Alessandro Vélez se encontraba en su consultorio; el movimiento en su pierna le estaba molestando. Adelina no había dado respuesta a sus mensajes y eso le ponía inquieto.
El hombre tenía claro que ella lo había visto en aquel lugar. ¿Cómo podría no verlo? Maldijo por un momento haber opuesto ese lugar para ir a comer, pero ¿qué iba a saber él que el destino le jugaría en su contra? Para calmar su ansiedad, decidió salir a fumar un cigarro; mientras lo hacía, recordó cómo aquella joven mujer se le fue acercando con un descaro propio de ella.
—- Meses atrás —-
—¿Doctor Vélez? ¿Verdad?
—Sí, dígame… —Respondió él mientras fumaba.
—Dígame la verdad, ¿cuál es el pronóstico de mi hermana? Aquí no están mis padres, así que no tiene por qué fingir más; dígame la verdad, ¿ella tiene esperanzas?
Alessandro le dio una calada a su cigarro, la miró de reojo y, a simple vista, aquella joven mujer se le hizo alguien simple; a decir verdad, se le hizo alguien bastante común y corriente.
—Tu hermana estará bien; todo esto solo es para que sus heridas sanen. Cuando un paciente entra en UCI, no quiere decir que es algo tan catastrófico como se piensa.
—¿Entonces…?
—En ocasiones es necesario dejar que el cuerpo sane y, mientras, las múltiples máquinas que ves le ayudan con funciones que el mismo cuerpo no puede en ese preciso momento o que, si lo hace, le quita energía para sanar.
—¿De verdad? —preguntó Adelina con los ojos llenos de un extraño brillo.
—Así es, su hermana estará sana en unos cuantos días o semanas; debe estar tranquila, ¿está bien?
Adelina sonrió y no pudo evitar abrazarlo por la emoción; el hombre no supo cómo reaccionar. Al final, ese abrazo provocó que se le cayera el cigarro.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias! De verdad, no sé cómo agradecerle… —¡Perdón! ¡Perdón! —dijo Adelina sabiendo que se había pasado al abrazar al médico.
—Ya solo es cuestión de que su hermana despierte y ponga todo de su parte para la recuperación.
Esa había sido su primera interacción solos; ella realmente se notaba preocupada por aquella joven mujer que, quién sabe qué cosas llevaba en la cabeza, como para chocar de frente contra otro auto.
———Actualmente ———
—¡Maldita sea, Adelina! ¿Acaso me vas a obligar a ir a verte? —dijo Alejandro aplastando la colilla del cigarro contra el cenicero.
Un par de horas después, Lina ya se preparaba para ir a dormir; se sentía feliz por su hermana, pues con Efraín cerca, estaba segura de que ya podía sentirse más relajada; al menos Marina ya no pensaba en Esteban como en los meses que siguieron a su separación.
Si le ponía más atención a su hermana, todo cuadraba perfecto. ¿Cómo pudo ser tan ciega y no verlo? Marina se notaba diferente, incluso podría decirse que se notaba más liberada, más suelta; al parecer, la gruesa loza que cargaba en los hombros se estaba esfumando.
—¡Ay, Marina! ¡Marina! Definitivamente, un buen hombre y sexo era lo que necesitabas; lo demás ya lo tienes… —pensó Lina en voz alta.
Lina estaba abriendo las cobijas de su cama cuando el sonido del timbre la hizo pausar aquella acción; miró la hora y ya eran las 11:00 pm. ¿Quién podría ser a esta hora? Pensó la joven mujer, un tanto distraída por la salida de la tarde; se acercó a la puerta.
—¿Quién?
—Adelina Salas…

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