Capítulo 155: Ojalá hubieras sido hombre
Hoy definitivamente no era uno de los mejores días de Lucrecia, pero aun así, tenía que agarrar fuerzas de donde fuera para sacar este tema. Tras pensarlo unos segundos, firmó el documento e inmediatamente llamó a Dante, quien era su único soporte; sabía que si le avisaba a su padre, este, en definitiva, no sería de mucha ayuda.
—¡Quédate donde estás, voy para allá! ¿Ok?
—Por favor, ven... De verdad, necesito de tu ayuda, hermano... —dijo Lucrecia sabiendo que Dante era capaz de mover cielo, mar y tierra por ella.
Tras terminar la llamada, la voz de Evaristo Montemayor no se hizo esperar.
—¿Dónde está la cabrona esa?
—Padre... Lucrecia me llamó; está en un hospital. Al parecer, Ángel tiene apendicitis y debe ser operado inmediatamente.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! ¡Mi hijo estaba bien hasta hace horas! ¿Cómo puede ser? ¡Esto debe ser un truco de Lucrecia!
—Truco o no, voy a ir a verla; ella no sonaba nada bien y, lejos de escudarte con algo como eso, deberías preocuparte por tu mujer e hijo. —Expresó Dante con cierto recelo.
—¡Ya! ¡Ya! ¡Basta de tonterías! ¿Te dijo tu hermana dónde está?
—Ella quedó de confirmarme su ubicación; en un momento iré con ella.
—¡Vamos a ir los tres! Román, sea como sea, es el padre de la criatura; además, ¿por qué Lucrecia es quien toma las decisiones? —Aquí el único autorizado es Román, ¿qué no por eso es la cabeza de su casa? —dijo Evaristo de modo autoritario.
—¡Padre!
—Nada...Vamos a ir los tres; quién sabe a qué pinche hospital fue a meter a mi nieto, pobrecillo...
¡Anda, Román ¡Anda! Debemos ir a poner en orden a tu mujer... —dijo Evaristo tomando su abrigo para salir.
Dante dudaba de aquellas acciones, pero Evaristo había hablado y ahora nada se movería sin que él lo aceptara. Lucrecia compartió su ubicación y ellos llegaron en menos de lo que se podría haber imaginado aquella afligida mujer.
Cuando Lucrecia los vio llegar, no podía creer el descaro de su marido. ¿Cómo podía ser posible que este llegara con su padre y hermano cuando hace horas estaba con una escuincla sobre sus piernas?
Evaristo Montemayor caminó hacia la recepción de urgencias; con voz de mando preguntó sobre el status de su nieto y, para suerte de Lucrecia y el pequeño Ángel, este ya estaba en operación y no había nada que pudiera hacer ese hombre para detener todo.
—De una vez te digo una cosa, Lucrecia, si algo le sucede a mi nieto, créeme, tú y yo tendremos un fuerte problema. —dijo Evaristo como quien mueve las fichas y hoy había sido saltado.
—¡Padre! Yo lo único que hice es velar por la salud de mi hijo, no como mi marido, que no puede mantener el miembro dentro de sus pantalones. — dijo la mujer con todo el coraje que pudo reunir.
—¡CÁLLATE! —gritó Evaristo como si con ello pudiera evitar que las paredes escucharan. — Román ya me dijo lo que sucedió y, honestamente, yo no entiendo por qué tanto escándalo; uno como hombre llega a tener deslices, pero ¿qué es lo que te molesta? Tienes todo, Lucrecia, ¿acaso te hace falta algo?
—¡Padre! ¿Cómo es posible que te pongas de su lado? ¡Yo soy tu hija! ¡Soy yo a quien deberías defender!
—Mira, mi querida Lucrecia, en mala hora viniste a ser mujer; ojalá hubieras sido hombre. Los hijos suelen dar menos problemas; mira nada más a tu hermano, él sigue fielmente mis pasos y pronto heredará la empresa. —dijo Evaristo haciendo una pausa para observarla con desdén.
Este hombre casi nunca, más bien dicho, nunca se guardaba lo que pensaba, así que, en ese preciso momento, comenzó a decir lo que de verdad pensaba sobre su hija.
—Lucrecia, a ti, bueno, no puedo darte más, porque no sé ni cómo lo vayas a administrar y debe quedarte clara una cosa... —dijo el hombre mirándola con seriedad. —Román, tu marido, él será el CFO de la empresa una vez que mi gran amigo José Dueñas deje el cargo. A ti, hija, bueno, eres mujer y a ti no te puedo dar ningún cargo de importancia; las mujeres suelen ser muy volubles, como ahora mismo está sucediendo.

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