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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 141

Tras pensar mucho en su situación y en lo que dirían sus padres, Jimena se alarmó. ¿Qué sucedería si Dante Montemayor la abandona a su suerte? Múltiples escenarios llegaron a su cabeza y todos ellos eran bastante catastróficos.

Ella no se veía siendo madre, no se veía cuidando un hijo, aunque, si lo pensaba bien, aquel hijo bien podría ser algo más y eso era lo que le había molestado tanto a Dante; de aquello no le cabía la menor duda.

Luego, un recuerdo llegó a su mente: la vez que Lorena Huesca la increpó en el baño; ahí mismo fue donde esa mujer le confesó que ya se había dado cuenta de su relación con su suegro. Jimena obviamente había negado todo, pero Lorena era un sabueso; claro que no le creyó ni una sola palabra.

—Jimena, me caes muy bien y se ve que no eres como cualquier otra chica. Estoy completamente segura de que mi suegro por algo te eligió; él es un hombre muy recto, jamás lo había visto haciendo esto, pero… Es seguro que tú tienes algo que a él le atrae.

—Se… Señorita Huesca, no… No se haga ideas de algo que no es; el señor Montemayor solo es amable conmigo, nada más…

—Jimenita, no tienes que fingir conmigo, yo he visto cómo aquel hombre te trata; mira que apenas llegué al grupo y es más que obvio que te tiene una cierta estima que no a cualquiera.

No es por intrigar, ni nada por el estilo, pero, el señor Montemayor jamás se ha llevado bien con su esposa; es más, me atrevería a decirte que solo están juntos por puro compromiso y cubrir las apariencias. Yo te apoyo.

Si algún día necesitas algo, no dudes en decirme; yo puedo ayudarte. Como sabes, soy la futura esposa de Esteban, el hijo de Dante, y eso me hace estar cerca de la familia mucho más que cualquier otra persona, así que, si un día necesitas ayuda en algo, yo puedo apoyarte.

Aquella joven mujer lo dudó un momento, pero sin saber bien qué hacer y creyendo que ella podría aconsejarla en aquella situación, decidió buscar el contacto de aquella mujer y llamarla.

Intentó una vez, pero nada; intentó dos veces y lo mismo; no fue hasta la tercera vez que finalmente escuchó la voz de Lorena.

—¿Jimena Sánchez?

—Ho… Hola, señorita Huesca. ¿Me recuerda?

—Sí… Discúlpame, ando un poco ocupada; ahora no tengo tiempo.

—Señorita Huesca, no, no cuelgue… —dijo Jimena con angustia evidente.

Lorena lo notó y algo inmediatamente le llegó a la mente; ella no era tonta, sabía que si la había contactado esa joven era por algo, algo muy importante.

—A ver… Dime, ¿qué sucede?

—¿Puedo verla en persona?

—Hmm… Está bien, mándame la ubicación del lugar que tengas en mente y llego a verte. ¿Qué sucede?

—Señorita Huesca, te… Tengo un problema y… Recordé que usted me dijo que me podría ayudar…

Lorena esperaba que no fuese una estupidez, así que puso los ojos en blanco y dijo:

—¡Claro! Solo mándame la dirección y llegaré a verte.

Luego de que terminó la llamada, Jimena le envió una ubicación y, tras un par de horas, Lorena llegó al lugar donde se verían. Jimena, al verla, notó algo raro, puesto que la mujer, siempre impecable, siempre hermosa, hoy no estaba presente; hoy, Lorena llevaba ropa deportiva, sí, iba arreglada, pero nada extraordinario como cuando la veía en la oficina.

—Señorita Huesca… Hola, hola… Disculpe que la haya hecho venir de pronto… pero…

—Hola, Jimena, ¿qué sucede? —¿Cuál es el motivo por el que necesitabas verme? —preguntó Lorena ya sin aguantar la curiosidad.

—Hmm… Debo confesarle algo… —dijo Jimena con nervios.

—Dime, ¿qué es eso que me tienes que confesar?

—Sí estaba saliendo con el señor Dante Montemayor, pe… pero, de verdad que no, yo no planeaba que las cosas se dieran. Lo nuestro simplemente sucedió y ahora estoy en problemas.

—¿Cómo? ¿Qué clase de problemas?

—Yo…

—¡Piénsalo! Dices que Florencia ya sabe que Dante tiene una amante, ¿verdad?

A Jimena no le gustó mucho aquel título, pero ¿cómo podría contradecirla, si ella era la casi esposa de Esteban Montemayor? En comparación, ella no era nadie, así que solo calló.

—¿Verdad? —repitió la pregunta Lorena mirando la reacción de la joven.

—Sí… Pero… yo… yo no lo planeé…

—Estoy segura de eso, pero, ya lo sabe, entonces, ¿por qué te acongojas? Solo dile que te dé pensión y ya; él puede desembolsar una gran cantidad de dinero para ti y tu hijo, claro está.

Él dijo que lo abortara…

—Pues claro, él no quiere perder nada, pero ¿por qué tú sí deberías perder? ¿Eh? Dime, ¿qué va a ocurrir luego de que aceptes abortar? ¿Crees que él te va a buscar y te va a cuidar? Si lo piensas así, de una vez te digo que no, no sucederá. Él seguramente se irá a su casa con su mujer y se olvidará de ti; mientras tú, ¿con qué te quedas? Si yo fuera tú y estuviese en tus zapatos, lo demando, le pido pensión y que me mantenga toda la vida; total, a ese hombre no le cuesta nada.

Lorena hablaba desde la perspectiva que ella tenía de Esteban, quien sin miramientos la acababa de botar; lo que no sabía era que esas palabras estaban cayendo muy hasta el fondo en la mente de Jimena.

—¡Piénsalo, querida, piénsalo! Yo que tú, me reúno con él, llegamos a un acuerdo y fin de la historia. Tu ganas algo y el también, porque te puedo asegurar que ese hombre no sería capaz de ensuciar su nombre solo por algo de poca importancia.

—Pe… Pero él dijo que lo arreglaría…

—Sí, supongo que si lo va a arreglar y luego, ese hombre te va a botar, yo que tú, buscaría cómo sacar provecho de la situación, pero… Claro, esa es mi visión, no la tuya; solo te digo que, una vez sin nada, estás sin nada, porque ya no creas que te va a buscar o te va a agradecer que te hayas deshecho de aquel bebé; ese hombre no es así.

Jimena sentía que ahora tenía más cosas en que pensar que antes de eso; lejos de ayudarla a despejar su mente, Lorena solo había venido a instarla a hacer otro tipo de cosas. ¿Cuál era la decisión correcta que debía tomar?

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