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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 147

Capítulo 147: Algo le faltaba.

Luego de un par de días, el viernes finalmente Ilegó. Marina preparó una pequeña maleta con cosas que su hija podría necesitar para su fin de semana con papá.

En el caso de Diana, se mostraba emocionada pero contenida; si fuese por ella, le pediría a mamá que la acompañase, pero sabía bien que, tal como otros fines de semana, eso no sería posible.

—¿Qué sucede, cariño? —preguntó Marina al ver que la emoción de repente cambiaba a algo más.

—Nada, mami, es solo que... ¿Por qué no puedes venir con nosotras?

—Cariño... —dijo Marina dejando de hacer lo que estaba haciendo y acercándose a ella. —¿Quieres que vaya contigo?

Marina, al ver a su hija, en ese momento sabía que haría cualquier cosa por ver feliz a su hija, así que si ella decía que sí, cancelaría todo con Efraín y se uniría a esa visita al parque de diversiones.

—¡Sí! Bueno... —Sí, pero sé bien que tú y papá no se sentirán cómodos, ¿verdad? —dijo Diana, recordando que su padre tenía a Lorena y que seguramente esta iría con ellas.

—Hmm... Cariño, te amo muchísimo y sabes que no hay cosa que no haría por ti o tu hermana, así que si tú me dices que quieres que vaya, iré... ¿Ok?

¿Qué opinas?

—No, mami, no, yo quiero que tú también estés contenta y sé que si vas, eso no te pondrá muy feliz. Ya soy una niña grande y sé que este fin de semana, como los otros, estaré bien.

—¿De verdad, cariño? Sabes bien que puedo ir, sin problema...

—No, mami, fue solo algo de momento; tú debes hacer cosas aquí, yo debo pasar tiempo con papá también. Si la rana no quiso venir contigo el fin de semana, la pasaremos junto a papá.

Marina sintió una punzada en el pecho al pensar que su hija Renata se había negado a ir este fin de semana con ella, pero inmediatamente descartó aquella terrible sensación al ser abrazada por su pequeña Diana.

—¿Sabes que te quiero mucho? ¿Verdad, mami?

—Sí, lo sé y yo también te quiero mucho, nunca lo dudes, ¿ok? Y debes saber que cuando me necesites, ahí estaré... ¿De acuerdo?

—¡Sí, mami, lo sé!

—Bien, entonces, ¿qué dices?

—Que iré con papá y me la pasaré bien; tú debes descansar... Mami, tú puedes salir y hacer cosas que no haces porque estás ocupada cuidándonos.

—Cariño, sabes que para mí ustedes dos son lo más importante, ¿verdad?

—Sí, y por eso sería bueno que te quedes y descanses; ya el domingo que nos traiga papá te contaré cómo nos fue, ¿si?

—¡Claro, cariño! Aquí estaré para que me platiques con punto y coma todos los detalles.

Tras esa pequeña plática, Marina ayudó a su hija a bajar su pequeña maleta, pues Ofelia ya había anunciado que Esteban había llegado.

Al llegar a la sala, se topó con su exmarido, quien lucía completamente diferentea otras ocasiones; hoy no iba ataviado con su impecable traje hecho a la medida, hoy iba con jeans y una camisa suelta.

Al verlo así, le recordó a la primera vez que salieron; ella lo miraba como su todo, como su mundo, como si no hubiera algo más bello que él.

Ahora, con el paso de los años y con la verdad de frente, sí, no podía negar que seguía siendo el mismo hombre atractivo del que se enamoró locamente, pero, dejando de lado aquello, el saber que este hombre solo había jugado con su ingenuidad le generaba cierta molestia.

—¡Hola! —dijo Esteban con cierta emoción.

—Hola, Esteban... Esta es la maleta de Diana; aquí van todas las cosas que necesita.

Esteban rápidamente tomó el mando de la maleta у sonrió; Marina apenas devolvió la sonrisa, notando que Renata no estaba ahí.

—¿Por qué no vino Renata?

—Ella tuvo que ir a casa de una compañera a hacer una tarea.

Esteban tomó aire y sonrió al ver que Diana ya venía con un tazón de galletas.

—¡Hola, papi! Mira, te hice galletas; la vez pasada me dijiste que las extrañabas. No me quedaron tan bien como las de mami, pero te las hice con mucho amor.

Marina miró a su hija y ahí comprendió por qué ayer estaba tan ocupada con Ofelia en la cocina.

—¡Gracias, cariño! —dijo Esteban, notando la gran diferencia que había entre una hija y otra; además, claro estaba, que no esperaba aquel detalle que le generó una punzada en el pecho.

Durante los años que estuvo casado con Marina, en la casa todo el tiempo había postres, muy deliciosos, por cierto. Él se enojaba, pues siempre buscaba conservar su buena figura y eso de tener postres en casa solo era una tentación, por lo que le solía reclamar a Marina diciéndole que si lo quería engordar.

Al principio ella le hablaba con cariño y le decía que sí, que ese era el plan; lejos de tomarlo con humor, Esteban se molestaba y le pedía que no hiciera esas tonterías, que eso solo mostraba su inmadurez e inseguridad. Conforme pasaron los años y las niñas crecieron, el pretexto eran las niñas; ellas amaban sus postres y sobre todo sus galletas.

Él ya no podía reclamar, por lo que al final terminó uniéndose al equipo con sus hijas para comer todo lo que su madre preparaba; obviamente, se maldecía por dentro, pero ahora que vivió con Lorena, todo aquello que comúnmente había en casa ya no existía y se extrañaba.

—Bien, pues no quiero que se les haga tarde. —dijo Marina pensando en que no le gustaba que Esteban condujera con su hija de noche.

Ella no lo decía abiertamente, pero, desde su accidente, ella le tenía pánico a conducir; incluso le llegaban ideas catastróficas de situaciones que antes parecían comunes y corrientes.

—Tienes razón, es hora de irnos... —dijo Esteban mirando a su hija.

—Sí, papi... —dijo Diana soltando su mano y corriendo a abrazar a su madre. —¡Te quiero mucho, mami!

—¡Yo también, cariño! ¡Yo también! Anda, ve con papá; cualquier cosa, ya sabes, ¡llámame!

Acto seguido, su hija abraza con más fuerza a Marina y se va corriendo con su padre. Marina solo mira con nostalgia aquella niña y espera que Renata algún día pueda ser un poquito más como Diana, aunque casi de inmediato se regaña a sí misma, pues eso era algo que le sucedía a ella con su madre.

—"¿Por qué no puedes ser un poquito más como tu hermana Paulina? ¿Eh? Dime..." Recordó aquella frase que le dijo Eugenia, su madre, quien, por cierto, Ilevaba días sin hablarle siquiera para preguntar cómo estaba. Sabía que estaba molesta por haberlos corrido de la casa, sabía que mientras Paulina estuviera en México, ni ella, ni Lina existían para su madre, pero al menos por fingir, pensaba que le escribiría, pero no, nada de eso ocurrió.

Esteban, por su parte, observó con cierta nostalgia esa casa que, por muchos años, fue su hogar, pues desde anoche había regresado al penthouse; Lorena ya no estaba ahí, el lugar era enorme, lujoso y tenía una vista increíble, pero, siendo honesto, algo le faltaba, algo que en esa casa sí estaba.

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