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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 125

Con la salida del sol parecía ser que este día estaría lleno de emociones fuertes para todo el mundo y, aquello no excluiría a Lorena Huesca, quien a regañadientes despertaba con un fuerte que decía fuerte, terrible dolor de cabeza, cuerpo y huesos.

Tras la ducha fría a la que la había metido Esteban y la fuerte discusión con este, ella, apenas se había podido poner una camisa y, como pudo, se desplazó a la cama para luego quedarse completamente dormida.

En el cuerpo de Lorena aún podían sentirse los estragos de la borrachera que se había puesto; no recordaba bien lo que había sucedido, solo sabía que no había sido nada bueno.

Tras abrir los ojos y sentir las fuertes punzadas de su cabeza, como pudo, sacó su adolorido cuerpo de la cama y caminó al baño; se dio una ducha mientras trataba de enfocar su mente a los flashes de recuerdos que iban y venían.

Si debía ser honesta consigo misma, sentía que había un hueco entre el mediodía y la noche de ayer; la mirada fría que Esteban le había lanzado al irse le decía que había ocurrido algo, algo que por más que intentaba, no lograba recordar.

Lorena era consciente de que había hecho y dicho cosas, pero no recordaba bien, ¿qué? Al salir de la ducha, rápidamente se puso algo de ropa, encendió la cafetera, se sirvió café y, mientras tomaba este en la terraza con maravillosa vista a la ciudad, trató de hacer memoria de lo sucedido.

Tras unos cuantos tragos, los flashes fueron más continuos; algunos se cortaron, otros son, pero esos pocos casi provocan que ella deje caer la taza y se rompa en pedazos, pues al instante el pánico la invadió.

La sentencia de Esteban fue lo que la hizo levantarse de golpe de la silla donde estaba sentada.

—Te doy una semana para que salgas de este cuchitril. Una semana, Lorena; luego de ello, no quiero volver a ver tu cara, no quiero toparme con ninguna de tus cosas en este lugar…

Recordó Lorena todas o, al menos, casi todas las palabras que había dicho aquel hombre mientras la miraba con nada más que asco y desprecio.

—¡NO! ¡No, no ahora! —dijo ella en voz alta.

En su mente ella pensaba que eso no podía terminarse así de fácil. ¿Cómo iba a terminarse? Esteban Montemayor era su único salvavidas; no, él no podía terminar la relación. No, no, definitivamente, él no podía terminar la relación; si él la terminaba, ella no tenía ningún lugar a donde ir.

Con aquello en mente, rápidamente tomó las llaves de su camioneta, salió del penthouse para ir a buscarlo de ser necesario hasta la oficina.

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