Tras algunos minutos en el tráfico, varios cigarros fumados y múltiples pensamientos inundándole la cabeza a Dante, el hombre finalmente llegó al edificio donde labora Antonio La Salle, el médico que le iba a ayudar con su “problemita”.
—Señor Montemayor, ¡qué agradable sorpresa!
—La Salle, está por demás que necesito toda tu discreción, ¿verdad?
—Usted dígame, ¿qué necesita?
Danto tomó un poco de aire y lo miró a los ojos, para luego decirle la verdad.
—Tengo un problema con una mujer.
—Sí, dígame, ¿en qué necesita que lo ayude?
—Necesito que aborte…
—¡Oh! Ya entendí qué tipo de problema está usted hablando. —dijo Antonio, entendiendo por qué aquella cara de pocos amigos.
—Señor Montemayor, sabe bien que eso solo se puede hacer si la paciente está dispuesta a hacerlo.
—¡Lo sé! Ella está de acuerdo…
—Bien, pues si gusta, mañana mismo puede traerla y hacemos el procedimiento. ¿Sabe cuánto tiempo tiene de embarazo?
—Hmm… supongo que poco porque aún no se le nota.
—Bien, mañana mismo haremos los chequeos necesarios, pues debemos saber si aún está en tiempo de poder hacer el procedimiento; de lo contrario, no…
—De lo contrario, aun así, lo harías; tú muy bien sabes que no voy a ponerme a tener hijos a esta edad.
—Señor, pero eso ya implica un riesgo muy grande para la madre, ¿lo sabe?
—Para mí es un riesgo que esa escuincla traiga un hijo al mundo, así que no hay prórroga; haz los análisis necesarios y deshazte de aquello.

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