Capítulo 12: Vaivén de recuerdos
Rápidamente había pasado una semana y Marina seguía en terapia intensiva; muchas de sus heridas eran internas y no podían ser operadas, por lo que solo restaba esperar a que el cuerpo de la joven mujer mejorara y ella reaccionara.
Dante Montemayor había tratado por todos los medios que la noticia del accidente de su nuera no se volviera la comidilla de todos, pero había resultado imposible. Aquello había sido tan caótico que no se pudo ocultar; para fortuna de la familia, el conductor del auto contrario no había resultado herido y eso les había dado un respiro.
Florencia, la madre de Esteban, se le partía el corazón al pensar en la situación de Marina. Ella conocía a la chica desde niña y, aunque nunca lo decía, agradecía que su hijo no terminara casado con Lorena Huesca, pues esa chica nunca le había dado buena espina.
Aquella afligida mujer había decidido que, mientras Marina estuviese en el hospital, ella cuidaría de sus niñas. Sabía que, para su nuera, sus niñas eran lo más importante y no podía dejarlas solas, más cuando ellas se percataban de toda la terrible situación.
Diana no paraba de llorar buscando a su madre, insistía en que la llevarana verla, la necesitaba, necesitaba abrazarla y decirle lo mucho que la amaba, pero, aunque lo deseara con todas sus fuerzas, mientras estuviera en terapia intensiva, no se lo permitían.
Renata se mostraba ausente, no había lágrimas, parecía como si no le afectara; lo que sí era evidente era que ella insistía en que quería ir a ver su padre. ¿Cuál era el motivo? Solo ella lo conocía y no lo compartía ni con Diana.
Esta noche, Esteban se había quedadoa cuidar y espera a que Marina mostrara señales de querer despertar. Mientras lo hacía, no podía apartar la mirada del rostro de aquella joven mujer.
Durante la noche, al verla, se preguntaba qué era lo que pasaba por su mente, ya que, dejando de lado las heridas y todo lo que estaba sucediendo, se percataba de que el semblante de Marina lucía apacible y tranquilo, nada comparado con lo último que le tocó ver.
Marina, por su lado, ajena a lo que ocurría a su alrededor, se encontraba perdida en el vaivén de recuerdos que llegaban y se iban tan rápido como se presentaban.
—Marina, por favor, vamos a ver la tele, la película ya empezó. ¿Qué tanto haces ahí sentada? ¡Esto es muy aburrido! ¡Anda, Nina! ¿Sí? ¿Sí? —dijo Lina jalándola del suéter.
—¡Aguanta! ¡Aguanta! ¡Ya casi es hora! ¡Ya casi! — dijo Marina mientras observaba por la ventana.
—¿Para qué es hora? ¿Eh? ¡No entien...! ¡Ooohh!
¡Ya!—entendió la niña con sonrisa pícara. — ¡Esperas a que Esteban pase!, ¿verdad?
—¡Shhh! ¡Lina! ¡No lo grites!
—¿Por qué te gusta tanto Esteban? A mí no se me hace bonito... —dijo Lina, conflictuada.
—Pues a mí sí, él es un niño muy guapo, me gustaría tener su edad...
—Oye, pero... ¿Sabías que ya tiene novia?
Marina se volteó como si hubiese escuchado la peor noticia del mundo.
—¿Novia? ¿Cómo? ¿Cómo que novia? ¿Quién?
¿Quién es su novia?
—Lorena... No se lo digas a Pau, ella me contó que Lorena y Esteban andan a escondidas; ves que los papás de Lore no la dejan tener novio.


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