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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 140

Tras algunos minutos en el tráfico, varios cigarros fumados y múltiples pensamientos inundándole la cabeza a Dante, el hombre finalmente llegó al edificio donde labora Antonio La Salle, el médico que le iba a ayudar con su “problemita”.

—Señor Montemayor, ¡qué agradable sorpresa!

—La Salle, está por demás que necesito toda tu discreción, ¿verdad?

—Usted dígame, ¿qué necesita?

Danto tomó un poco de aire y lo miró a los ojos, para luego decirle la verdad.

—Tengo un problema con una mujer.

—Sí, dígame, ¿en qué necesita que lo ayude?

—Necesito que aborte…

—¡Oh! Ya entendí qué tipo de problema está usted hablando. —dijo Antonio, entendiendo por qué aquella cara de pocos amigos.

—Señor Montemayor, sabe bien que eso solo se puede hacer si la paciente está dispuesta a hacerlo.

—¡Lo sé! Ella está de acuerdo…

—Bien, pues si gusta, mañana mismo puede traerla y hacemos el procedimiento. ¿Sabe cuánto tiempo tiene de embarazo?

—Hmm… supongo que poco porque aún no se le nota.

—Bien, mañana mismo haremos los chequeos necesarios, pues debemos saber si aún está en tiempo de poder hacer el procedimiento; de lo contrario, no…

—De lo contrario, aun así, lo harías; tú muy bien sabes que no voy a ponerme a tener hijos a esta edad.

—Señor, pero eso ya implica un riesgo muy grande para la madre, ¿lo sabe?

—Para mí es un riesgo que esa escuincla traiga un hijo al mundo, así que no hay prórroga; haz los análisis necesarios y deshazte de aquello.

Jimena solía ver desde el cristal cómo aquel hombre leía documentos, los firmaba, tomaba llamadas y manejaba a todo el mundo para que funcionara como reloj suizo. Aquello era admirable, pues con dos o tres palabras solucionaba problemas que parecían catástrofes de dimensiones mayores; tal vez esa fuerza, ese carácter, fue lo que le llamó la atención.

Una noche cualquiera, el hombre pidió comida; no había desayunado más que café, así que pidió algo, pues aún faltaba trabajo por hacer y la falta de alimento no lo dejaba pensar bien. Jimena acomedidamente le puso la mesa y lo atendió; el hombre le indicó que lo acompañase.

En ese momento ella quería salir corriendo, pero no, no podía; era su jefe, ¿cómo podía decirle que no?, por lo que, al final, terminó accediendo y cenó junto a aquel hombre de refinados modales. Ella a su lado se sentía una pueblerina, una silvestre; se imaginaba que él debía venir casi, casi de la realeza.

Esa noche, Jimena vio a un Dante muy diferente al que ella solía ver todos los días; lucía relajado, cansado pero relajado. El hombre le ofreció vino tinto y ella no pudo rechazarlo; aquello provocó que la boca se le soltara y comenzara a hablar de más, halagándole la firmeza con la que trataba temas de trabajo, las agallas con las que enfrentaba los problemas y no tardó en decirle que lo admiraba y que un día quería ser como él.

Aquello en aquel hombre sonaba un tanto extraño, pero no podía negar que escuchar de alguien que no te conoces te diga que te admira y que prácticamente eres su modelo a seguir no era algo que se dijera a la ligera.

Esa noche, luego de cenar, recoger la mesa y continuar trabajando, al final, el hombre decidió llevar a Jimena a su modesto apartamento, el cual prácticamente era un cuarto con baño y todo lo necesario para vivir.

El hombre al día siguiente le rentó un apartamento más cerca de la oficina, nada extraordinario, pero sí algo mucho más cómodo. Luego vinieron las miradas, las comidas compartidas, las miradas, los roces o las largas charlas fuera de horario de oficina. ¿En qué momento ella ya estaba dentro de la vida que llevaba ahora? Ni ella misma lo podría decir; cuando vio, aquel hombre ya la llevaba a su apartamento, cenaba ahí, platicaba, tomaban vino y muchas otras cosas más.

Ahora con esto, ¿qué sería de ella a partir de ahora? ¿Cómo iban a poder seguir si este hombre pensaba que ella le había tendido una trampa?

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