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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 171

Capítulo 171: Días perfectos...

Mientras que Adelina y Patrik se ponían de acuerdo, Marina y Efraín iban de regreso a la ciudad; algo dentro de ese auto era diferente, ya no eran los mismos a los que fueron.

Marina, por primera vez en mucho tiempo, se sentía en las nubes, ¿y cómo no podría sentirse así?

El hombre que venía a su lado le había regalado dos de los mejores días de su vida, claro, sin desbarrancar el día en que nacieron sus gemelas.

En este momento, el hombre sostenía con fuerza su mano y, de vez en vez, la levantaba para besarla.

Era claro que algo ahí había cambiado y Marina estaba decidida a darse una nueva oportunidad con alguien que tuviera sentimientos verdaderos hacia ella.

La Marina, que ahora venía sentada como copiloto, se notaba diferente, tanto por fuera como por dentro. Ella llevaba una sonrisa de oreja a oreja, no paraba de sentir mariposas en su interior y no paraba de pensar en que le sería difícil despedirse de este hombre; además de que era consciente de que los días se le harían eternos por el solo hecho de no estar cerca de él.

Marina se regañaba mentalmente, pues se sentía como una chamaca de 18 años que recién descubría lo que era el amor, un amor que era real, no fingido, no por compromiso o por apariencia.

—¿En qué piensas? —preguntó Efraín al ver que Marina estaba callada y solo miraba hacia el frente.

—En ti...

Efraín sonrió y dijo:

—¿En mí? ¿Tan buena impresión te dejé?

preguntó con picardía, la cual no era para menos, pues estos dos días le habían mostrado un lado de Marina que ni ella seguramente conocía.

—¡Menso! No digas esas cosas... —dijo Marina sabiendo bien a qué se refería.

—¿Qué? Si fuese por mí, no hubiéramos regresado en mucho tiempo...

—La verdad es que me encantaría poder pasar más fines de semana así, pero soy una mamá responsable y ahora debo balancear lo nuestro con mis hijas.

—¿Les vas a decir?

—¿Qué? —preguntó un tanto sorprendida.

—¿Sobre nosotros?

—Sí, pero dame tiempo; sé que no será fácil, pero creo que, si lo hago con calma, ellas lo comprenderán. Diana es una niña muy madura; estoy completamente segura de que ella lo entenderá. La que me preocupa es Renata.

—¿Por? —preguntó Efraín casi adivinando las razones.

—Adoro a mi hija, no me malentiendas, pero ella comparte el mismo carácter de su padre y, bueno, no sé qué tan bien tome las cosas; es un tanto caprichosa y de repente dice las cosas sin medir consecuencias.

—Bien, pues hasta donde me dijiste, ella ha aceptado muy bien a Lorena, entonces, no debería tener problema con que tú sigas con tu vida; al contrario, yo creo que debería darle gusto que tú también rehagas tu vida, ¿no lo crees?

Marina apretó los labios; sabía que Renata era más complicada que eso. Ella sabía que una cosa era su padre y otra era ella. Para su desgracia, conocía muy bien a sus hijas y podía apostar que Renata sería quien más renuencia mostraría.

—Oye... No sé cómo le voy a hacer para no querer ir a tu casa todas las noches a secuestrarte. —dijo Efraín honestamente.

—Pues deberás comportarte, lo prometiste, así que no puedes incumplir tu promesa.

—¡Lo sé! ¡Lo sé! Pero ahora que te cambies de casa, eso puede cambiar, ¿no lo crees?

—Puedes venir a verme cuando pases por tu café todas las mañanas, tal como lo has prometido.

—¡Claro! Ya sabes que seré tu cliente favorito, ¿sabes bien que me estoy arriesgando a subir de peso debido a tus postres?

—Si te matas dos horas en el gimnasio, no tendrías por qué preocuparte, ¿no lo crees? —dijo Marina burlonamente.

—Con todos los ricos postres que pretendes vender, seguro serán muchas más.

No quíero que comiencena meterse en nuestra relación por temas del pasado.

—Cuando dices "muchos", ¿te refieres a tu familia?

—Lamentablemente, sí. Sabes bien que mi madre tiene en muy alta estima a Esteban; aun con lo que me hizo, ella sigue creyendo que lo que hizo solo es un tropiezo y que pronto volverá. Si fuera por mi madre, ella me recomendaría que lo esperara hasta que regresara.

—¿Y tú qué harías?

—Efraín, creo que te ha quedado muy claro que no me interesa volver con alguien como Esteban.

Ambos sabemos que él nunca me quiso, ¿cómo querría volver con él? —dijo Marina muy segura de sus palabras.

—Lo lamento, no quería incomodarte con aquella pregunta.

—Efraín, sé que lo que te pido es difícil de aceptar, pero esta vez quiero hacer las cosas bien, de verdad.

Sé que estoy yendo demasiado rápido, sé que no debería hacerlo así, pero jamás en mi vida había experimentado algo así y no quisiera que por apresurarnos algo salga mal. —dijo Marina, temerosa de que esto no se tratase de la realidad y solo fuera una ilusión que su cabeza creó para no sentirse tan sola.

—¡Tranquila, cariño! Estoy consciente de quién eres y del pasado que cargas a cuestas. De igual modo, sé que tú eres consciente de lo que yo soy; ambos aceptamos eso y no tengo por qué no esperarte. Si la vida nos dio la oportunidad de volvernos a reunir ahora, no veo por qué debamos apresurarnos, ¿verdad?

Marina sonrió y sintió que el pecho se le inflaba de tanta felicidad, tanta que de momentos le daba miedo que aquello fuese un sueño que se había creado inconscientemente.

—Mira, llegamos a tu casa, justo a la hora que te dije; no tienes que preocuparte por que Esteban nos vea. Llegaste justo a tiempo para recibir a tus hijas, las cuales, es claro que extrañas, y estoy segura de que tan pronto te vean, se llevarán una tremenda sorpresa.

Marina sonrió y estuvo a punto de darle un beso, pero se detuvo; ellos habían decidido que mantendrían su relación en secreto, al menos hasta que ella estuviera en aquella nueva casa que significaría un nuevo comienzo.

—¡Bien! Me voy, no quiero que Esteban me vea aquí; nos escribimos luego. jAh! ¡Por cierto! No olvides lo hermosa que eres; te voy a estar pensando día y noche. —dijo aquel hombre conteniendo las ganas de tomarla de la cintura para devorarle los labios en ese mismo lugar.

Marina sonrió con nervios; luego de ello, entró a casa. Era domingo y sabía que por la tarde Ofelia no estaría y las chicas de servicio estaban a nada de comenzar a llegar. Subió rápidamente a su habitación y se tumbó tal cual niña chiquita, recordando partes de estos dos días que simplemente podría describir como perfectos.

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