Tan pronto como la Ciudad de México se cubrió con los primeros rayos del sol, Dante Montemayor bajó las escaleras; ya alistado para ir a la oficina del Grupo Montemayor, se dirigió al comedor, donde suponía que ya debía estar listo su desayuno.
Al entrar al comedor, se topó con una presencia que no esperaba: su pequeña nieta, Renata Montemayor, ya estaba alistada para el colegio, bien peinada y sentada desayunando en el comedor.
El hombre, al momento, puso cara de pocos amigos; no entendía nada de su presencia.
—Renata, hija, ¿qué haces aquí?
—¡Hola, abuelito! Mi padre me trajo anoche aquí; espero no molestarte. —dijo la niña tímidamente.
Renata podía ser muy extrovertida y a la vez engreída, pero delante de Dante Montemayor, todo aquello desaparecía.
—¡Mercedes! ¡Mercedes! —llamó Dante con urgencia al ama de llaves.
—Señor, señor, ¿qué ocurre? —preguntó la mujer llegando casi corriendo, pensando en que la niña había hecho algo malo o algo que lo había hecho molestar.
—¿Me puedes explicar la presencia de mi nieta en mi casa? —exigió el hombre con propiedad, solo por la presencia de la menor.
—El… El joven Montemayor vino anoche y trajo a la niña; él me pidió avisarle a la señora Florencia, pero como la señora se encuentra indispuesta, yo la alisté.
Dante entendió que Mercedes no le había mencionado nada a su hijo, ni a su nieta, sobre la situación actual en casa; aquello parecía bastante conveniente, por un lado, pues bien podría usar a la menor para hacer volver a su mujer a casa.
—Bien, ahora trae mi café, debo salir a la oficina ya mismo.
—¡Sí, señor!
—¡Renata, desayuna! —dijo Dante casi como si se tratase de una orden.
—Sí, abuelito. —dijo la menor sin verle a la cara.
Florencia no sabe qué pensar, no sabe cómo es que Esteban terminó con Renata, pero entiende que es un acuerdo entre su hijo y Marina. Saber que solo estará una semana le quita un poco el peso, pero no quiere decir que no se sienta angustiada.
—¡Está bien, Merchi! ¡Cuida de mi niña, por favor! Ayúdala en lo que puedas y tenle mucha paciencia. Renata es un tanto especial, pero no es mala… —dijo Florencia, conociendo lo especial que resultaba ser aquella gemela.
—¡No se preocupe, señora! ¡Cuídese!
Tras terminar la llamada, Florencia se sintió un poco más relajada, pero nada le quitaba una extraña sensación con la que había despertado.
De no ser por todo lo ocurrido hace pocos días, ella tomaría sus cosas y regresaría a esa casa. Ella lo haría solo por sus nietas; ella no podía confiar en Dante, pero no, esta vez, no, no podía, no debía.
Los recuerdos de lo último que había vivido no la dejaban tranquila; incluso le provocaban escalofríos. Lo que desconocía era que aquella simple llamada a Mercedes había servido para que Dante pudiera rastrear su ubicación, quien no esperó ni un segundo para ir en su búsqueda.
Dante Montemayor no podía dejar que su mujer lo dejara; menos podía permitirle interponer la demanda de divorcio. Ellos ya habían compartido una vida por 35 años; ¿cómo a estas alturas ella vendría a decidir por ambos? ¡Ella no iba a decidir! ¡Ella era y siempre sería su mujer!

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