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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 108

El día transcurrió rápidamente y, tal como la noche anterior, Efraín llegó a casa de Marina cuando todo el mundo ya se había ido a dormir.

En un principio, aquel hombre había comentado llegar a las 6:30 pm, pero ante la inesperada visita de su tío, tuvo que cancelar y enviar un mensaje avisando que llegaría más tarde.

Aquello, por un lado, le dio un respiro a Marina, pues no sabía cómo iba a explicar su presencia a su pequeña Diana y, por otro, el que Efraín pospusiera su visita la hizo sentir un poco extraña.

—Hola, ¿puedo pasar? —dijo el hombre mirándola con una seductora sonrisa y entregándole un pequeño chocolate comprado en alguna tienda cercana.

—Hola… —dijo ella sintiendo algo raro en la panza al recibir el chocolate. —Adelante, pasa… Tengo listo un delicioso pastel que quiero que pruebes.

En un acto que ella no vio venir, el hombre rodeó su cintura, la atrajo hacia él y la besó antes de siquiera salir de aquel pasillo de recibidor.

Aquel beso estaba cargado de hambre y sed de ella; cada beso de aquel hombre así se sentía, todos eran diferentes, cada uno más cargado de deseo.

Cuando por fin la soltó, ambos respiraban con dificultad; él la miraba con unos ojos llenos de deseo que, de no ser porque estaban en casa de ella, ya la estaría llevando a un lugar más apropiado para arrancarle todo lo que llevaba puesto.

—No… No sabes cuánto necesitaba algo así… Finalmente, soltó Efraín.

Marina, por su lado, estaba sin poder pronunciar palabra; ese hombre, en el tiempo que llevaban frecuentándose, siempre tenía la capacidad de dejarla así de desorientada.

—Efraín… —dijo Marina casi como una súplica.

—¿Qué sucede? —dijo él sonriendo con orgullo y caminando hacia la sala del recibidor. —Decías que tenías un pastel esperándome, ¿es mi recompensa por venir a estas horas a verte?

—¡Oye!

—¡Anda, cariño! Cuéntame, ¿cómo es eso de que tienes un millón de pesos?

Aquella naturalidad con la que Efraín volvía a la normalidad después de hacer lo que hacía, en ocasiones asombraba a Marina, quien no podía reaccionar de igual manera, pues sus mejillas estaban coloradas y su nerviosismo la delataba en el sudor de sus manos y temblor de sus piernas.

—¿Gu… ¿Gustas un poco de café?

—Hmm… He estado tomando café durante todo el día, pero, está bien… Creo que no he tomado uno preparado por ti. —dijo con amabilidad.

—Bien, ¡este seguro te va a gustar! —dijo ella sonriendo con orgullo.

—¿Por?

—Es como lo prepara la Sofí en el pueblo.

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