En el caso de Esteban, el hombre había terminado en el bar que acostumbraba visitar para cerrar tratos de negocios. Al sentirse ya entrado en tragos, no quiso molestar a Paco, su chofer y escolta, así que prefirió hablarle a su mejor amigo.
Armando fue despertado a las tres de la mañana, llevándose tremendo susto al escuchar la voz ronca y un poco perdida de Esteban.
—¿Esteban? —¿Dónde estás? —dijo el amigo preocupado.
—Estoy donde siempre. ¡Ven por mí! No quiero que Paco me vea así… —ordenó Esteban apenas pudiendo sostener el móvil.
Luego de aquellas pocas palabras, terminó la llamada. Sabía que Armando llegaría por él, sabía que haría pocas preguntas.
Armando y él eran amigos prácticamente desde que tenían pañales; sus padres eran muy buenos amigos y, por ende, ellos también eran amigos.
Él sabía de su relación con Lorena prácticamente desde el día uno; él fue el único que supo la verdad de todo lo ocurrido hace más de nueve años; eso ni su propio padre lo sabía.
Armando fue el único que había sido capaz de decirle varias verdades, pero él había decidido ignorarlas. Actualmente, tras seis meses viviendo con el supuesto “amor de su vida”, aquellas verdades no podían dejar de ser más ciertas.
Esteban Montemayor no solo era el exCEO del grupo Montemayor, no solo era el hijo de Dante Montemayor, no solo era uno de los hombres más ricos de México. Esteban Montemayor era un ser humano como todos; cometía errores, hacía cosas buenas y malas, creía en su verdad, tal como todos.
Él era humano tal como todos; fluía sangre por sus venas, sangre roja tal como todos. El hombre no tenía nada extraordinario y hoy, hoy le tocaba enfrentarse a su realidad; tras 7 meses separado de su esposa, le tocaba verse solo en un bar, ahogando los recuerdos de una mujer que había idealizado desde los 14 años.
Lorena ya no era la jovencita de la que él se enamoró en secundaria, ya no era la jovencita de coleta que solía escuchar sus historias de la ciudad como si fuesen algo extraordinario, como si fuesen vivencias de un mundo lejano desconocido, ya no era la jovencita con sueños grandes para ella que, para él, le resultaban tan pequeños y fáciles de cumplir.
La mujer que ahora tenía viviendo con él en el penthouse era alguien que quería más y más; no lo decía abiertamente, pero esa era la realidad.
La mujer que había regresado de Nueva York ya no era la jovencita que se fue con él hace varios años a estudiar la universidad, o tal vez sí, pero ahora ya no fingía ser alguien que no era.
Aquello le dolía, porque independientemente de lo que pudiera decirse a sí mismo, él la quería, sí, claro que la quería, pero él quería a la jovencita que soñaba con subirse a un avión que la llevase a cualquier lugar. Él quería a la jovencita que soñaba con conocer el mundo, con conocer Hawái, París, Italia y muchos otros lugares más.
La Lorena de la que él se había enamorado no era la típica chica que le gustaba atraer la atención de los demás jovencitos; no, ella no era así. Ella era una chica bella, claro, como todas, pero ella estaba dedicada a él; sus ojos solo estaban puestos en él, su atención solo era para él, sus labios solo eran para él e incluso su primera vez fue para él.
¡Dios! Aún recordaba aquel momento con nostalgia, lo guardaba con recelo, con la belleza del momento, pues eso había significado todo, había significado que ella sería la mujer con la que pasaría toda su vida.
El que ella y él se dieran su primera vez, había significado que ellos se pertenecerían para toda la vida, ellos traerían hijos a este mundo hechos con amor, vivirían juntos, los verían crecer, caminarían juntos, envejecerían juntos, la vida no podría ser más bella.
—¡Ja! ¡Esos sí que eran sueños estúpidos! —se dijo así mismo en voz alta.
—¿Qué son sueños estúpidos? —preguntó Armando llegando al bar en pijama.
—¡Te ves ridículo vestido así! ¿Que no podías ponerte algo decente para venir?
—Me levantas de la cama a las 3:30 am, ¿crees que estoy de humor para querer ponerme algo decente? ¡Anda! ¡Vamos a casa!
—¡No! Tómate un trago conmigo…
—Ya estás lo suficientemente alcoholizado, creo que has tomado por los dos; además, se supone que vengo por ti, no a embrutecerme, es martes, no tomo entre semana…
—Anda, solo un trago y nos vamos…
—¿Solo uno?
—Sí…
—¿Tú que te traes? Me preocupas, ¿Qué sucede? ¿Quién te tiene así?
—Lorena
—¡Dios! ¿Ahora qué le hizo Marina?
—Nada… Nada… —dijo Esteban negando con la cabeza y poniendo cara de resignación; luego le hizo una señal al mesero.
—¿Qué necesitas? —preguntó Armando curioso, pues no había aceptado tomar un trago.
—Quiero que ponga una canción… —dijo Esteban con calma.
Aquello sorprendió a Armando; su amigo definitivamente estaba mal; él no era alguien que pidiera canciones de cantina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)