Capítulo 13: ¡El hijo perfecto por fin se equivocó!
En uno de los edificios más altos de Nueva York, muy lejos de la Ciudad de México, Lucrecia Montemayor miraba la taza de café que se había preparado desde que llegó. Su mente se encontraba enfocada en la conversación que acababa de tener con su hermano.
—Hermosa, ¿qué tienes? No has probado tu café y, para estas horas, ya deberías ir por la tercera taza.
¿Alguien murió?
—¡Ojalá que no! ¡Estoy preocupada! —expresó la mujer observando a aquel atractivo hombre que había entrado a su oficina.
—Hmm... A ver, soy todo oídos, cuéntame, ¿qué te perturba? ¿Alguna mala noticia?
—Tu tío me habló...
—¿Cuál de todos?
—¿Cómo cuál? ¡Dante! ¡Dante Montemayor!
—Hmm... ¿Qué le preocupa a mi queridísimo tío?
—Esteban...
—¿Esteban? ¿El hijo perfecto? —exclamó el hombre sonriendo burlonamente.
—Efraín Forcelledo Montemayor... ¡Esto es serio!
—Bueno, bueno, no me voy a burlar, ¿qué pasa con mi queridísimo primo? ¿Está enfermo?
—Hijo, tú no tienes remedio... Hablo en serio...
—¡Yo también! ¿Qué le puede sucedera ese hombre? ¡Tiene la vida perfecta! ¿Será acaso que tenerlo todo no lo hace feliz? —expresó Efraín sarcásticamente.
—Lorena regresó...
—Hmm... ¿Y? ¿Qué con eso?
—¡Efraín, hablo en serio! —replicó Lucrecia con preocupación. —Lorena Huesca, la mujerzuela esa con la que anduvo por muchos años, regresó a México y, ¿qué crees que hizo tu queridísimo primo?
—¿No me digas que...? ¡Tuvo ella el descaro de buscarlo!
—Pues no solo te lo digo, te lo confirmo...
—Hmm... Seguro la mandó al demonio...
Conociendo el carácter de Esteban, seguro que lo hizo, ¿verdad?
Lucrecia se quedó callada por largo rato; aquel silencio confirmó todo lo contrario.
—¿No se supone que Esteban está casado? — preguntó Efraín sintiendo algo raro en su interior.
—¡Ese es el problema! Tu tío Dante está muy preocupado; tú sabes que Esteban y él son muy cercanos. No necesito decirte qué es lo que está pasando, ¿verdad?
—Explícate, porque no estoy entendiendo el motivo de tu preocupación.
—Tu tío me contactó, prácticamente en las oficinas de México; aquello es un secreto que se corre a voces. Esteban le pidió el divorcio a su esposa, luego de que Lorena regresó.
—¡Wow! ¡El hijo perfecto por fin se equivocó! — pensó Efraín en voz alta.
—¡Aún no festejes! ¿Sabes qué me pidió tu tío?
—No, ni idea, y ni pienses en meterte en líos ajenos.
—Los accionistas se han enterado de la situación; tu tío ha negado todo, pero no puede tapar el sol con un dedo; menos cuando la esposa de Esteban está grave en el hospital.
Al escuchar aquello, Efraín puso más atención.
—¿Cómo dijiste? ¿Qué sucedió?
—Desconozco, solo me dio ligeras pinceladas.
—¡Pobre mujer! ¿Qué dicen las niñas?
—Dante no me dio grandes detalles, solo me dijo que su nuera está grave en el hospital; al parecer tuvo un fuerte accidente automovilístico. De las niñas ni me habló.
—Bueno, madre, lo que está ocurriendo es algo que todos ya sabíamos que iba a suceder.
—¿Cómo?
—¡Ay, madre! ¿De verdad? Todos, cuando supimos que Esteban se iba a casar con alguien que no era Lorena, sabíamos que aquello no iba a durar. Ahí la única pregunta en el aire era: ¿Cuánto iba a durar?
Lucrecia observó a su hijo, tomó aire y lo dejó salir.
—Tu tío quiere que lo ayudes...
—¿En qué? Tiene años que no piso México...
—No seas mentiroso, tus últimas vacaciones las pasaste en Los Cabos...
—Bueno, pero no es lo mismo ir a la Ciudad de México.
—Efraín, hablo en serio, tu tío quiere que vayas a México... Quiere que lo ayudes con la dirección del grupo.
—¡No! ¡Ni lo sueñes! Además, ¿en qué podría ayudarle? Soy del sector financiero, no administrativo; el que se preparó para ello es Esteban, su querido hijo. Lo mío, lo mío, es el dinero; eso de administrar y sentarme por horas a discutir de la producción, los clientes, atrasos y esas cosas, no es lo mio. ¿Cómo se le ocurre tal locura a mi tío?


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