Tan pronto como la Ciudad de México se cubrió con los primeros rayos del sol, Dante Montemayor bajó las escaleras; ya alistado para ir a la oficina del Grupo Montemayor, se dirigió al comedor, donde suponía que ya debía estar listo su desayuno.
Al entrar al comedor, se topó con una presencia que no esperaba: su pequeña nieta, Renata Montemayor, ya estaba alistada para el colegio, bien peinada y sentada desayunando en el comedor.
El hombre, al momento, puso cara de pocos amigos; no entendía nada de su presencia.
—Renata, hija, ¿qué haces aquí?
—¡Hola, abuelito! Mi padre me trajo anoche aquí; espero no molestarte. —dijo la niña tímidamente.
Renata podía ser muy extrovertida y a la vez engreída, pero delante de Dante Montemayor, todo aquello desaparecía.
—¡Mercedes! ¡Mercedes! —llamó Dante con urgencia al ama de llaves.
—Señor, señor, ¿qué ocurre? —preguntó la mujer llegando casi corriendo, pensando en que la niña había hecho algo malo o algo que lo había hecho molestar.
—¿Me puedes explicar la presencia de mi nieta en mi casa? —exigió el hombre con propiedad, solo por la presencia de la menor.
—El… El joven Montemayor vino anoche y trajo a la niña; él me pidió avisarle a la señora Florencia, pero como la señora se encuentra indispuesta, yo la alisté.
Dante entendió que Mercedes no le había mencionado nada a su hijo, ni a su nieta, sobre la situación actual en casa; aquello parecía bastante conveniente, por un lado, pues bien podría usar a la menor para hacer volver a su mujer a casa.
—Bien, ahora trae mi café, debo salir a la oficina ya mismo.
—¡Sí, señor!
—¡Renata, desayuna! —dijo Dante casi como si se tratase de una orden.
—Sí, abuelito. —dijo la menor sin verle a la cara.

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