Lejos de la felicidad de Marina y la confusión de Lina, en la casa de los Montemayor, extrañamente, Dante Montemayor no había reaccionado tal como Florencia imaginaba; al contrario, el hombre solo la obligó a recostarse sobre la cama que habían compartido por años. Todo estaba tranquilo; incluso, Florencia podía sentir cómo este hombre olfateaba su cabello.
Aquella mujer se encontraba totalmente desconcertada; esta no era una actitud típica de Dante. En realidad, ahora estaba confundida, no sabía qué esperar de él, no sabía qué era lo que le estaba ocurriendo, pero definitivamente no podía confiarse y relajarse; esto no era nada bueno aunque así lo pareciera.
Luego de permanecer largo rato en aquella cama, Dante recibió una llamada que lo hizo levantarse de la cama. Florencia, al sentir cómo se alejaba, sintió cierto alivio, pues tras aquella llamada, su marido tuvo que abandonar la mansión sin dar mayores explicaciones, salvo recordarle una cosa.
—Florencia… Esta es tu casa y no necesitas huir de ella. No se te vaya a ocurrir hacerlo, ya sabes que no hay lugar donde puedas esconderte de mí, ¿verdad? —dijo el hombre con un tono serio, pero diferente a lo que ella conocía.
Florencia solo pudo verlo con miedo y asentir de manera automática; rogaba que quien fuese la persona que le hubiese llamado lo entretuviera el mayor tiempo posible.
Aunque después de ver que Dante abandonó la mansión, ella sintió alivio, bien podía decir que su cuerpo no decía lo mismo, por lo que, tratando de despejar su mente y quitarse un poco el estrés, tomó un baño y salió en búsqueda de su nieta y Mercedes.
Florencia sintió un gran alivio al ver que Renata se encontraba en la cocina, pues había ido a buscarla en la que se suponía debía ser su habitación y no la encontró; aquello había logrado preocuparle, pues con Dante, ya no se sabía bien qué esperar.
Luego de encontrar a Renata, se quedó sorprendida al ver que, increíblemente, esta niña se encontraba haciendo su tarea con toda la atención, mientras Mercedes la apoyaba en aquella actividad.
—Señora... —dijo Mercedes al percatarse de la presencia de aquella mujer.
—¡Abuela! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no te había visto? —la increpó Renata al verla finalmente.

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