pues en su cabeza solo estaba la perfecta Lorena, vestida con ese bello vestido ceñido al cuerpo en color blanco inmaculado.

—Hoy fue Lorena a dejar a mi hija… —Soltó finalmente lo que había sucedido.

—¡Ah! ¿Con que eso es lo que sucede?

—Sí… Apenas pudo pronunciar Marina aquella palabra.

—Señora, ¿qué es lo que le afectó de aquella situación?

—Mírame, Ofe, mírame bien…

—¿Qué quiere que vea?

—Apenas y me dio tiempo de arreglarme, mi ropa es de hace años, me ropa grita que soy ama de casa y madre. Si la hubieras visto, aquella mujer iba con un elegante vestido blanco, lentes de sol, peinado perfecto y labial rojo sangre, bolso de diseñador, ahí dentro llevaba el louch de mi niña, el cual compro en un café de renombre, yo solo una vez he comprado ahí porque ni se cómo pedir el café.

Luego, eso no es lo que más me dolió, eso ya lo he visto en otras ocasiones; lo que más me dolió fue la reacción de mi hija, quien apenas y me quiso saludar; parecía que le dio pena de verme así vestida.

—Señora, pero si se ve encantadora, digo, usted tiene su estilo, a usted no le gusta vestirse toda ajustada. Al menos, yo no la veo haciendo aquello y, en definitiva, no veo nada de malo en su estilo.

Ahora bien, si el problema es la ropa, ¿por qué no cambiamos eso? ¿Por qué no agarra y va de compras al rato que salga la niña Diana del colegio? Yo creo que unas cuantas ropas no le caerían nada mal.

—¡Ofe! ¿Con qué dinero? No tengo ni un peso… —dijo Marina recordando que había jurado no tomar nada del dinero que Esteban depositará de pensión.

Ofelia se queda mirando a su jefa y se le ocurre una idea, la cual le había venido luego de escuchar la conversación que había tenido su jefa con la señorita Lina el día anterior.

—Señora, tengo una idea, pero…

—¿Pero?

—No sé si usted esté interesada en llevarla a cabo…

—¿Cuál?

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