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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 127

Mientras todas las personas comienzan a mover sus vidas o a reaccionar a las acciones de sus decisiones, la vida de Florencia no se queda atrás.

Aquella mujer sabe que no será fácil, pero que no debe temer, pues Soraya le ha explicado que tiene todo a su favor para ganar; además, lo único que ella está solicitando es el divorcio y nada más.

Florencia lo tiene claro y sabe que los abogados de Dante también; estos a su vez ya le han explicado a su cliente, pero él pareciera ser que es necio, sordo y ciego hasta el cansancio; piensa que por tener conexiones con gente del gobierno puede echar por tierra cualquier esfuerzo que ella quisiera hacerle.

Florencia estaba lista esperando a que Soraya llegara para que fuesen al juzgado, por lo que cuando escucha que alguien llama a la puerta, sin dudar va a atender la puerta.

Al abrir la puerta, se topa con la presencia de la persona que menos se hubiese imaginado en ese momento. Inmediatamente reacciona e intenta cerrar la puerta, pero evidentemente no puede; ella sabía que había escoltas cuidándole, pero pareciera ser que estos han desaparecido.

Dante Montemayor entra al apartamento con la seguridad propia del hombre, observa todo y luego dirige su fría mirada hacia ella. Florencia siente un escalofrío recorrer todo su cuerpo, recuerda lo que sucedió la última vez y comienza a entrar en pánico, pues si eso fue el resultado de haberse topado de frente con su amante, ¿qué no podría hacerle ahora que prácticamente lo había abandonado?

—Florencia, necesitamos hablar, no quiero que esto se salga de control, debemos hablar. —dijo con un tono de voz que no sabía cómo descifrar.

—Tú… Tú y yo, no… No tenemos nada de qué hablar… Dante, vete, por favor, no estás en tu casa. Es… Esto no es algo que te pertenezca, este es un lugar seguro… Tú… Tú no deberías estar aquí, ¿sabes bien que si me haces algo puedes incurrir en un delito? ¡Vete, por favor! —exigió Florencia tratando de mostrar algo de control. —Ya… Ya no te metas en más problemas… Por favor…

—Florencia, ¿piensas tirar a la basura 35 años de matrimonio? —expresó Dante con molestia. —Dime, ¿has pensado en nuestros hijos? ¿Has pensado en qué van a decir?

—¡Ellos ya son adultos! —¡Ellos ni siquiera saben el infierno que vivo contigo! —dijo Florencia levantando un poco el tono de su voz, aunque este se escuchaba un poco temeroso. —¡Tú nunca me has querido! ¡Dios! ¡Dante, date cuenta! ¡Te estoy dejando en libertad! Te estoy dando el espacio para que te vayas con esa mujer… ¡Ella es joven! Tú podrás rehacer tu vida, yo podré seguir con mi vida; no te estoy pidiendo nada, déjame ir, por favor...

—¡Jamás! Ahora mismo te vas a ir conmigo... —dijo Dante dando un paso al frente dispuesto a tomarla en ese momento y no soltarla hasta sacarla de ese lugar. —Este no es un lugar para que tú vivas, ¡eres una Montemayor! ¿Por qué demonios crees que te dejaría por una escuincla tan inferior como esa? ¿Por qué te pones en ese nivel? Tú te has ganado el puesto, ella solo es un pasatiempo, ¿qué? ¿Acaso no lo puedes ver?

—¡No, Dante! ¡No! El que no puede ver con claridad eres tú… —dijo Florencia cambiando el tono a uno más conciliador y alejándose un poco más de aquel hombre. —Yo no soy feliz, tú no eres feliz conmigo, llevas 35 años engañándome, golpeándome…

A Florencia le había tomado casi el mismo tiempo en darse cuenta de que ese nunca fue su lugar; un hijo nunca debió ser el motivo para atar su vida a ese hombre. Si bien nunca supo lo que era padecer necesidades básicas, en todo el tiempo que llevaba atada, no casada, atada a este hombre, su vida había sido miserable.

Florencia Lobato era la mujer perfecta delante de toda la crema y nata de la ciudad; era considerada hermosa, educada, una mujer que sabía cómo comportarse en público. Se podría describir mejor, pues a puerta cerrada, todo era muy diferente.

Ella llevaba una vida miserable, poseía una figura envidiable, no por convicción, no, eso no era así. Dante siempre medía la cantidad de comida, seleccionaba la ropa que usaría, el maquillaje correcto, la joyería adecuada. “Ya bastante tenía con haberse casado con una pueblerina”, decía en su momento.

Aquellos recuerdos, en este preciso momento, eran el motor que le daba valor para hablar y no medir ninguna de sus palabras.

—¡No soy libre! Vivo en una jaula de oro como lo ha hecho tu madre. Tú, Dante Montemayor, has repetido los mismos errores que tu padre y mira, mira a tu madre; ella ahora, a pesar de que dedicó toda su vida a servir a su marido… Vive sola, sus hijos nunca la visitan, tú odias ir al pueblo, yo no quiero eso para mí, pero así como veo, esto puede repetirse una y otra vez.

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