Tras pensar mucho en su situación y en lo que dirían sus padres, Jimena se alarmó. ¿Qué sucedería si Dante Montemayor la abandona a su suerte? Múltiples escenarios llegaron a su cabeza y todos ellos eran bastante catastróficos.
Ella no se veía siendo madre, no se veía cuidando un hijo, aunque, si lo pensaba bien, aquel hijo bien podría ser algo más y eso era lo que le había molestado tanto a Dante; de aquello no le cabía la menor duda.
Luego, un recuerdo llegó a su mente: la vez que Lorena Huesca la increpó en el baño; ahí mismo fue donde esa mujer le confesó que ya se había dado cuenta de su relación con su suegro. Jimena obviamente había negado todo, pero Lorena era un sabueso; claro que no le creyó ni una sola palabra.
—Jimena, me caes muy bien y se ve que no eres como cualquier otra chica. Estoy completamente segura de que mi suegro por algo te eligió; él es un hombre muy recto, jamás lo había visto haciendo esto, pero… Es seguro que tú tienes algo que a él le atrae.
—Se… Señorita Huesca, no… No se haga ideas de algo que no es; el señor Montemayor solo es amable conmigo, nada más…
—Jimenita, no tienes que fingir conmigo, yo he visto cómo aquel hombre te trata; mira que apenas llegué al grupo y es más que obvio que te tiene una cierta estima que no a cualquiera.
No es por intrigar, ni nada por el estilo, pero, el señor Montemayor jamás se ha llevado bien con su esposa; es más, me atrevería a decirte que solo están juntos por puro compromiso y cubrir las apariencias. Yo te apoyo.
Si algún día necesitas algo, no dudes en decirme; yo puedo ayudarte. Como sabes, soy la futura esposa de Esteban, el hijo de Dante, y eso me hace estar cerca de la familia mucho más que cualquier otra persona, así que, si un día necesitas ayuda en algo, yo puedo apoyarte.
Aquella joven mujer lo dudó un momento, pero sin saber bien qué hacer y creyendo que ella podría aconsejarla en aquella situación, decidió buscar el contacto de aquella mujer y llamarla.
Intentó una vez, pero nada; intentó dos veces y lo mismo; no fue hasta la tercera vez que finalmente escuchó la voz de Lorena.
—¿Jimena Sánchez?
—Ho… Hola, señorita Huesca. ¿Me recuerda?
—Sí… Discúlpame, ando un poco ocupada; ahora no tengo tiempo.
—Señorita Huesca, no, no cuelgue… —dijo Jimena con angustia evidente.
Lorena lo notó y algo inmediatamente le llegó a la mente; ella no era tonta, sabía que si la había contactado esa joven era por algo, algo muy importante.
—A ver… Dime, ¿qué sucede?
—¿Puedo verla en persona?
—Hmm… Está bien, mándame la ubicación del lugar que tengas en mente y llego a verte. ¿Qué sucede?
—Señorita Huesca, te… Tengo un problema y… Recordé que usted me dijo que me podría ayudar…
Lorena esperaba que no fuese una estupidez, así que puso los ojos en blanco y dijo:
—¡Claro! Solo mándame la dirección y llegaré a verte.
Luego de que terminó la llamada, Jimena le envió una ubicación y, tras un par de horas, Lorena llegó al lugar donde se verían. Jimena, al verla, notó algo raro, puesto que la mujer, siempre impecable, siempre hermosa, hoy no estaba presente; hoy, Lorena llevaba ropa deportiva, sí, iba arreglada, pero nada extraordinario como cuando la veía en la oficina.
—Señorita Huesca… Hola, hola… Disculpe que la haya hecho venir de pronto… pero…
—Hola, Jimena, ¿qué sucede? —¿Cuál es el motivo por el que necesitabas verme? —preguntó Lorena ya sin aguantar la curiosidad.
—Hmm… Debo confesarle algo… —dijo Jimena con nervios.
—Dime, ¿qué es eso que me tienes que confesar?
—Sí estaba saliendo con el señor Dante Montemayor, pe… pero, de verdad que no, yo no planeaba que las cosas se dieran. Lo nuestro simplemente sucedió y ahora estoy en problemas.
—¿Cómo? ¿Qué clase de problemas?

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