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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 157

Capítulo 157: No tengo ganas, ni humor

Mientras Marina disfrutaba de lo que era un día de spa y Efraín comenzaba a mover los hilos que darían como resultado la caída del grupo Montemayor, Lina junto a Patrik Stuart revisaban algunos de los pendientes que les había encargado Marina.

Lina no podía quejarse; revisaba junto al asesor la lista de cosas que debía adquirir. Ella prácticamente se sentía como niña en dulcería, más porque aquel hombre le había entregado una tarjeta sin límite de crédito y, al hacerlo, le había dicho que podía comprar todo lo que quisiera y se adaptara a lo que su hermana le había pedido.

—¡Listo, Patrik! Creo que tenemos todo lo que necesitábamos de esta tienda; ya lo demás me dice el señor Robles que él lo requerirá en las tiendas por internet, así que creo que hemos terminado. —dijo Lina estirándose como un gato.

—Bien, pues creo que de su larga lista de pendientes ya solo no falta nada, ¿o sí?—dijo Patrik con una tranquilidad asombrosa.

—No, nada, creo que terminamos mucho antes de lo que pensábamos, así que, ¿qué te parece si aprovechando eso, me invitas a comer? —dijo Lina con descaro.

Patrik se quedó sin palabras, frunció los labios y dijo:

—Señorita Salas, yo solo vengo aquí como representante legal y financiero; no está en mis funciones llevarla a comer.

—¿De verdad piensas ser tan grosero como para no invitarme a comer? —replicó Lina entrecerrando los ojos.

Era claro que Patrik no era ningún tonto y se daba cuenta perfectamente bien de las intenciones de Lina; sin embargo, aquel hombre tenía una regla muy clara: él no mezclaba negocios con placer y Adelina Salas era eso, un negocio y nada más.

—Señorita Salas, dígame una cosa, ¿qué busca de aquella comida?

Lina sonreía por fuera, pero, por dentro, no podía negar que comenzaba a fastidiarle que ese muy atractivo hombre se comportara como si fuese de palo; jamás sonreía, siempre era demasiado educado y propio. ¿Acaso era un robot? ¿Acaso Efraín había comprado un robot para que fingiera ser un amigo?

—Patrik, solo busco un poco de charla... —dijo Lina tratando de restarle importancia a aquella incómoda pregunta.

—Señorita Salas, no quiero que se preste a malos entendidos; mi trabajo aquí es ayudarle a usted y a su hermana con los temas de la compra de la casa y la puesta en marcha del café; luego de eso, mi trabajo está hecho.

Lina sintió que sus mejillas se tiñeron de rojo; esta era la primera vez que le tocaba conocer a un hombre así de complicado, por lo que su vergüenza la hizo responder de manera equivocada.

—¿Sabes qué? Ya, ya no puedo más, ya... He tratado de ser amable contigo, he tratado de ser cordial y nada más; no puedo, simplemente no puedo.

Dejemos el tema por la paz, ¿ok? Solo llévame a mi casa y listo.

Patrik miró a la joven y se sintió un tanto avergonzado por su actitud, pero si algo había aprendido en la vida era que jamás debía cruzar la línea; eso le ocurrió siendo muy joven y casi va a la cárcel; no le volvería a suceder jamás.

—Está bien, la llevo a su casa. —dijo Patrik fríamente sin mostrar algún cambio en su actitud.

Lina solo vio cómo aquel hombre pidió su elegante y exclusivo auto, le abrió la puerta educadamente; acto seguido, ella se subió y se dedicó todo el camino a ver por la ventana, ya sin emitir ninguna palabra más.

Patrik solo esperaba que esto no le causara algún conflicto con Efraín; él no venía a México por placer y lo sabía perfectamente bien, él venía aquí por el mismo tema que su amigo, venía por venganza y nada más.

Lina mordía su labio internamente; creía que podría acercarse a aquel hombre, pues la verdad era que buscaba que con Patrik o con cualquiera que se le presentase, encontrara el valor para salir de la desastrosa relación en la que hoy día se veía envuelta con Alessandro, de quien bien sabía, no saldría nada bueno.

El tráfico en la Ciudad de México estaba de locos; entre marchas y cierres de calles, Patriky Lina llevaban ya al menos cuarenta minutos encerrados bajo ese sofocante y diminuto espacio.

Patrik comenzabaa lamentar haber aceptado ese trabajo, pues su cabeza o su conciencia comenzabana molestarle por su actitud frente a la mujer que iba justo a su lado.

—¿Dónde estás? ¿Por qué no me has tomado la llamada? Hoy te quiero ver... —Se escuchó la voz molesta de Alessandro.

—Alessandro, ¿de verdad? ¡Hoy no! Hoy definitivamente no tengo ganas ni humor para lidiar contigo, así que adiós. —dijo Lina terminando aquella llamada.

Al hacerlo sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible? ¿Por qué siempre andaba cometiendo error tras error en su vida sentimental? ¿Cómo era posible que cualquiera pudiera tener una relación normal y ella siempre terminara metida en cada fracaso?

Su garganta comenzó a doler, no por lo sucedido con Patrik; ese hombre por el momento no tenía importancia, pues definitivamente podría llamarse Patrik, Óscar, Carlos, etcétera... El nombre que se le pudiese ocurrir al destino ponerle en su camino; la pregunta en el aire era: ¿Por qué demonios no podía conocer a alguien que de verdad quisiera estar con ella?

Tal como siempre, llevaba desde jovencita queriendo tener una relación como la que veía con sus amigas del colegio. Ellas simplemente podían decir: ¡Me gusta aquel chico! ¡Aquel otro! Y en cuestión de días ya estaban saliendo con él, ya estaban en una relación, sí, en una, en una donde aquel le regalaba flores, chocolates, la iban a dejar a su casa, îban al cine o por un helado. ¿Por qué ella no podía tener eso? ¿Qué de diferente tenía?

—¡Carajo, Adelina Salas! Deja ya de andar pensando estupideces, janda! Levanta tu culo y vamos a ver qué hay en el cine... —Se dijo a sí misma para evitar caer en lo mismo de siempre.

Mientras ella tomaba aquella radical decisión, Patrik conducía hacia un lugar que había visitado en compañía de Soraya y Efraín en algún momento.

Aquel hombre trataba de concentrarse en el camino, pero no podía quitarse de la cabeza el cambio de semblante de Adelina Salas cuando este le rechazó el ir a comer juntos.

—¡Eres un grandísimo idiota! —pensó en voz alta mientras esperaba que el semáforo cambiara.

Pensar en aquello le estaba provocando una terrible migraña; él odiaba ese tipo de cosas. Llevaba años evitando todo eso; él prefería una vida tranquila, pero para su desgracia, tal como le decía Efraín: "La vida lo había castigado con aquel rostro", pues difícilmente pasaba desapercibido.

Harto de que su conciencia le siguiera recordando que se había comportado como un idiota, decidió cambiar la ruta mientras marcaba al número de aquella mujer que no le dejaba tranquilo.

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