Capítulo 150: Me importas tú
Marina y Efraín tuvieron una amena cena en donde platicaron de cosas triviales; en ningún momento tocaron el tema de la casa, del café o de Esteban.
En realidad, la cena se la pasaron recordando cosas de niños, aventuras y pláticas con sueños de infancia.
Luego de aquella cena, fueron a caminar un poсо por los jardines de aquella hacienda. Marina se percataba de que, al lado de Efraín, las cosas se desarrollaban de un modo más fácil; no necesitaba fingir ser lista o que entendía todo lo que este le decía; inciuso ella podía preguntar qué significaban algunas cosas.
Aquellos momentos, inevitablemente, la llevaban a comparar la situación con Esteban, quien todo el tiempo se la pasaba corrigiéndola o haciéndole sentir ignorante, por lo que sus pláticas solían ser más de temas que Esteban le contaba y ella solo escuchaba.
Al llegar a la habitación, Efraín no le dio tiempo de reaccionar; se apoderó de sus labios y de su cuerpo. Sus hábiles manos la despojaron de la roра que llevaba puesta. Marina podría negarse, claro que podría, pero ¿por qué lo haría? Sí, en verdad disfrutaba de cada caricia, de cada beso y no podía negar que Efraín sabía cómo subir de tono las cosas.
—Deseaba hacer esto desde hace días... —Susurró él sobre su piel desnuda.
Marina solo podía cerrar los ojos y dejarse llevar por la mezcla de sensaciones que le producían sus labios, sus manos y cada zona de su cuerpo que él tocaba.
—¿Por qué te gusto? —preguntó Marina mirándole a los ojos.
Efraín la miró y detuvo lo que estaba haciendo.
Para ese momento, el hombre que se encontraba casi desnudo la levantó de la cama, mientras él se sentaba en esta. Marina se encontraba ahí parada, desnuda, expuesta.
Efraín posó sus manos en la cintura de Marina, se acercó y besó su estómago; luego, con la lengua, trazó un camino hasta llegar a su ombligo. Marina solo pudo estremecerse ante aquella acción; él levantó la vista y miró la expresión de Marina; ella tenía los ojos cerrados mientras mordía con fuerza su labio inferior.
Coptulo 150 Me mpertas tu —Por esto me gustas... Tu piel es suave, es tersa, huele a mango y... Debo ser honesto, aunque has estado casada por tantos años, cada que te veo, yo aún puedo ver a la misma Marina inocente que eras cuando te vi por última vez.
Marina, no sabes cuánto me maldigo por nunca haber sido honesto contigo, no sabrás cuánto me arrepiento de no haberte dicho lo que te voy a decir, pero tú me gustabas desde ese entonces, y si no te lo dije era porque creía que era demasiado mayor para ti.
¡Dios! Sí tan solo hubiera dicho que me gustabas desde ese entonces, tal vez nada de lo que ocurrió, hubiese sucedido o no lo sé, pero al menos no cargaría con esto en mi espalda.
—¿Me estás diciendo que te gustaba desde ese entonces?
—Así es... Para mí, tú eres la chica más hermosa que había conocido hasta ese entonces y sé, sé perfecto que no era el mejor partido, sé que no tenía nada bueno que ofrecerte, pero tampoco era un desgraciado para andar contigo siendo una niña... Yo solo quería esperar a que tú fueses un poco mayor, solo quería que alcanzaras la mayoría de edad para sincerarme contigo, pero, bueno, creo que alguien más se me adelantó.
Marina sentía que se le habían ido las palabras; no sabía qué decir ante aquella impresionante declaración.
—Debo ser honesto, cuando Esteban anunció su matrimonio, no necesitaba ser muy listo para saber con quién se casaba; era de esperarse, él me lo había dicho, ya tenía todo listo. Yo supe incluso cuando planeaba comprar la casa en donde vives actualmente; él quería una extraordinaria boda, pagaría un impresionante vestido y cosas de esas, todo por alguien que no eras tú.
Era claro que si ella hubiera sabido la verdad, tal vez no le hubiera creído, tal vez hubieran discutido y ella, aun sabiendo eso, se hubiera aferrado a la idea de casarse con Esteban.
En aquella época, claramente ella estaba cegada por lo que sentía por Esteban, aunque ahora que lo miraba bien, en realidad no sabía si era verdadero lo que sentía por él o solo se trataba de un espejismo, una idea errónea, un fantasma que ella misma se había creado.
—No tienes nada que lamentar, eso pasó hace muchos años... —dijo Efraín soltándola y levantándose de la cama. — De igual mopo, míranos, años después ahora estamos juntos y quiero que sepas una cosa, Marina Salas, no pienso dejar pasar la oportunidad como en esa época; esta vez, no, claro que no lo haré.
Tras aquellas palabras, Efraín se apoderó de sus labios, la cargó y la recostó en la cama; acto seguido, el hombre se apoderó de su cuerpo, con sus labios, con sus manos, se apoderó de su mente y esperaba que en algún momento pudiese apoderarse de su corazón.
Marina, por su lado, con culpa o sin ella, se dejó envolver por sus labios, por sus expertas manos, las cuales tocaban las zonas correctas de su ser, haciéndola desear más y más de él.
—Marina, no estoy aquí para cambiar el pasado, estoy aquí para cambiar tu presente... No me importa lo que ocurrió hace años, no me importa lo que cargamos del pasado... Lo único que me importa es que ahora estamos aquí; me importas tú y lo que pueda llegar a suceder.
Marina no tenía palabras para responder, solo pudo besarlo, sí, besarlo con hambre, con deseo, con una sed que solo él podía apagar.
Esa noche se olvidaron de todo y se dejaron llevar por lo que su corazón, mente y alma necesitaban experimentar. Marina sentía que tocaba el cielo con las manos, sentía que podía ser ella, sentía que podía disfrutar de la intimidad como nunca lo había hecho antes.
En este momento no le importaba si estaba gorda o flaca, si tenía o no estrías, si estaba depilada o no; solo le importaba lo que este hombre le profesaba.

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