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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 115

Lorena odiaba sentirse así, odiaba verse metida en este tipo de situaciones, odiaba este maldito día que no se cansaba de mostrarle lo evidente: había sido un tremendo error el volver a México y, sobre todo, había sido un maldito error, enredarse con Esteban Montemayor. Porque sí, había estado bien el sexo; por nostalgia había estado bien uno que otro encuentro, pero esto, esto definitivamente la superaba.

Sin saber qué más hacer, Lorena se puso a llorar y no pudo controlar más lo que su boca quería decir desde hacía varios días.

—Esteban, nuestra relación no está bien. Sí, olvidé ir por TU hija, pero no es mi maldita obligación, ni mi responsabilidad; eso le corresponde a su maldita madre. Yo soy tu mujer, pero eso no me obliga ahora a volverme su “nueva mamita”.

Perdona, pero si Renta me ve como su madre, no es mi problema; ella ya tiene una madre y no pienso competir contra ello. Además, tú no te das cuenta, pero desde hace días me has estado tratando mal; yo merezco más, yo merezco una buena vida…

En Nueva York, los hombres me trataban como una reina; hasta tú, cada que te inventabas una puta excusa de ir a ver a Ángel, me tratabas como si fuese lo más valioso del mundo. Yo te pregunto: ¿qué demonios cambió ¿Por qué ya no me tratas igual? ¿Por qué ahora me miras como si fuese parte de un objeto más de esta casa? ¿Qué ha cambiado? ¿Eh? —dijo la mujer sintiéndose valiente bajo los efectos del alcohol.

Tras escuchar aquello, Esteban entendió una cosa: Lorena, definitivamente, ya no era la mujer de la que se había enamorado perdidamente hacía muchos años atrás. Ella ya no era la chica que se quería comer el mundo entero, ella ya no era la jovencita que tenía como mayor sueño subirse a un avión y volar a un destino incierto; eso le dolió, claro que le dolió, pues chocaba completamente con lo que en un momento imaginó.

Por dentro se maldijo, pues lo supo incluso desde los días que se fueron a Hawái, lo supo desde que vio cómo ella disfrutaba de ver cómo otros hombres admiraban su bien formado y contorneado cuerpo apenas cubierto bajo ese diminuto bikini de color llamativo que solía usar cada día.

Sí la comparaba con Marina; ella, de las pocas veces que llegó a llevarla a alguna playa y ni siquiera paradisíaca, ella no solía ser así, ella solía disfrutar más de su compañía, ella disfrutaba más de ser su centro de atención; él era su centro de atención y nada más.

Esteban, al escuchar aquello y entenderlo, bien podría haber reaccionado violentamente; sí, ese fue su primer instinto, estuvo a nada de perder la cabeza y abofetearla, puesto que bien sentía cómo la bilis subía de su estómago a la garganta.

Él había cambiado toda su vida por ella, él había perdido todo: su puesto, su familia, su estabilidad, su credibilidad, el orden en su vida. ¿Cómo demonios había sido tan puto ciego?

Ahora que la miraba sin la venda de la nostalgia puesta, se daba cuenta de que, Lorena no era nada, no era nadie; el que ella lo hubiese abandonado antes de casarse había sido una bendición que no supo cómo aprovechar. ¿Cómo demonios supuso que ella podía ser mejor que Marina? ¿Cómo?

Marina era su mujer, sí, ella sí era su mujer. Ella lo había amado por 20 años; ella se lo había dicho, ella lo había amado desde que tenía 7 años.

Incluso hoy mismo, él se había enterado de que, no sabía cómo lo había hecho, pero, Marina había ahorrado un millón de pesos, solo para comprarle un maldito reloj que él siempre buscaba por la nostalgia que representaba.

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