Luego de varios minutos en el recibidor, aquella pareja por fin decidió ir a la cocina. Efraín miró el lugar con atención; la casa tenía una calidez que solo Marina podía darle. Era más que obvio lo que ella decía: ese lugar no era del gusto de Marina, pero conocía bien a la mujer para quien fue comprada esa casa.
—Entonces, ¿café y chocolatines? —preguntó la joven mujer rompiendo aquel tenso momento.
—Pues según tú, quieres asegurarte de que nadie más me desee…
—Yo no dije eso… —Replicó Marina, sintiendo cómo sus mejillas se calentaban más de lo normal.
—Claro que lo hiciste, yo debería decirte lo mismo…
—¿Qué quieres decir con ello?
—Esteban… -finalmente, Efraín dejó salir lo que traía atorado desde que llegó.
—¿Qué con él?
—Es muy fácil que venga y te vea, ¿no lo crees?
—Es diferente… —dijo Marina sin darse cuenta de lo que sucedía.
—¿Por?
—Es el padre de mis hijas; aunque quiera mantenerme alejada, no siempre se puede.
—Y tú, ¿qué opinas de eso? —preguntó Efraín, queriendo indagar más allá de las palabras.
Marina lo miró con extrañeza, tal como si le hubiera salido una cabeza más.
—¿Cómo?
—Sí, ¿qué piensas de que él no puede salir de tu vida tan fácilmente? —preguntó Efraín un tanto temeroso de la respuesta de Marina.
Marina miró para otro lado, luego se giró para tomar una taza y servir café.
—¿Qué quieres saber exactamente? —preguntó Marina, comenzando a darse cuenta de las intenciones del hombre que tenía frente a ella.
—Solo la verdad…
—Bueno… No te voy a mentir, ¿ok…? Hasta hace algunos meses, yo sentía que mi vida sin él estaba perdida; yo quería que él regresara, que mi vida fuera tal como era hace poco más de medio año, pero…
—¿Pero?
—¿Sabes por qué choqué?
—No, dime, ¿cuál fue el motivo?
—Ese día no fue un buen día; ese día mi mundo, el mundo que había construido con Esteban, se me vino abajo.
—¿Qué quieres decir con eso? —dijo Efraín tomando la mano de ella al momento en que Marina deslizó la taza de café sobre la encimera.
Esteban se mostraba tranquilo, pero por dentro sentía que algo ardía en sus entrañas; era evidente que el rastro de su primo seguía ahí; bien podía estar dormido o bien podía estar muriendo, pero era una de las dos.

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