Luego de la larga plática con Efraín, Marina se la pasó casi toda la noche pensando en cómo iba a explicarle a sus hijas que vendería la casa en donde ellas habían crecido, puesto que, sí, efectivamente, ella no era feliz en ese lugar, pero, sus hijas habían crecido ahí; seguro que tenían muy buenos recuerdos de aquel lugar llamado hogar.
Por más que se devanó los sesos, no encontró las palabras correctas; sabía que, tal como siempre, Diana podría ser la que comprendiera mejor y más rápido la situación, pero, en el caso de Renta, ahí la cosa se podría complicar a escalas muy altas.
Diana podría ser que tomara las cosas al principio con un poco de molestia, tristeza y decepción, pero sabía que si le explicaba cómo se sentía ella en ese lugar, claro, sin ahondar mucho en los detalles, su hija lo entendería y aceptaría su decisión.
Renata, por el contrario, ella, últimamente se oponía a todo lo que ella proponía; sabía que no iba a tomar nada bien las cosas. Lo que la llevó incluso a pensar en hacer todo y avisar hasta que ya todo estuviera hecho, pero, sabía bien que hacer aquello podría solo complicar las cosas.
Con aquello en mente, decidió que al mal paso darle prisa, así que, saliendo del colegio, llevaría a Diana a comprar un helado de vainilla y le explicaría todo lo que ocurriría en los próximos días.
Marina estaba completamente convencida de que su niña, su querida Diana, ya era una niña grande y, como tal, podía hablar de ciertos temas con ella y esta, a su vez, bien los podía entender, claro, usando términos que su hija entendiera.
Luego de entregarla en el colegio, se topó con quien menos se hubiera imaginado y, más, vivió un momento que tampoco se hubiese esperado.
Esteban Montemayor, su exmarido, estaba ahí; el siempre impecable e implacable hombre de negocios, hoy lucía pálido, ojeroso y, sí, para completar, sin ilusiones. Ella no podía negar que, por un momento, se preocupó, pues el hombre no se notaba nada bien; incluso podría decir que se notaba como enfermo.
Esteban, por su lado, se había percatado de Marina; él intentaba salir del shock en el que se había quedado después de que Renata lo abofeteara frente a todos, cuando notó la presencia de Marina, a quien rogaba que no se hubiese dado cuenta de la escena.
Afortunadamente, parecía ser que no; efectivamente, todo apuntaba a que Marina, no se había percatado de la escena; se notaba que ella también iba en su mundo.
Luego de eso, Esteban, evidentemente, no pudo apartar la mirada de aquella bella y joven mujer, porque sí, ahora, con unos días después de salir del hospital y sin verla, se percataba de que esta lucía realmente diferente a la última vez.
Él, sin pensarlo dos veces, se acercó a Marina; seguía siendo imponentemente alto, era obvio, no podría encogerse aun estando enfermo o con resaca, tal como Marina lo notó.
Aquella acción llamó un poco la atención en Marina y la sorprendió, pues hasta donde ella recordaba, su exmarido ya no hallaba forma de librarse de ella y ahora, por su propio pie, se acercaba a ella.
Eso sí que era extraño; también se percató de algo, algo que era muy, pero muy importante: el verlo, el saberlo cerca, ya no le causaba ese mismo cosquilleo en la panza que hace más de medio año o al menos no del mismo grado.
—¡Hola, Marina! ¿Cómo está nuestra hija? ¿Cómo está mi Diana? —preguntó el hombre, usando a la hija como pretexto para cruzar palabra con aquella mujer.

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