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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 152

Capítulo 152: Señora Forcelledo Marina volteó y lo miró hacia donde provenía la voz; por un momento se sintió desconcertada ante el hombre que estaba ahí presente. Por un momento se sintió en aquellas épocas donde todo eran pendientes, tareas que parecían no tener fin, actividades escolares, juntas y pagos de cuentas a tiempo.

Al ver al hombre que estaba parado en el umbral de la puerta, dejó salir un suspiro de tranquilidad; esa vida se había quedado atrás, esta era su nueva vida, una que había decidido no desperdiciar más.

—¿Sucede algo, cariño? —preguntó Efraín al ver su cara de desconcierto.

Marina lo miró, sonrió y dijo:

—No, nada, todo está bien... Vamos, muero de hambre... —dijo sintiendo una enorme tranquilidad.

Efraín no hizo más preguntas, solo le paso la toalla y espero a que saliera.

Tras unos minutos, Marina y Efraín fueron a desayunar; tal como siempre sucedía, este hombre tenía la capacidad de hacerla sentir como cuando era una jovencita. La naturalidad y la facilidad con la que se daba la plática entre ellos dos hacían que el tiempo transcurriera sin que se dieran cuenta.

Efraín miró su reloj y le dijo:

—Hmm... Creo que ya vamos retrasados. jAnda, cariño! ¡Es hora de irnos!

—Pe... Pero aún no termino... —dijo Marina viendo el delicioso pan que tenía en la mano.

—¿De verdad? Te has comido dos de esos, janda! Te prometo que mañana pediré varios panes así para que los puedas desayunar en la habitación, no quisiera que nos cancelen la reservación.

Marina solo había dicho aquello para molestarlo, sonrió con picardía y dijo:

—¿Estás apresurándome?

—Hmm... En otras circunstancias no, pero ahora sí, anda, te prometo que te va a gustar...

—¡Está bien! ¡Está bien! Pero me debes unos panes como estos... —dijo Marina metiéndose todo el pan a la boca quedando con cachetes de hámster.

Efraín la miró y sonrió ligeramente, luego dijo:

—Te prometo que mañana pediré una docena para que los desayunes, además, te la pasas hablando todo el tiempo y se te olvida comer.

—¿Me estás juzgando? —dijo Marina haciendo los ojos chiquitos.

—No, pero te estoy mostrando lo obvio, mujer...

—Hmm... Si tú no te la pasaras hablando, yo tampoco lo haría... —replicó Marina solo para molestarle.

—¡Anda! ¡Vamos! Deja de hacerte del rogar; una vez que veas a dónde te llevo, apreciarás por qué te estoy presionando.

—¡Está bien! ¡Está bien! —dijo Marina apenas pudiendo hablar por el pan en su boca.

Marina y Efraín parecían una pareja de verdad, él la tomaba de la mano con una seguridad y firmeza que no dejaba dudas de que estaba feliz y complacido de caminar a lado de tan bella mujer.

En cuestión de minutos llegaron a donde estaba reservada una sesión de spa, estando ahí, Efraín recibió una llamada, saco el móvil y miro al contacto, decidió no responder, pero el móvil parecía que no dejaría de insistir, por lo que, sin más opción, hizo algo que no quería.

—¡Buenos días, señor Forcelledo, señora Forcelledo! Veo que ya están listos. —dijo la joven mujer que los recibió.

—¡Buenos días! Sí, solo que vamos a comenzar con mi esposa; yo debo atender una llamada, pero regreso tan pronto como termine.

Marina volteó a verlo desconcertada y nerviosa.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! ¡No me dejes sola!

—¡Tranquila, cariño! Ten... —dijo Efraín entregándole una tarjeta color negro con el nombre de él grabado en el frente. — Te dejo mi tarjeta, debo atender este tema, seguro me llevara un buen rato, mientras, quiero que te dejes consentir y mimar, además, quiero que gastes en lo que quieras de ropa y cosas que necesites.

—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! ¡no puedo aceptar eso! —dijo Marina sorprendida por la facilidad con la que le daba aquella tarjeta.

—¡Claro que sí! ¡Anda! Ve; por lo demás, no te preocupes... —dijo Efraín cerrándole un ojo; luego de ello, miró a la chica que los había recibido. —Por favor, ayuden a mi esposa en todo lo que necesite; le dejo mi tarjeta, no tiene límite de gastos, puede gastar lo que ella quiera.

—¡Muy bien, señor! ¡Así lo haremos! —dijo aquella joven, imaginando que se había sacado la lotería ese día.

Marina no podía comprender que pasaba por la mente de aquel hombre, ¿Cómo era que le dejaba esa tarjeta? ¿Por qué hacía esas locuras? ¿Qué era lo que planeaba?

—Señora Forcelledo, venga, vamos por aquí...

dijo la joven mostrándole amablemente el camino.

Marina solo volteó a ver a Efraín y este solo se inclinó, la besó y acarició su mejilla.

—¡Anda, ve, cariño! En un momento más iré contigo, recuerda que debes disfrutar de este día, lo necesitas...

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