Entrar Via

La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 135

Luego de un largo camino en donde Marina se desahogó y le contó a Lina lo que había estado sucediendo en su vida, finalmente llegaron al Four Seasons, donde se verían con aquel hombre llamado Patrik Stuart.

—Marina, de verdad que me has dejado sin palabras, cariño…

—¿Crees que estoy haciendo mal? ¿Verdad?

—¡No! ¡Claro que no! Tú eres una mujer libre, eres hermosa, joven y tienes todo el derecho de rehacer tu vida y, si nuestro querido Efraín está siendo parte de esto, yo no le veo el problema; estás en tu derecho.

—Lina, créeme, todo esto ha pasado demasiado rápido. En ocasiones me he puesto a pensar en que si no estoy llevando las cosas demasiado rápido…

—Cariño, a ver, mírame, hace unas cuantas semanas te debatías entre la vida y la muerte, y no, sé que el accidente no fue culpa de Esteban, pero sí que estabas mal por su culpa, mientras que, ¿él ya estaba con otra mujer? ¿Acaso crees que él se inmutaba por lo que tú sentías o por cómo estabas?

Cariño, de verdad, me da mucho gusto que por fin tú y Efraín estén saliendo o intentándolo; esto era algo que debía suceder mucho antes.

—¿Por qué dices eso? Yo, yo nunca lo vi con ojos de pareja; para mí siempre era el chico de los veranos. —dijo Marina recordando con nostalgia aquellas épocas de niñez.

—¡Ay, Marina! ¿De verdad? ¿Es en serio lo que dices? Yo más bien creo que tú eres la que está errada, pero bueno, ya después platicaremos a profundidad de esto. Mira, ya hemos llegado, anda, pasa, ya llegamos al café. ¿Sabes cómo es ese tal Patrick Stuart?

—No, la verdad, hasta ahora que lo dices, no me había puesto a pensar en cómo lo voy a reconocer.

—Hmm… Entremos, dices que viene de Nueva York, seguro que lo reconoceremos; anda, camina, no hagamos esperar a ese tal Patrik Stuart. —dijo Lina con la soltura que la caracterizaba.

Marina se relajó un poco; su hermana tenía la capacidad de hacerla ver el lado amable de las cosas y, al ver que tomaba todo lo que le había contado con mucha facilidad, la hizo sentir más tranquila.

Tan pronto como el par de hermanas entraron al lugar, caminaron observando y buscando a un hombre solitario que se viera como alguien que fuese de Nueva York; sonaba ridículo, pero esa era la única característica que Marina sabía.

Unos minutos después, su móvil comenzó a vibrar; se trataba de aquel hombre precisamente.

—Ho… Hola, perdón, ya estoy aquí, solo que no te pregunté cómo te reconocería.

—Hola, señorita Salas, estoy en la barra del bar, seguro me reconocerá, soy el único aquí.

Marina levantó la vista y le dio un codazo a su hermana; al hacerlo, ambas se quedaron sin palabras, puesto que el hombre que se encontraba ahí era todo un adonis.

—Marina, ¿ese es el hombre con el que te vas a reunir? —apenas pudo pronunciar Lina, quedando totalmente hipnotizada por aquella belleza.

—Sssí… supongo que sí.

—¡Wow! Es lo único que tengo que decir; definitivamente le diré a Efraín que quiero que me lo presente.

Un par de minutos después, ya estaban frente al hombre que se encontraba en la barra del bar.

—¿Patrik Stuart? —preguntó Marina un poco nerviosa.

El hombre se giró y ese par de bellos ojos azul grisáceo se posaron en aquella joven mujer.

—Usted debe ser Marina Salas, ¿correcto? —dijo el hombre dejando su trago en la barra.

—Sí, yo… yo soy Marina Salas… Y… Y, ella es mi hermana, Adelina Salas...

—Mucho gusto, ¿gustan algo de tomar? Me adelanté a pedir algo; tuve un viaje largo y necesitaba algo de tomar. ¿Gustan? ¿Podemos tomar una mesa?

Marina movió la cabeza en afirmación casi de manera mecánica, mientras que Adelina, normalmente parlanchina, parecía que los ratones se habían comido su lengua.

—¡Claro! Sí, sí, vamos… —dijo Marina con un poco de nervios.

En toda su vida, había conocido hombres imponentes, quienes prácticamente eran conocidos de negocios de Esteban o simplemente conocidos. El hecho de estar cerca de alguien como Patrik, ahora en su nuevo estatus, la ponía sumamente nerviosa.

Adelina no había dicho una sola palabra, solo había asentido con la cabeza; la belleza de aquel hombre la hizo olvidar cualquier cosa que rondara su cabeza en ese preciso momento.

¿Cómo podría pensar en otra cosa? Si todos sus sentidos estaban enfocados en aquel atractivo hombre de ojos azul grisáceo, cabellos rubios casi blancos y no solo eso, el hombre poseía un cuerpo y rostro, esculpido por los mismísimos dioses griegos, suponía ella.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)