Tras buscar la factura y el certificado de aquel costosísimo artículo, Marina y Ofelia salieron de casa, esperando no demorar mucho, pues debían ir a recoger a la pequeña Diana.
Marina por un momento se vio tentada a tomar las llaves del auto que según era suyo, pero no, no pudo, prefirió pedir un taxi de aplicación. Luego del accidente donde casi pierde la vida, se rehusaba por completo a tener que tomar el volante nuevamente.
—Señora, ¿no cree que sea muy arriesgado que nos vayamos en un taxi de aplicación?
. Ofelia, ¡claro que va a ser arriesgado! Más si vas gritando… ¡Ey! Llevo un reloj de un millón de pesos guardado en mi bolsillo… —dijo Marina mientras esperaban a que llegara el auto fuera de la gran mansión.
—Bue… Bueno, señora, es que jamás había visto una joya tan costosa como esa…
—¿Te soy honesta, Ofe?
—Sí, dígame…
—Yo tampoco, si me dijeras, yo lo veo y nunca me habría imaginado siquiera ahorrar para poder compararlo.
—Ya verá que con lo que nos den, podemos iniciar sin problemas el negocio de pasteles. La evo y no puedo creer que hace años no dominaba el campo de la cocina y ahora, ahora lo hace como los purititos ángeles.
—¡Exageras, Ofe! ¡Anda, vámonos! Ya llegó el auto y calladita, nada de mencionar lo que llevamos con nosotras.
—¡Está bien! ¡Está bien!
El camino pareció corto, pues en menos de lo que imaginaron, ya estaban en el interior de Berger Joyeros Masaryk. Todo ahí gritaba lujo y elegancia, todo ahí valía más de lo que ellas llevaban puesto juntas, todo ahí brillaba, todo menos ellas dos.
Marina dejó la caja sobre el mostrador con cuidado, como si aún importara. El dependiente, discreto, la observó con elegancia y profesionalismo.
—Buenas tardes, señora… ¿En qué puedo ayudarla?
—Quiero venderlo o devolverlo, lo que sea mejor para la compañía.
—¿Dijo devolver o vender? —preguntó el joven apenas abrió la caja.
El brillo del Rolex Day—Date se hizo presente y no pudo evitar captar la vista del hombre que sostenía la caja en sus manos.
—Es una pieza… importante. —dijo el joven evaluándola a simple vista.
—Lo sé. —Respondió Marina con un poco de nostalgia en la voz.
—¿Cuenta con factura?
—Sí. —comentó al momento en que sacaba los papeles de su bolso.
El dependiente los revisó meticulosamente, haciendo pausas un tanto largas entre algunas preguntas que se respondían en un sí o no.
—Señora Montemayor… ¿Correcto?
El apellido quedó suspendido.
—Este reloj fue adquirido aquí. ¿Verdad?
—Sí…
—Sin embargo… No fue registrado a su nombre.
Marina sostuvo su mirada, recordando el día que lo compró.
—Eso no cambia que me pertenezca. —dijo Marina mostrando el ticket de compra. —Mire, ahí está mi nombre y el número de mi tarjeta al hacer la compra.
El dependiente inclinó la cabeza.
—No, pero sí cambia el procedimiento.
El silencio se hizo presente en aquel sitio.
—Al tratarse de un cliente frecuente… —Continuó con cuidado—. Estamos obligados a notificar al comprador original antes de proceder con una recompra.
Marina no reaccionó de inmediato.
—¡Hágalo!
La respuesta fue firme.
—¿Desea establecer un precio?
—No.
El dependiente la miró, evaluando.
—Podríamos ofrecerle una estimación.
—No me interesa negociar. —dijo Marina, solo esperando que le dieran lo que fuera; no tenía nada y, si recuperaba algo, lo que fuera, por ella estaría bien. —Quiero salir de esto.
Con aquella frase, Marina alcanzó a decir más de lo que pretendía. El dependiente asintió lentamente.
—Entiendo. —dijo, recordando la noticia que sacudió al mundo de los negocios.
Tomó el reloj con guantes, lo giró bajo la luz.
—Tiene un leve rayón en la mica. —dijo el joven al evaluarlo ya con más detalle.
—No me di cuenta. —dijo Marina apretando el brazo de Ofelia.
—Es mínimo… pero afecta el valor.
Silencio.
—¿Cuánto?
—Aproximadamente ochocientos mil pesos en el mercado secundario.
Marina no parpadeó incrédula.
—¡Está bien! —dijo de inmediato, sabiendo que era algo que no rechazaría.
—Aun así, debemos esperar autorización.
—Entonces haga lo que tenga que hacer… —dijo Marina sin pensar bien a quién se referían.

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