En el caso de Marina, ella llegó a casa luego de la reunión con aquel hombre llamado Patrik. Al final, todos sus miedos eran puras tonterías en la cabeza; el hombre era amable y hablaba perfectamente español. Se sentía un tanto avergonzada por algunas cosas que su hermana había dicho, pero así era Lina y nunca le pediría que cambiara.
Llevando todos aquellos pensamientos, Marina, al llegar a casa, no se percató de un auto conocido que estaba estacionado frente a la casa. Su mente iba en todo menos en su entorno; para cuando lo hace, se lleva tremenda sorpresa.
—Esteban… —dice un tanto sorprendida.
Marina rápidamente cambia de sorpresa a molestia, puesto que sabía que una visita de su exmarido representaba problemas o una posible discusión.
—¿Sucede algo? ¿Le pasó algo a Renata? ¿Dó… —¿Dónde está mi hija? —le comenzó a llenar de preguntas al no saber el motivo de su visita.
Esteban no respondió ninguna; al contrario, se notaba molesto, sí, molesto porque Marina llegaba a esas horas a casa y había dejado a Diana en casa.
—¿Dónde has estado toda la tarde? ¿Esto es lo que haces ahora que ya no estoy aquí?
Marina frunce el ceño, se muestra molesta, pero no quiere discutir, no sabiendo que su hija está en casa y que, sea como sea, adora a su padre. Buscando librarse de aquel hombre, camina hacia la cocina y llama a Ofelia, quien estaba ahí a la espera de cualquier situación complicada.
—Señora… El señor…
—El señor supongo vino a ver a mi hija, ¿verdad, Esteban?
—Diana ya fue a la cama, yo la acompañé —dijo el hombre en tono cortante.
—Bien, si tu hija ya está en la cama, ¿qué haces aquí? —preguntó Marina tratando de conservar la calma.
Era increíble pensar que, hasta hace menos de un mes, bueno, no corregía, hasta hace poco más de medio año, el hombre que estaba ahí era su mundo, era el hombre de su vida, el hombre de sus sueños, pero ahora que sabía que todo fue una maldita mentira y que ella solo había fungido como el reemplazo de su cruel vanidad, le molestaba y mucho.
—Diana me pidió que viniera a verla…
—¿Diana? Ella no me comentó nada. ¿Por qué te pidió venir?
Obviamente, Esteban mintió; el hombre se había invitado solo, quería buscar la manera de irse acercando poco a poco a Marina, quería medir cómo estaban las cosas y, tal como veía, no iba a ser fácil que esta mujer bajara la guardia. Él desconocía por completo que ella ya sabía todo lo relacionado con lo ocurrido en el pasado.
—¿Cómo está Renata? ¿Por qué no la trajiste? La he visto de lejos y no quiere hablar conmigo, ¿con quién la dejaste? —preguntó Marina queriendo indagar si se la había dejado a su nueva pareja.
Pensar en aquello le provocaba dolor de estómago, pues sabía bien que mientras Lorena estuviera cerca de su hija, está siempre estaría propensa a verla con malos ojos; eso no era algo nuevo.
Está en casa de mis padres; la dejé al cuidado de mi madre.
Marina abrió los ojos como platos al escuchar aquello, pues eso solo significaba una cosa y eso era que Florencia había decidido regresar con Dante Montemayor.
—¿Por…? ¿Por qué llevaste a mi hija a casa de tus padres? Si no puedes cuidarla, será mejor que la traigas de nueva a casa; este es su hogar, yo soy su madre y solo yo sé qué es lo que necesitan mis hijas. —dijo Marina dejando a la vista la angustia que sentía por no tener a Renata en casa.
—Marina, no vine a pelear y tampoco esperé a que llegaras para pelear… —dijo Esteban cambiando el tono de su voz.
—Marina, veo que tú buscas pelear y no te voy a dar el gusto; solo quiero que sepas que haré lo que tenga que hacer por el bien de mis niñas.
—Bien, pues comienza por no delegar tu responsabilidad a tus padres, que supongo que más bien Florencia es quien debe estar cuidando de mi hija, ¿verdad?
—Ya te lo dije, solo será por esta semana; ya en unos días me la llevaré a casa… De hecho, Renata, Diana y yo planeamos ir a un parque de diversiones este fin de semana. ¿Por qué no te nos unes?
—Lo siento, pero ya te lo había dicho, no estaré disponible.
—Piénsalo y ya nos dices el sábado; si gustas unírtenos, eres bienvenida.
Marina ya no respondió nada, solo caminó hacia las escaleras. Esteban, al ver aquella acción, solo pudo levantarse y tratar de seguir su camino. ¿En qué momento la Marina tranquila y dulce se había convertido en aquella mujer?
—Me voy…
—Adelante, por favor, cierra bien la puerta. ¡Ah! Y la próxima vez que vengas, por favor, avísame primero; sé bien que tú eres quien paga las cuentas, pero eso no te da derecho de ir y venir cuando te plazca; te recuerdo que esta es mi casa.
—Está bien… —dijo Esteban tratando de no dar una mala respuesta.
Marina solo pudo ver cómo aquel hombre salió por la puerta e inmediatamente sintió un desguanzo; ella se había mostrado fuerte y no titubeó ni una sola vez, pero siendo honesta, la presencia de Esteban aún la sofocaba y le causaba ciertos estragos.

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