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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 123

Lejos de todos los dramas que se desarrollaban en una mañana cualquiera en la Ciudad de México, en el pueblo, Paulina miraba a través de la ventana. Al hacerlo, se pierde en los recuerdos de su infancia, aquella que no supo en qué momento sucedió, puesto que se fue entre clases extra, cursos de inglés, matemáticas y oratoria.

Por un momento, se quedó observando a los niños que iban pasando frente a la casa; eso le recordó que, estaba por regresar a Vancouver y que, tal como sucedía cada que venía de visita, no había podido arreglar las cosas con sus hermanas como lo había planeado.

Siempre que se disponía a viajar de Vancouver a México, se decía lo mismo: "Ahora sí, me tomaré un día, las invitaré a desayunar, comer o cenar, tendré una plática con ellas y arreglaré las cosas del pasado", pero, tal como siempre sucedía, su madre acaparaba todo el tiempo que ella estaba en el país y terminaba regresando sin poder cumplir algo de lo imaginado.

De cierto modo y aunque no lo diga abiertamente, ella envidia la cercanía que existe entre Marina y Adelina, pues ellas, desde niñas, siempre han sido muy unidas, siempre se han buscado y se han tenido la una a la otra, mientras ella, a pesar de que se ve fuerte y empoderada, se siente sola.

Paulina siempre asumió el papel de hermana mayor, de la primera hija, de la primogénita, de la hija más parecida a mamá, de la hija en la que Eugenia puso todas sus expectativas, mientras que Marina y Adelina crecieron sin ser vistas o al menos no fueron vistas de la misma manera.

Ella cree que sus hermanas, que crecieron bajo la lupa de su madre, quien constantemente esperaba lo mejor de ella, no crecieron sabiendo que irían a las mejores escuelas, estudiarían la mejor carrera, asegurarían un futuro perfecto y, sí, sí lo cumplió, claro que lo cumplió y lo agradecía, pero, ahora que tenía todo eso y volteaba hacia atrás, se preguntaba: ¿Qué tenía de verdad? ¿Qué de todo eso de verdad era suyo y no de su madre?

Esas dudas en ocasiones la hacían pensar que toda su vida no le pertenecía; más bien, y aunque no lo quería ni pensar o más bien, admitir, era como si su madre hubiese vivido a través de ella.

Actualmente, Paulina Salas era directora de Ventas en una empresa transnacional en Vancouver; aquel lugar le daba todo: excelente posición laboral, aunque muchos compañeros cuestionaban su puesto más por su belleza; le pagaban un sueldo que envidiaba todo el mundo; podía viajar a donde quisiera y cuando quisiera o pudiera; su vida era pagada por la compañía; ella no debía preocuparse por absolutamente nada.

En el terreno familiar, bien podría decirse que, era la adoración de sus padres; casi, casi, le ponían un altar por lo buena hija que les había resultado ser, pero, eso solo aplicaba a sus padres, no a sus hermanas.

Aunque, ya en casa, en la soledad de su hogar, siendo completamente honesta, no tenía a nadie. Ella sabía que nadie se le acercaba con honestidad; sus colegas la mal miraban o envidiaban, creían que estaba donde estaba por su belleza y no por inteligencia, cosa que no había sido así; solo ella conocía el esfuerzo y empeño que había puesto para llegar hasta donde estaba.

Como mujer, bien no podría considerarse tan joven, pero tampoco era tan mayor; estaba por cumplir 35 años y el tiempo seguía avanzando. No tenía novio, no tenía prospectos, no tenía hijos por “error” ni eso le había bendecido el Señor; tenía todo lo material: casa, dinero, auto, trabajo… Pero nada de eso, llenaba lo que sentía que aún le faltaba, nada de eso llenaba el hueco que sentía que por ahí había.

Honestamente, envidiaba a Marina, sí y mucho, no podría negarlo; ella se había casado joven, pero al hacerlo, ella ya contaba con dos preciosas hijas, ya tenía un matrimonio que… Bueno, ahora no atravesaba su mejor momento, pero que al final ya era una vida en pareja, una que ella no sabía ni cómo era.

Paulina no lo gritaba a los cuatro vientos, pero deseaba en lo más profundo de su corazón tener un varón; no quería más niñas, ya habían sido muchas niñas, ella quería un niño, quería ser madre, quería ver qué se sentía el que un ser nuevo creciera dentro de ella, qué se sentía que ese ser te dijera mamá. Ella quería experimentar todas aquellas primeras veces, pero para eso no era buena.

Aquella joven mujer no tenía alguna relación amorosa a largo plazo y sus encuentros casuales jamás habían resultado en algún error o fallo en el preservativo.

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