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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 145

Luego de que Efraín besara a Marina hasta robarle casi el último aliento, finalmente la suelta y sonríe con cierta malicia al ver el desconcierto de aquella mujer.

—Tenía tantas ganas de probar esa boquita tuya… —dijo aquel hombre con cinismo y descaro.

Marina, apenas recuperando el aliento, apenas puede comprender lo que sucede.

—No… No te esperaba hoy…

—Hmm, andaba cerca y quise pasar a verte; vi que tuviste una visita de Esteban. —dijo Efraín tratando de ocultar su molestia.

—Vino a ver a Diana; mi hija le llamó y llegó mientras no estaba en casa.

—¡Oh! Ya veo… —¿Cómo te fue con Patrik? —preguntó Efraín cambiando abruptamente de tema.

—Bien, supongo que bien. La verdad es que tu amigo me inspiró mucha confianza; no sé si me estoy adelantando, pero me da muy buena espina.

—Él es un buen hombre; como persona y en los negocios es demasiado bueno. Créeme, si no confiara en él, no te lo hubiese presentado y mucho menos le hubiera encargado algo tan importante como comprar tu casa y ayudarte con tu café.

Marina sintió una extraña punzada en la panza, pues este hombre sabía bien cómo hacerla sentir extrañamente especial.

—¿Gustas pasar o nos quedamos aquí?

—Me encantaría ir a otro lugar, pero tal como Cenicienta, no puedes cruzar el umbral de tu puerta si no se rompe el encanto.

—No digas cosas…

Efraín rodeó su cintura con un brazo y la acorraló contra la pared.

—Hoy luces estupendamente bien… —Susurró al oído de la joven mujer. —Créeme que tengo ganas de hacer algo contigo y me estoy conteniendo antes de cargarte y llevarte conmigo.

Un lado desconocido de Marina quería decir: “Sí, llévame contigo y hazme tocar el cielo”, pero obviamente siempre ganaría el lado racional y ese decía que no, que ante todo debía guardar la compostura.

—¿Qué sucede? ¿En qué piensas? —preguntó Efraín al notarla pensativa.

—No, nada, es solo que… Hoy luces extraño, ¿Qué traes?

—Nada, ¿por qué me preguntas?

—Bueno, mira nada más cómo llegas, cómo me besas y cómo me tienes aquí. Otros días te muestras más reservado.

—¡Ah! —¡Es eso! —dijo Efraín cayendo en la cuenta de que se estaba pasando de la raya con su posesividad. —Es solo que, digamos que tú me pones de este modo.

—¿Yo? ¿Yo qué hice para ponerte así?

Efraín acercó más su cuerpo al de Marina y con una mano rozó su mejilla y luego su cuello.

—No tienes que hacer nada, me gustas y eso es todo… ¿Acaso debe haber más para que te acorrale y quiera arrancarte ese bonito suéter beige para hacerte cosas que no tengo ni por qué describirlas?

—Esa es una muy larga pregunta…

—Marina…

—Oye, ya tranquilo, ¿qui… ¿quieres pasar por un poco de café?

Efraín le sujeto el cuello con suavidad, pero a la vez con una fuerza que le indicaba que deseaba algo más, luego sonrió y dijo:

—Eso me sonó a un programa que de niño veía.

—Ya sé de cuál hablas…

—Bien, pasaré a tomar una taza de café, pero…

—¿Pero?

—Quiero ver cómo lo preparas; tú definitivamente le debes echar algo más; yo no he podido replicar el sabor del café que me das.

Marina sonrió al escuchar aquello; por años le preparó el café a Esteban y él jamás en su vida apreció aquello, solo lo tomaba y dejaba a la mitad o casi lleno. Ella creía que era por prisas, pero ya viendo todo con otros ojos, definitivamente no eran las prisas lo que hacía que no se lo tomara.

—Bien, vamos, te voy a pasar mi secreto, solo porque no siempre estoy para hacerte el café, ¿ok?

—Cuando pongas tu café, iré todos los días por mi primer café; puedes considerar que seré un cliente frecuente.

—De verdad, ¿crees que vaya a funcionar?

—He probado el café, uno o dos postres que preparas y si, déjame decirte que creo firmemente que lo harás bien. —dijo al tiempo que besaba su frente.

Marina no podía evitar que las comparaciones salieran a la luz, puesto que hace unos minutos que ahí estaba Esteban, ya no hallaba el modo de hacerlo marchar y, ahora que estaba ahí Efraín, todo se sentía tan diferente.

—Bien, pues si me liberas, podré ir a preparar tu café. ¡Ah, y tengo chocolatines, ¿los has probado?

—¿Chocolatines? ¿Acaso planeas engordarme?

—¡Me descubriste! Sí, te quiero, gordo, para que nadie más se fije en ti, para que nadie más te desee y solo seas mío —dijo Marina sin pensar bien en sus palabras.

—¿De verdad me quieres solo para ti? —preguntó Efraín sintiendo algo extraño en su ser.

Marina reaccionó a sus palabras y dijo:

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