Capítulo 154: Mi hijo apenas tiene 8 años...
***22 años atrás***
En una bella casa ubicada en Presidente Mazaryk, un atractivo hombre de mediana edad se encontraba en un acalorado encuentro en su estudio con una bella jovencita que recientemente había sido contratada como mensajera en el grupo Montemayor.
—¡Maldita sea! ¡Me vuelves loco! No me dejas pensar con claridad... —dijo el hombre mientras mordía con fuerza uno de los pechos de aquella jovencita de apenas 18 años.
—¿Señor? ¿De verdad me dará el puesto?
—¡Claro, cariño! Tú sabes que no miento, ¿acaso no te dije que ibas a entrar a la compañía? ¡Ya estás dentro! En poco tiempo te volverás mi asistente.
—Nada me haría más feliz, de verdad... Yo necesito el trabajo y usted sabe que por ello...
—¡Lo sé, cariño! ¡Lo sé! —decía Román Forcelledo deleitándose con el cuerpo de aquella jovencita.
Aquel hombre estaba tan absorto en ese momento que, en ningún instante se puso a pensar en donde estaba y en la hora que era.
—Román, cariño, oye, Angelito está hirviendo en fiebre, debemos... ¡AHHH! ¡ROMAN! ¿QUÉ DEMONIOS...? —gritó Lucrecia Montemayor al abrir la puerta del estudio, topándose con una escena que le parecía irreal.
Román Forcelledo lo único que hizo fue apartar a la jovencita que estaba sobre su regazo; era evidente que no había una buena explicación para aquello, al menos no una que lo dejase bien parado.
—¡LUCRECIA! ¿QUIÉN DEMONIOS TE DIO PERMISO DE ENTRAR ASÍ A MI DESPACHO? —gritó Román Forcelledo al ver a su esposa ahí parada con un rostro contorsionado ante aquella situación. — Ludmila... ¡Vete ahora mismo!
Román dijo aquellas pocas palabras tratando de minimizar la incómoda situación.
—¡Eh! —¡Eh! ¡Sí! —dijo la jovencita arreglándose la falda y abotonándose la blusa.
—¿TÚ QUIÉN M****A ERES? —preguntó Lucrecia furiosa evidentemente.
—¡Déjala ir! Este es un tema entre tú y yo... —dijo Román tratando de ayudar a la jovencita para que pudiera salir ilesa de aquella incómoda situación.
—¿ROMÁN? ¿QUÉ CARAJOS TE SUCEDE? ¡DIOS!
¡ESTA ES NUESTRA CASA! ¡ES LA CASA DE TU HIJO!
¿CÓMO MALDITA SEA TE PONES A COGER AQUÍ CON TU PUTA AMANTE?
—¡Cálmate, mujer! —dijo Román acomodándose la ropa, dejando así evidencia de lo que sucedía.
—¡ERES UN HIJO DE PUTA! ¡ERES UN PUTO! ¡ERES UN PUTO! ¡ESTO LO VA A SABER MI HERMANO!
¡ESTO LO SABRÁ MI PADRE! ¡ELLOS TE VAN A PONER DE PATITAS EN LA CALLE! —gritó Lucrecia al borde de las lágrimas.
Lucrecia abandonó ese lugar mucho antes de que la joven Ludmila siquiera saliera del estudio. Aquella joven mujer no podía creer la dantesca escena con la que se había topado; ella necesitaba hablar con su hermano, Dante, sí, Dante sabría perfecto qué hacer.
Aquella mujer imaginaba que Dante, al saber lo que acababa de suceder, vendría y le partiría la cara a este hombre; ella era su única hermana, ¿cómo no la iba a defender? Se encontraba tan absorta en aquellos pensamientos que ya ni se acordaba de por qué había llegado a casa mucho antes del anochecer.
Dante escuchaba las palabras de su padre; no estaba muy de acuerdo, pero en ese momento no podía objetar. Su padre le había enseñado que la opinión de su padre era la única que contaba.
Mientras todo aquello sucedía, en el hospital que había encontrado Lucrecia, ella rogaba porque lo que sucedía con su hijo solo se tratase de una infección y nada más.
—¿Señora? ¿Es usted la madre del menor recién ingresado?
—¡Eh! Sí, sí, ¿qué... —¿Qué sucede? —preguntó Lucrecia con voz entrecortada.
—Su hijo debe ser operado, hemos hecho todos los estudios y, al parecer, se trata de apendicitis.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! Mi niño no puede... no debe...
—Necesitamos que nos firme un consentimiento para proceder con la operación, ya que será anestesiado. ¿Cree poder hacerlo o necesita que localicemos algún otro familiar?
—¿Cómo? —No, no, yo soy su madre, yo puedo hacerlo; es solo que él está muy pequeño. ¿Cómo puede ser que suceda esto? —dijo la afligida madre.
—Es algo común en niños...
—Mi hijo apenas tiene 8 años... ¿Cómo puede ser?
—Señora, el tiempo apremia, ¿puede o no firmar el consentimiento?
—¡Sí! ¡Sí, lo haré!

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