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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 119

Luego de escuchar lo que dijo su amigo, Armando reaccionó y dijo:

—¿Crees que aún tenga en la cabeza a Marina? Digo, conocemos a Ángel, no es un tipo que ande con una sola mujer… Todo el mundo sabe que no es alguien de fiar; Marina sería una tonta si cae en sus garras.

—Marina no lo conoce tan bien como nosotros, ¿recuerdas que llevaba años sin venir a México? El maldito tiene labia, ¿tú crees que no sería capaz de meterse con ella solo por joderme?

—Bueno, Esteban, amigo, tú fuiste el primero que se metió con ella y bien sabías que a tu primo le gustaba tu exmujer.

—Sí, pero ¿sabes cuál hubiera sido el resultado de aquello? ¿Verdad?

—¿Qué? ¿La hubiera usado y desechado?

—Aunque suene mal, sí, él no era alguien que se quedara con alguien como Marina.

—Hmm, la verdad, ya viendo las cosas con frialdad, a pesar de que no soy partidario de tu exmujer y que la considero una mujer estúpida, pobre, de los dos, no hay ni a quién irle, de verdad, no hay ni a quién irle. —Armando hizo énfasis en esas pocas palabras.

—¿Qué cosas dices? ¡Yo siempre la cuidé ¡Yo no soy un monstruo como Ángel!

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Estoy completamente seguro de que, de ser por Ángel, él hubiese enamorado a Marina, la hubiera usado hasta aburrirse y luego se hubiera ido del pueblo sin volver nunca más. ¿Cuántas mujeres no han pasado por él? Tú lo sabes bien…

—Tal vez con Marina era diferente…

—No, no lo creo, Ángel no sería buena persona por nadie, créeme, ese nunca sería bueno por nadie; quedó traumado con el divorcio de sus padres.

—Bueno, pero nos estamos desviando del tema, ¿qué vas a hacer ahora?

—¿Con qué? —preguntó Esteban con duda.

—Con Lorena, claro.

—Le di una semana para irse de la casa. —dijo Esteban sin pensarlo más.

—¿Y luego? ¿Estás seguro?

—Sí, créeme, eso lo supe desde que estuvimos en Hawái, pero no dije nada. Ahora lo tengo claro: ella nunca, nunca, créeme, nunca será exclusiva para mí; ella solo quiere lo que yo le pueda dar.

El día que no pueda darle una buena vida, o la vida que ella cree que se merece, me va a cambiar. ¿Sabes qué me dijo? Que ella no fue criada para ser criada.

—Sí me lo dijiste hace un momento… —dijo Armando tomando un trago de su bebida.

—¡Por Dios! No sabes lo ridícula que me sonó. Ella nació en una familia humilde; yo me enamoré de ella porque la veía inocente, soñadora; en ese entonces, no estaba hambrienta de dinero o posición.

—Bueno, seguro que lo que vio cuando eran estudiantes le gustó y no quiere volver a lo que era antes; no puedes culparla por eso. Tú, mientras estuvieron en la universidad, le mostraste una vida llena de lujos y dinero; tú pagabas todos sus gastos como si ya fueran esposos.

—¡Es que prácticamente ya lo éramos!

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