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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 111

Florencia miraba el sobre que contenía los documentos que se presentarían el día de mañana en el juzgado.

Ella sabía perfectamente bien que, Dante Monetemayor no iba a llegar a ningún acuerdo. Dante no la dejaría ir tan fácilmente, lo sabía; él durante todo su matrimonio le había hecho saber cuánto odio le tenía, siempre solo había hecho saber, pero de eso a dejarla ir, eso no, eso jamás.

La mujer era consciente de que los días que venían no serían nada fáciles; estaba sola y, tan pronto como este documento se presentara, era obvio, sus hijos, sus hermanos y, seguramente, sería inevitable que las personas que los rodeaban harían lo mismo. Era cien por ciento seguro que todos dirían que ella estaría loca. ¿Cómo ella podría dejar a un hombre tan bueno y estable?

Toda la gente podría hablar maravillas del gran Dante Montemayor, pues esa era la imagen que todo el mundo tenía de él; solo ella y los más cercanos conocían la verdadera naturaleza destructiva del hombre. Incluso, ella misma, podría asegurar que solo ella era quien podía asegurar que seguramente era quien conocía su lado más oscuro.

Aún le costaba creer que sus manos estuvieran sosteniendo aquel documento; todo parecía ser demasiado fácil, demasiado rápido. No le cabía en la cabeza que, Dante Montemayor no estuviese haciendo escándalo; aquello no le producía ninguna calma, al contrario, aquello le daba muy mala espina.

Dante no era alguien que se dejase convencer muy fácil, por lo que le extrañaba que en todos estos días, el hombre no se hubiese presentado en aquel apartamento de su sobrino, quien, de igual modo, también la sorprendía, pues hasta donde recordaba, no era una de las personas más responsables que conocía, según palabras de su propia madre.

Lo que más le sorprendía de toda aquella situación y, a la vez, se le clavaba como espinita en el corazón, era que en tres días fuera de casa, ninguno de sus tres hijos, le había llamado o enviado algún mensaje siquiera para saludarle. Lo cual le mostraba que la vida seguía siendo la misma tal como siempre y que Dante no había hecho de su dominio los problemas que tenían.

Sin querer pensar más en lo que se le venía en el futuro, tomó todos los medicamentos que le habían recetado y luego fue a la cama; aquello la adormecía al grado de obligarla a cerrar los ojos y hacerla dormir hasta que los rayos del sol la despertaban.

Mientras aquello sucedía con aquella cansada mujer, Dante Montemayor, llegaba a la mansión que compartió con ella por 35 años, la cual permanecía fría y solitaria. El personal de servicio ya descansaba y solo el mayordomo había estado esperándole.

—Señor, ¿quiere cenar?

—No, estoy cansado, solo sírveme un trago y ve a descansar. ¿Habló alguien importante?

—No, señor, nadie.

—La señora, ¿regresó?

El mayordomo movió la cabeza en negación. Dante respiró pesadamente; el silencio se volvió incómodo. Tomó el trago que su mayordomo le llevó y caminó hacia su estudio.

—Ve a descansar… Ah, pero… Antes, quiero que despiertes a Mercedes; dile que la veo en mi estudio en 5 minutos.

—Sí, señor… —dijo el mayordomo temiendo que el hombre fuese a hacer algo en contra de la pobre mujer.

—Dime, ¿Dónde putas se metió? ¿Dónde carajos esta metida? ¿con quien anda cogiendo? Por que amenos que se la ande mamando a alguien, ella no podía pasar ni un puto día fuera de esta, esta, ¡SU CASA! Así que dime, ¿DÓNDE PUTAS ESTA?

—Señor, ya se lo dije, yo… Yo no sé de qué me está hablando, yo… Yo de verdad no tengo ni idea de qué cosas está diciendo, la… la señora; ella siempre ha sido una mujer de esta casa. Yo… yo nunca he escuchado na… nada… De… De verdad, créame.

El hombre se levantó de su silla, rodeó el escritorio y, sin miramientos, la tomó de su suéter y la acercó a él.

—Mira, Mercedes, más vale que Florencia aparezca, regrese a esta que es su casa, porque de verdad, ella no me conoce, no sabe de lo que soy capaz. De verdad, ruega, ruega porque no esté enredada con otro tipo, porque si lo está, yo mismo me encargaré del tipo y de ella.

Tú bien sabes que no miento, Mercedes; ella es mi mujer y la única manera en la que ella saldría de esta casa, es con los pies por delante, no como lo hizo. Yo estoy convencido de que tú la ayudaste y no me quieras ver la cara de idiota; sé perfecto que lo hiciste, así que más te vale que vayas haciendo memoria y le digas que regrese a casa.

Tras aquella advertencia, el hombre soltó la prenda de la anciana mujer y salió del estudio, sin mirar atrás, dejando ahí a la mujer con la cara pálida del susto.

Mercedes no había tenido noticias de Florencia, por lo que entendía que debía estar bien; si el señor Montemayor no tenía idea de dónde estaba y se encontraba férreamente convencido de que ella la estaba ayudando, quería decir que no tenía ni pistas de dónde estaba.

Sin más que hacer o decir, simplemente regreso a su habitación, rogó un rato por ella y porque fuese quien fuese que la estuviera ayudando, para que el señor Montemayor no pudiera hacerles daño, pues ella le conocía bien y sabía de todo lo que este hombre solía ser capaz.

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