Mercedes se alistaba para la llegada de la niña Renata, cuando de pronto vio que la puerta principal se abrió y, al hacerlo, la pobre mujer se quedó helada, pues en el umbral se encontraban Dante Montemayor y Florencia.
A la pobre se le notaba que había estado llorando; Mercedes se imaginó el peor de los escenarios, pues nada bueno podía venir de aquel hombre que era un demonio encarnado.
Por la mente de Mercedes pasó que algo debí haberle hecho o dicho como para que la señora hubiese decidido regresar a esa maldita casa.
—Señora... —dijo Mercedes acercándose a su jefa.
Mercedes tuvo que detener su andar, debido a que Dante le hizo una señal con la mano y levantó un dedo, deteniendo cualquier intento de acercamiento.
—Mi mujer viene cansada, no la molestes, Mercedes, y agradece que necesitamos de tu ayuda para cuidar a mi nieta. De lo contrario... Ahora mismo te ponía de patitas en la calle.
Tras aquellas frías palabras, Mercedes solo pudo sentir lástima por Florencia, pues ese hombre debió valerse de alguna artimaña para hacerla regresar; eso sí que no le quedaba duda.
Una vez que Dante dejó clara su postura delante de Mercedes, condujo a Florencia hacia la alcoba.
En el caso de Florencia, la pobre mujer se encontraba aterrada; sabía que, una vez entrando a la habitación, el semblante apacible y calmado de Dante cambiaría y era más que obvio que de una buena golpiza no se iba a salvar.
Dante lo sabía y eso, de cierto modo, le causaba mucha satisfacción, ya que le dejaba claro que él seguía influyendo en la vida de su mujer.
Una vez dentro de la habitación que habían compartido por años, Florencia parecía un felino asustado; estaba arisca, temblaba y, apenas lo miraba. Dante, por su lado, se acercó a ella, intentó tocarle el rostro, pero ella inmediatamente se alejó con miedo.
El hombre, al ver aquella reacción, no dijo ni hizo nada, solo se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero.
La mujer abrió los ojos de sobremanera, ante la sorpresa que le ocasionó escuchar aquellas palabras. ¿Qué era lo que pretendía este hombre?
—Florencia, ¿sabes una cosa? En estos días que estuve solo en casa, me quedé pensando en que jamás te he llevado a ningún lado, al menos no porque así lo planee; esta vez te irás conmigo. —dijo el hombre con una calma que no podía creer la pobre mujer.
—Le he pedido al agente de viajes que nos consiga boletos para ir a Europa; viajaremos por varios países. Tú querías conocer Italia, ¿no?
Pues te llevaré ahí, conocerás la bella Italia, juntos iremos a Grecia, podemos ir a China o al lugar que tú me digas, pero… Solo te voy a pedir una cosa: necesito que te olvides de esa tonta idea de separarte de mí, ¿entiendes?
El hombre hablaba con calma, pero con filo en todas y cada una de sus palabras.
—¡Nunca! Óyelo bien, Florencia, ¡nunca te vas a deshacer de mí! Antes, te mueres, ¿me escuchas? ¡Te mueres! —susurró al oído de la mujer.

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