Tras un larguísimo evento, Marina finalmente, va camino a casa; siente que los ojos se le cierran y solo espera un baño caliente, quitarse aquellas altísimas zapatillas y el bello pero incómodo vestido de lentejuelas que logró conseguir de último momento.
El tema de Alessandro, le ha estado robando su concentración, por lo que olvidó por completo que esta semana, en específico, hoy, tenía un evento al cual tenía que asistir obligatoriamente y las reglas de etiqueta exigían ir de gala.
Sin nada más que hacer, tuvo que pedir al equipo de vestuario y utilería que le ayudaran a buscar algo que pudiera usar, lo que fuera.
La verdad era que no tenía ánimos para ser el centro de atención esa noche, pues, ya que lo recordaba bien, ella se había imaginado llegando del brazo de aquel médico atractivo, lo cual era una idea bastante absurda, pero en su cabeza sonaba muy bien en un principio.
Durante el evento pensaba que la mejor idea era quedarse en casa de Marina y por la madrugada conducir hasta su apartamento, pero, al final, no quiso despertar a su hermana; supuso que ella debía estar dormida, no quería molestarla, aunque tal vez si lo hubiese hecho, se hubiera topado con una tremenda sorpresa.
Cuando finalmente llegó al edificio donde se encontraba su apartamento, la joven mujer buscó su bolso para sacar la llave que le permitiera el acceso, pero por más que lo buscó, no lo encontró.
—¡MALDITA SEA, ADELINA! ¿DÓNDE CARAJOS TIENES LA PUTA CABEZA? —El cansancio la hizo regañarse a sí misma.
Lina se puso furiosa consigo misma al recordar que, en el minibolso que hacía juego con el vestido, no cabía más que el móvil y algo más pequeño, así que dejó todo en la oficina y salió corriendo al evento. Ahora tenía que bajarse del auto, ir a ver al vigilante y pedirle que le diera acceso al edificio y abriera su apartamento.
Cansada y adolorida de los pies, tuvo que bajar para ir a ver al vigilante, topándose con la sorpresa de que este, se encontraba dando su rondín.
—Adelina, Adelina, ¿podrías ser más idiota? ¿Es en serio, Adelina? ¿Cómo diablos se te olvida tu puta bolsa? —se repetía una y otra vez, sintiéndose estúpida por aquella situación.
La mujer estaba hambrienta, cansada y somnolienta; se sentía frustrada, pues estaba a escasos metros y a estas horas, era más que obvio que ningún vecino llegaría, al menos para que pudiera acceder al edificio.
Tratando de ver el lado bueno a las cosas, el cual no lo encontraba por ningún lado, decidió caminar hacia su auto nuevamente, mientras desquitaba su molestia pateando una piedra que encontró por el camino.
—¡Tranquila! ¡Vas a matar a alguien con esa piedra! —se escuchó la voz gruesa de alguien ya conocido.
Lina levantó la vista; estaba molesta, pero al verlo, sintió que la molestia comenzaba a subir a otro nivel.
—¿Qué demonios se supone que haces aquí? —preguntó casi usando una voz de ultratumba.
—¡Tranquila, cariño! Si no te conociera, pensaría que estás poseída por un espíritu.
Adelina no lo dice, pero ver que Alessandro está ahí, le ha asustado un poco, ya que estas no son horas para que él esté ahí, menos cuando se suponía que debía estar cubriendo un turno en el hospital.
—Te hice una pregunta, ¿qué demonios haces aquí? ¿Acaso no he sido muy clara contigo? ¿Qué? ¿Ahora te gusta que te trate mal? ¿Qué quieres, Alessandro Vélez?
—Definitivamente, tu molesta y ese bello vestido luces espectacular. Te ves linda cuando estás molesta, ¿lo sabías?
—No, Alessandro, no lo sabía, ya me lo dijiste, ahora… —dijo ella señalando la puerta de su auto que se encontraba bloqueada con el cuerpo de este. —¿Me permites? Debo subir a mi auto.
—Alessandro, ¿qué quieres? ¿Qué te trajo a las 2:00, casi 3:00 am? Mira, si vienes buscando sexo, definitivamente aquí no tendrás nada. Anda, ve con tu prometida o con alguna enfermera o alguna otra incauta; seguro no faltará quien sí quiera saciar esas necesidades.
Yo solo quiero un baño calientito, quiero quitarme este horroroso atuendo, estos cansados tacones, cenar algo porque muero de hambre y, luego de saciar mi apetito voraz, una cama suave y cómoda para dormir. No quiero tu compañía, así que, no pierdas tu tiempo conmigo. —dijo ella con una cara que mostraba que cada una de sus palabras había verdad lo que decía.
Alessandro, sin pensarlo dos veces, se separa un poco del auto, la carga y la lleva a su camioneta, que para ese momento ya está estacionada casi detrás del coche de la joven Adelina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)